| Sin camino y sin norte: la socialdemocracia en la encrucijada |
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Hablar de la socialdemocracia equivale a hablar de un
movimiento donde los procesos se han ido desligando progresivamente de
los proyectos. La famosa sentencia de Eduard Bernstein ("el fin no es nada, el movimiento lo es todo")
pasó hace mucho tiempo de ser una recomendación a los socialdemócratas
a constituir una buena descripción de su manera de actuar o, al menos,
de la manera de actuar del grueso de la socialdemocracia organizada. De
la verborrea revolucionaria de los Kautsky y los Guesde, desligada
completamente de su práctica política real (que era 100% reformista),
se fue pasando progresivamente a un modelo de actuación política donde
lo urgente (esto es, las reformas concretas) no dejaba espacio para lo
importante (el socialismo y la emancipación de los oprimidos).
No se trató de un caso de maldad esencial, de que la socialdemocracia cayese seducida por los cantos de sirena de la burguesía, tal y como la tradición comunista ha insistido en señalar desde los tiempos de Lenin. En realidad, fue peor: se trató de un producto del fracaso del modelo de transición al socialismo propio de la socialdemocracia clásica, un fracaso ante el que los socialdemócratas no supieron reaccionar mas que huyendo hacia adelante. Amparados en una muy particular visión de la teoria marxista, los socialdemócratas alemanes pensaron que la sociedad estaba dividida en dos mundos: el mundo obrero y el mundo de las demás clases, todas ellas reaccionarias. Estos dos mundos, que estaban y debían estar mutuamente incomunicados, flotaban sobre el oceano económico del capitalismo. Éste, como todos los modos de producción basados en la división de clase, estaba destinado a alcanzar un punto en que dejase de satisfacer las necesidades materiales de la sociedad y empezase a significar un lastre para el desarrollo de las fuerzas productivas. Llegado ese crucial momento los obreros, espontaneamente, tomarían el poder e instaurarian el socialismo, que mediante un desarrollo asombroso de las fuerzas productivas llevaría a una situación de abundancia tal que haría posible la realización del principio "de cada cual según su capacidad, a cada cual segun su necesidad". Es decir, el comunismo. Este fue a grandes rasgos el esquema teórico en el que se movieron los pesos pesados del marxismo socialdemócrata de finales del s.XIX, que eran a la postre los que movían los hilos de la socialdemocracia, en especial en Alemania. Hoy, tras el informe Meadows sobre los límites al crecimiento, esta visión de las cosas nos parece ridículamente suicida: no se trata solo de que no haya de todo para todos porque el capitalismo lo impide, sino que se trata de que nunca va a haber de todo para todos. No obstante, a finales del XIX y principios del XX aun estaba muy arraigada la superstición de que el progreso industrial no tenia mayor límite que el que la sociedad le impusiese. Con esta trastienda teórica, los socialdemócratas à là Kautsky montaron su particular visión de la estrategia a seguir: ya que el socialismo es un producto inevitable de la necesidad histórica, lo único que cabe hacer es preparar a la clase obrera para tomar el poder cuando llegue el momento, y acelerar en la medida de lo posible la llegada del mismo. Esto se tradujo en dos tareas fundamentales: 1) organización del "mundo obrero" de manera que se constituyese en un embrión del mundo socialista por venir, hasta el punto de que un obrero pudiese desarrollar toda su vida (desde su nacimiento hasta su funeral, pasando por sus estudios universitarios, sus ratos de ocio...) sin apenas salir de este "mundo", moviéndose siempre en un marco institucional (de librerias, de ateneos, de Universidades, de escuelas, de tabernas, incluso de orquestas) proporcionado por el Partido Socialdemócrata; y 2) lucha sindical y parlamentaria en favor de la consecución de reformas económicas que elevasen el nivel de vida de la clase obrera, de manera que el "punto de fusión" en el cual el capitalismo dejaria de ser capaz de satisfacer sus necesidades llegase lo mas pronto posible. Como es sabido, las cosas discurrieron por otros cauces: no solo no llegó la Revolución, sino que cuanto mejor vivia la clase obrera, tanto menos revolucionaria y mas acomodada se volvía, lo cual a su vez contribuia a hacer mas estable al capitalismo. Eduard Bernstein sacó rápidamente una conclusión: el final catastrófico del capitalismo dejaba de ser una predicción atinada para convertirse en una profecia de dudosa solvencia. La socialdemocracia debía dejar a un lado los sueños revolucionarios y aun la idea misma de "implantar el socialismo", para pasar a entender el socialismo como un horizonte normativo que indicase el camino a seguir en aquello que realmente era tangible, a saber: las reformas concretas. En adelante, el socialismo debia dejar de considerarse un fin, un proyecto, para pasar a ser simplemente un proceso de reforma continua de la sociedad capitalista, a fin de que gradualmente los obreros fuesen incrementando su nivel de vida. Ni que decir tiene que los Kautsky de toda Europa se opusieron fervientemente a esta conclusión. Ni que decir tiene que finalmente la realidad se impuso y se evidenció que el mecanismo de transición que los socialdemócratas habían teorizado no funcionaba ni a pedales. Desnortada, la socialdemocracia recorrió finalmente el camino trazado por Bernstein. Hasta donde yo se, sin agradecerle nunca el haber sido el primero en pensarlo. Así pues, la socialdemocracia salió de las dos guerras mundiales convencida de que el único socialismo que cabía aplicar era el del dia a dia. Que, en definitiva, lo que importaba no era "el fin, sino el movimiento". A tientas y sin mucho trazo, recogiendo en gran parte la herencia de las conquistas sociales de antes de la Gran Guerra y del período de entreguerras, la socialdemocracia europea ensayó con bastante éxito un insólito modelo de socialismo: el socialismo dentro del capitalismo. Un sistema de protección social y de redistribución de la riqueza como nunca antes se habia conocido (lo que se dió en llamar "Estado del Bienestar") combinado con un sistema político mal que bien democrático y con un mas que razonable régimen de libertades civiles y políticas, sostenido todo ello sobre los cimientos de una economia mixta, de un capitalismo reformado fuertemente intervenido por el Estado. Lo mas cerca que los socialistas hemos estado nunca de cantar victoria, lo cual por otro lado nos recuerda lo lejos que siempre hemos estado de ella. No obstante, este ensayo de socialismo adoleció de una gran despreocupación por la participación ciudadana y por el compromiso cívico, sin solución de continuidad alguna con la tradición socialista clásica que tanto énfasis puso siempre en considerar el socialismo como un medio para llegar a una verdadera democracia republicana, máximamente participativa. Y de aquellos polvos, estos lodos: los ciudadanos se acostumbraron a la cultura del free-riding, de vivir de la teta del Estado en la medida de lo posible, de pedir subsidios y quejarse de los impuestos, de reclamar mejor sanidad y evadir a Hacienda, de exigir sin estar predispuestos al compromiso, de reclamar sin razones. La democracia fue concebida como una prolongación del mercado, donde unos votantes básicamente egoistas votaban a aquellas opciones que maximizaban su bienestar. Naturalmente, se trataba de una situación del todo inestable: un sistema como el socialismo (y aun como el socialismo dentro del capitalismo), con un papel tan importante reservado a la redistribución de la riqueza y a la cooperación económica, no puede sobrevivir si no es sobre la base de una ciudadanía comprometida con el ideal normativo de garantizarse mutuamente derechos y libertades, entre ellos el derecho a una existencia material autónoma. Era cuestión de tiempo que el engranaje de la maquinaria diseñada por la socialdemocracia fallase. Y lo hizo. Llegó un punto en que los Estados del Bienestar no pudieron aguantar las exigencias cada vez mas amplias de una ciudadania cada vez mas irresponsable, y su estela se eclipsó. La economia mixta fue desmantelada, el capitalismo se contra-reformó y se re-mundializó, el Estado se retiró a los cuarteles de invierno y dejó campar a sus anchas a toda clase de poderes económicos privados inescrutables para la democracia. En resumen, el "socialismo dentro del capitalismo" fracasó, y fracasó porque aceptó navegar sobre el mar de fondo de una ciudadanía en ningún caso predispuesta a aceptar el compromiso cívico que precisa el socialismo para garantizar su estabilidad. La respuesta de la socialdemocracia fué, una vez mas, huir hacia adelante. Sin saber como llegar al socialismo como fin, sin saber tampoco como ensayar el socialismo como proceso, la socialdemocracia empezó a abandonar toda noción de socialismo. Y esto, que empezó como una aceptación resignada de una realidad adversa, muy pronto se convirtió en el cuento de la zorra y las uvas, en una adhesión entusiasta al orden económico que precisamente ilustraba el fracaso de la socialdemocracia. Y empezaron a aparecer "terceras vías", "nuevos centros", y en definitiva todo tipo de pseudo-idearios que afirmaban que la socialdemocracia sin socialismo era posible y deseable, que había que adherirse a supuestos valores como el "éxito" (como si el éxito fuese un valor), y en definitiva que habia que saludar con alegria el nuevo orden económico neoliberal. Por supuesto hubo socialistas à là Jospin que se resistieron, pero la realidad de nuevo se encargó de demostrar que sus ideas ya no valian. El mundo de la socialdemocracia parece ser de las Segolenes, de los Blair, de los Schröder, de todos aquellos que encarnan una tímida versión del liberalismo progresista que poco tiene ya que ver con las aspiraciones socialistas que, mal que bien, habian inspirado siempre la actividad de la socialdemocracia. Una socialdemocracia que habia pasado de querer cambiar el mañana a querer cambiar el dia a dia, pasó finalmente a querer gestionar el día a día sin norte ni proyecto. Es decir, a hacer lo que se supone que le corresponde a la derecha. Naturalmente, se trata de una mutación inconclusa y seguramente inasumible al cien por cien. Los partidos socialdemócratas, aun el mas liberal, no pueden dejar de reconocer que una parte de su electorado es fuertemente izquierdista, y que los continuos y vergonzosos recortes de impuestos a los ricos deben ir acompañados con alguna que otra medida de tipo social si no quieren precipitarse al abismo. Tanto es así, que las cosas últimamente se han empezado a poner complicadas para la socialdemocracia. El ascenso de partidos de izquierda que hasta hace poco apenas podían hacer sombra a las socialdemocracias de sus respectivos paises (la Linkspartei alemana, el ex-maoista Partido Socialista holandés) constituye un serio aviso para una socialdemocracia que no para de moderarse (lease "de derechizarse") en un contexto social que no para de radicalizarse socialmente. No por casualidad, las reivindicaciones mas características de estos partidos se asemejan a las que la socialdemocracia sostenia antes de la oleada de "blairismo" que la ha invadido. La gente parece añorar la existencia de partidos que crean en la justicia y la necesidad de que los que mas tienen paguen mas, por poner un ejemplo de convicción que buena parte de la socialdemocracia ha ido abandonando paulatinamente. Pese a todo, creo que hay razones para el optimismo entre aquellos socialdemócratas que aun creemos que las palabras "socialdemocracia" y "socialismo" están necesariamente ligadas. Precisamente porque la derechización de la socialdemocracia no puede avanzar sin que se pierdan votos por la izquierda, llegará un punto en que los grandes partidos socialdemócratas empezarán a verle las orejas al lobo y a saber que no pueden comportarse como partidos liberales sin que esto les suponga ningún coste. Para entonces, los socialdemócratas de izquierda debemos estar pertrechados de buenas ideas sobre como encarar el futuro de la socialdemocracia. Se me ocurren muchas, pero hay una central: con la moderación que se quiera, con la tranquilidad que se quiera, incluso con el léxico que se quiera, la socialdemocracia debe tener un horizonte socialista. Y no de un "socialismo dentro del capitalismo" como propuso Bernstein y pusieron en práctica los socialdemócratas post-Guerras Mundiales, sino de un socialismo superador del capitalismo, de un escenario social donde los poderes económicos, todos los poderes económicos, estén sometidos al control democrático. Lo cual implica que no haya ninguno lo suficientemente grande para escapar a él ni para ponerlo en jaque. No asumir este objetivo significa aceptar la existencia de poderes superiores a la democracia, con mucha mayor capacidad que cualquier Parlamento para determinar el curso de la vida de cada uno. Y asumir este escenario significa, a su vez, asumir que vamos a contar con una ciudadania absentista, el mismo tipo de ciudadania que hizo colapsar los experimentos socialdemócratas europeos. Y ello porque los ciudadanos solo se comprometen con un proyecto político cuando saben que su voz va a contar realmente, que sus decisiones no se van a ver anuladas por lo que se hable en los pasillos de algún consejo de administración empresarial. Decia al principio que hablar de la socialdemocracia equivale a hablar de un movimiento donde los procesos se han desligado de los proyectos, de los fines. Ahora añado que hablar de un movimiento así es hablar de un movimiento en crisis, condenado o bien a rehacer esa unión entre medios y fines, o bien a extinguirse. No podemos aspirar a realizar un proyecto si no sabemos como hacerlo, y no tiene mucho sentido impulsar un proceso si no sabemos a donde queremos que nos lleve. Por haber querido seguir un camino sin saber donde estaba el norte, la socialdemocracia de hoy en día ha dejado de ser socialista en cuanto a fines y lo es cada vez menos en cuanto a medios. Sin embargo, como he dicho también en este artículo, se trata de una situación que no puede durar demasiado. La socialdemocracia debe o bien volver a ser socialista en sus medios y en sus fines, o bien marcar alegremente el paso hacia la parálisis política y la extinción. En la resolución de ese dilema se halla su futuro como movimiento político. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 21 de enero de 2007 | |
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Hablar de la socialdemocracia equivale a hablar de un
movimiento donde los procesos se han ido desligando progresivamente de
los proyectos. La famosa sentencia de Eduard Bernstein ("el fin no es nada, el movimiento lo es todo")
pasó hace mucho tiempo de ser una recomendación a los socialdemócratas
a constituir una buena descripción de su manera de actuar o, al menos,
de la manera de actuar del grueso de la socialdemocracia organizada. De
la verborrea revolucionaria de los Kautsky y los Guesde, desligada
completamente de su práctica política real (que era 100% reformista),
se fue pasando progresivamente a un modelo de actuación política donde
lo urgente (esto es, las reformas concretas) no dejaba espacio para lo
importante (el socialismo y la emancipación de los oprimidos).







