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viernes, 16 de mayo de 2008
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Transporte público no eficiente Imprimir E-Mail
Lecturas 1212    

ImageDespués de sufrir uno de los peores días de tráfico de mi vida, de sufrir también un alucinante retraso en los autobuses públicos, y en perder más de media hora intentando aparcar el coche (todo el mismo día) quería hacer un alegato contra el modelo de transporte público que tenemos.

Antes de que alguien con corazón y mente liberales (no confundir con libres), se frote las manos pensando que pienso criticar el transporte público ya le advierto que no. No vaya a ser que se haga ilusiones y éstas luego se vean truncadas.

El hecho de estar equivocados no implica que no tengamos que pensar también en su bienestar, es lo bueno que tiene la solidaridad y el Estado.

Así que no os preocupéis, si queréis leerlo, amigos neoconservadores, seguro que lo encontráis interesante, cuando menos, para compararlo con vuestras recetas y quizás de compartir ideas y modelos encontremos un camino intermedio como contraposición a los extremos. Extremos a los que, por desgracia, el liberalismo tiende como ideología con demasiada frecuencia para su propio bien.

Disculpadme este paréntesis obligado por cuanto es imprescindible no defraudar las expectativas de nadie. Si has leído hasta aquí es que, o bien te interesa el transporte público porque crees que puede ser una solución (una más) a problemas del mundo como la contaminación, la escasez energética, conciliación de la vida familiar, tiempo de ocio, etc.

O quizás no, nunca se sabe, espero convencerte de lo contrario, aunque no albergo muchas esperanzas, pero no me culparás si lo intento.

Antes de comenzar, os ruego un poco más de paciencia, porque querría aclarar uno de los términos que voy a utilizar. Con transporte público me refiero al transporte colectivo, no exclusivamente al transporte de propiedades estatal o pública, sino que también incluyo a las empresa de transporte privadas.

Y es que los problemas de transporte dentro de nuestras ciudades son cada día más acuciantes.

Retrasos para llegar al trabajo, madrugones para llevar al niño al colegio, atascos y caravanas a cualquier hora, obras, precios de la gasolina altísimos, etc.

Muchos ciudadanos se encuentran cada día con más problemas para poder realizar tareas antes comunes y habituales, y hoy en día, toda una aventura causante de nervios, estrés y accidentes. Toda una fuente de causas de depresión que agrava la ya delicada situación de los hogares creando una especie de cuello de botella y una sensación de ahogo, de prisas, que cada día nos es más común a muchos.

Nuestros gobiernos locales, sean del color que sean, parecen menospreciar la importancia del transporte público como elemento de unión, como nexo, de los ciudadanos con los diferentes puntos en los que transcurren sus vidas. Trabajo, casa, más familia, centros comerciales, centros de ocio (ahora que se nos ha impuesto un modelo de grandes empresas que controlan el ocio y las compras en las afueras de las ciudades).

Gastarse miles de millones en obras faraónicas no ha resuelto el problema. Y, en mi opinión, no lo ha resuelto porque desde el poder público se ve el transporte público (valga la redundancia) como un elemento ineficiente al que hay que sacar toda la eficiencia posible, en dinero, y en votos.

Se ven las obras de metro, de estaciones, de terminales, de parkings, como una fuente par aganar votos, y no como un elemento que debe ser pensado y repensado para ayudar al ciudadano.

De hacerlo, quizás se darían cuenta que la mejor forma de tener alternativas de transporte público que funcionasen de verdad como una alternativa al transporte privado es invertir dinero, no sólo en infraestructuras, sino en los mismos vehículos de transporte y en el persona que los conduce.

El modelo privado, semi-privado y a veces público que nuestros gestores manejan (sobre todo en Madrid, pero también en otras ciudades) que se está utilizando, crea paradojas como el que a pesar de los miles de millones invertís en abrir nuevas estaciones de metro se reduzca el dinero destinado a mantenimiento.

Que los horarios de autobuses sean claramente insuficientes (con ciudades donde la población ha crecido un 20% en los últimos años y que mantiene la misma frecuencia), que el metro sur, o el metro ligero, sean unas obras  que suponen una fuente de pérdidas que se intentan enjugar empeorando los servicios que ofrecen u ofrecerán.

Porque detrás de cada responsable de transporte hay un peso sobre su cabeza llamado eficiencia.

El transporte público es visto como una fuente de gasto, y por lo tanto, debe mejorarse para reducir pérdidas. Menos frecuencia, menos salario para los conductores, menos formación, menos seguridad.

Al menos en Madrid, ese es el modelo de explotación.

Se venden los kilómetros ampliados de la misma forma que se venden los nuevos centros sanitarios semiprivados, en anuncios de televisión y televisiones pagadas con dinero público que muchas veces superan el coste del servicio que nos “venden”.

Y la culpa no es del sector público, que derrocha. La culpa de este modelo la tiene el mismo paradigma liberal que se intenta imponer incluso en el sector del transporte público.

Y es que, como en muchas cosas, el transporte público no debe ser eficiente. Ni siquiera dar beneficios económicos, mientras los de sociales.

A largo plazo, los beneficios sociales devendrán en ingresos, pero hasta entonces, los ayuntamientos y comunidades autónomas deben entender que hay que gastar para crear un sistema de transporte público creíble y que suponga una competencia para el transporte individual (es decir, los automóviles).

Se pueden plantear toda una serie de medidas como restringir el tráfico en el centro de las ciudades, tasas y demás, pero la única solución pasa por crear un sistema de transporte no eficiente, sino eficaz.

Un sistema en el que no haya que esperar 25 minutos un autobús  para ir a zonas poco transitadas, ni aguantar media hora en el andén si pierdes un tren, ni tener que hacer cuatro o cinco trasbordos para llegar a tu trabajo, ni tener que estar pendiente de la hora por si pierdes “el último”, o pasar frío esperando el “primer tren”. O ir apretados como latas de sardinas en autobús, metro o tren.

Tendremos que afrontar aumentos en la frecuencia de trenes y autobuses. Mayor coste de salarios y de equipos. Este coste lo tendremos que pagar todos, asumámoslo, pero el coste será mucho menor que las obras faraónicas a las que estamos acostumbrados, y mucho más eficiente y eficaz.

Bueno, el único problema en Madrid es que el alcalde y la presidenta de la comunidad han dejado las arcas bastante tocadas para las siguientes dos década, vamos, un poquito en bancarrota.

Los madrileños tendremos que arreglarlo, claro, pero otras ciudades están en mejor situación de partida para poner en práctica esto.

Eso sí. Si de verdad queremos tener un transporte colectivo, público, eficaz, no vamos a conseguirlo de la noche a la mañana. Es evidente que hay que intentar mejorar los costes por kilómetro sin descuidar la seguridad, y evitar despilfarros innecesarios, pero debemos asumir que los ciudadanos no vamos a tragarnos que ningún ayuntamiento o gobierno apuesta por el transporte público cuando llevan décadas vendiéndonos lo mismo.

Muchos seguirán cogiendo el coche para ir al centro, o al trabajo, y los atascos seguirán al principio.

Pero poco a poco irá calando entre la ciudadanía la comodidad, rapidez y versatilidad de un sistema de transporte diseñado con duplicidades y redundancias que no son eficientes, pero sí lo suficientemente cómodas para que la diferencia entre ir en coche o en tren a trabajar no sea tan abrumadora.

Al final, se reducirá el tráfico, mejorará la circulación, bajará la contaminación y el consumo energético, y todos seremos mucho más felices.



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Escrito por Francisco Agenjo   
lunes, 22 de enero de 2007
 
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