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Después de sufrir uno de los peores días de tráfico de mi vida, de
sufrir también un alucinante retraso en los autobuses públicos, y en
perder más de media hora intentando aparcar el coche (todo el mismo
día) quería hacer un alegato contra el modelo de transporte público que
tenemos.
Antes de que alguien con corazón y mente liberales (no
confundir con libres), se frote las manos pensando que pienso criticar
el transporte público ya le advierto que no. No vaya a ser que se haga
ilusiones y éstas luego se vean truncadas.
El hecho de
estar equivocados no implica que no tengamos que pensar también en su
bienestar, es lo bueno que tiene la solidaridad y el Estado.
Así
que no os preocupéis, si queréis leerlo, amigos neoconservadores,
seguro que lo encontráis interesante, cuando menos, para compararlo con
vuestras recetas y quizás de compartir ideas y modelos encontremos un
camino intermedio como contraposición a los extremos. Extremos a los
que, por desgracia, el liberalismo tiende como ideología con demasiada
frecuencia para su propio bien.
Disculpadme este
paréntesis obligado por cuanto es imprescindible no defraudar las
expectativas de nadie. Si has leído hasta aquí es que, o bien te
interesa el transporte público porque crees que puede ser una solución
(una más) a problemas del mundo como la contaminación, la escasez
energética, conciliación de la vida familiar, tiempo de ocio, etc.
O
quizás no, nunca se sabe, espero convencerte de lo contrario, aunque no
albergo muchas esperanzas, pero no me culparás si lo intento.
Antes
de comenzar, os ruego un poco más de paciencia, porque querría aclarar
uno de los términos que voy a utilizar. Con transporte público me
refiero al transporte colectivo, no exclusivamente al transporte de
propiedades estatal o pública, sino que también incluyo a las empresa
de transporte privadas.
Y es que los problemas de transporte dentro de nuestras ciudades son cada día más acuciantes.
Retrasos
para llegar al trabajo, madrugones para llevar al niño al colegio,
atascos y caravanas a cualquier hora, obras, precios de la gasolina
altísimos, etc.
Muchos ciudadanos se encuentran cada día
con más problemas para poder realizar tareas antes comunes y
habituales, y hoy en día, toda una aventura causante de nervios, estrés
y accidentes. Toda una fuente de causas de depresión que agrava la ya
delicada situación de los hogares creando una especie de cuello de
botella y una sensación de ahogo, de prisas, que cada día nos es más
común a muchos.
Nuestros gobiernos locales, sean del
color que sean, parecen menospreciar la importancia del transporte
público como elemento de unión, como nexo, de los ciudadanos con los
diferentes puntos en los que transcurren sus vidas. Trabajo, casa, más
familia, centros comerciales, centros de ocio (ahora que se nos ha
impuesto un modelo de grandes empresas que controlan el ocio y las
compras en las afueras de las ciudades).
Gastarse miles
de millones en obras faraónicas no ha resuelto el problema. Y, en mi
opinión, no lo ha resuelto porque desde el poder público se ve el
transporte público (valga la redundancia) como un elemento ineficiente
al que hay que sacar toda la eficiencia posible, en dinero, y en votos.
Se
ven las obras de metro, de estaciones, de terminales, de parkings, como
una fuente par aganar votos, y no como un elemento que debe ser pensado
y repensado para ayudar al ciudadano.
De hacerlo, quizás
se darían cuenta que la mejor forma de tener alternativas de transporte
público que funcionasen de verdad como una alternativa al transporte
privado es invertir dinero, no sólo en infraestructuras, sino en los
mismos vehículos de transporte y en el persona que los conduce.
El
modelo privado, semi-privado y a veces público que nuestros gestores
manejan (sobre todo en Madrid, pero también en otras ciudades) que se
está utilizando, crea paradojas como el que a pesar de los miles de
millones invertís en abrir nuevas estaciones de metro se reduzca el
dinero destinado a mantenimiento.
Que los horarios de
autobuses sean claramente insuficientes (con ciudades donde la
población ha crecido un 20% en los últimos años y que mantiene la misma
frecuencia), que el metro sur, o el metro ligero, sean unas obras
que suponen una fuente de pérdidas que se intentan enjugar
empeorando los servicios que ofrecen u ofrecerán.
Porque detrás de cada responsable de transporte hay un peso sobre su cabeza llamado eficiencia.
El
transporte público es visto como una fuente de gasto, y por lo tanto,
debe mejorarse para reducir pérdidas. Menos frecuencia, menos salario
para los conductores, menos formación, menos seguridad.
Al menos en Madrid, ese es el modelo de explotación.
Se
venden los kilómetros ampliados de la misma forma que se venden los
nuevos centros sanitarios semiprivados, en anuncios de televisión y
televisiones pagadas con dinero público que muchas veces superan el
coste del servicio que nos “venden”.
Y la culpa no es del
sector público, que derrocha. La culpa de este modelo la tiene el mismo
paradigma liberal que se intenta imponer incluso en el sector del
transporte público.
Y es que, como en muchas cosas, el
transporte público no debe ser eficiente. Ni siquiera dar beneficios
económicos, mientras los de sociales.
A largo plazo, los
beneficios sociales devendrán en ingresos, pero hasta entonces, los
ayuntamientos y comunidades autónomas deben entender que hay que gastar
para crear un sistema de transporte público creíble y que suponga una
competencia para el transporte individual (es decir, los automóviles).
Se
pueden plantear toda una serie de medidas como restringir el tráfico en
el centro de las ciudades, tasas y demás, pero la única solución pasa
por crear un sistema de transporte no eficiente, sino eficaz.
Un
sistema en el que no haya que esperar 25 minutos un autobús para
ir a zonas poco transitadas, ni aguantar media hora en el andén si
pierdes un tren, ni tener que hacer cuatro o cinco trasbordos para
llegar a tu trabajo, ni tener que estar pendiente de la hora por si
pierdes “el último”, o pasar frío esperando el “primer tren”. O ir
apretados como latas de sardinas en autobús, metro o tren.
Tendremos
que afrontar aumentos en la frecuencia de trenes y autobuses. Mayor
coste de salarios y de equipos. Este coste lo tendremos que pagar
todos, asumámoslo, pero el coste será mucho menor que las obras
faraónicas a las que estamos acostumbrados, y mucho más eficiente y
eficaz.
Bueno, el único problema en Madrid es que el
alcalde y la presidenta de la comunidad han dejado las arcas bastante
tocadas para las siguientes dos década, vamos, un poquito en bancarrota.
Los
madrileños tendremos que arreglarlo, claro, pero otras ciudades están
en mejor situación de partida para poner en práctica esto.
Eso
sí. Si de verdad queremos tener un transporte colectivo, público,
eficaz, no vamos a conseguirlo de la noche a la mañana. Es evidente que
hay que intentar mejorar los costes por kilómetro sin descuidar la
seguridad, y evitar despilfarros innecesarios, pero debemos asumir que
los ciudadanos no vamos a tragarnos que ningún ayuntamiento o gobierno
apuesta por el transporte público cuando llevan décadas vendiéndonos lo
mismo.
Muchos seguirán cogiendo el coche para ir al centro, o al trabajo, y los atascos seguirán al principio.
Pero
poco a poco irá calando entre la ciudadanía la comodidad, rapidez y
versatilidad de un sistema de transporte diseñado con duplicidades y
redundancias que no son eficientes, pero sí lo suficientemente cómodas
para que la diferencia entre ir en coche o en tren a trabajar no sea
tan abrumadora.
Al final, se reducirá el tráfico,
mejorará la circulación, bajará la contaminación y el consumo
energético, y todos seremos mucho más felices.
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