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Consumidores del mundo, ¡unios! |
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Es más fuerte un ciudadano por su condición de trabajador o por la de consumidor?
Donde reside una mayor potencia de incidencia, en su derecho a convocar una huelga o en su capacidad de selección y elección de un producto determinado? Los retos del sindicalismo siguen vigentes pero hay que actualizar determinadas estrategias de presión.
Mucho me temo que las empresas le han perdido el miedo a los conflictos laborales, a las huelgas. Estoy convencido que en demasiadas ocasiones la empresa que ha tomado la determinación de reorganizar su producción, deslocalizarla o cesar su actividad ha previsto y asumido los costes derivados del conflicto. Pero, pueden admitir un boicot a sus productos sin tomar en el corto plazo decisiones que apacigüen a sus clientes?
Ahora que han caído las fronteras que salvaguardaban los mercados nacionales/estatales; que las producciones se trasladan donde la mano de obra es más barata y las legislaciones más dóciles; que la precariedad también ha socavado un cierto espíritu combativo de los trabajadores y trabajadoras del llamado primer mundo; es ahora cuando hay que recomponer la llamada correlación de fuerzas entre los trabajadores-ciudadanos y el poder económico.
Y para ello conviene analizar si los modelos clásicos son vigentes, o por el contrario hay que actualizarlos. No se trata de abandonar las herramientas que han servido y aún encierran una gran dosis de valor simbólico. La cuestión pasa por analizar si en determinadas ocasiones hay que incorporar elementos como el boicot a la acción reivindicativa. La acción colectiva a través de sindicatos u otro tipo de organizaciones cívicas y sociales es ahora más necesaria que nunca. Activar la conciencia ciudadana es fundamental en una sociedad donde el individuo está sometido a un bombardeo constante de mensajes que quieren modificar actitudes y consolidar estilos de vida. Por eso es básico reforzar el espacio colectivo de pensamiento y acción. Y hacerlo con nuevas fórmulas más actuales y eficaces.
Y lo digo desde el rechazo frontal a cualquier tipo de campaña organizada contra determinados productos en función de su origen geográfico o político. Creo que es legítimo que un trabajador-consumidor pueda repercutir en sus hábitos de compra sus compromisos personales con la preservación de nuestro entorno ambiental, en contra del trabajo infantil y en contra de la utilización de mano de obra sin derechos laborales, sociales y sindicales. Por poner sólo unos pocos ejemplos.
Una empresa puede sostener con mayor capacidad de resistencia un conflicto de lo que lo puede hacer cualquier trabajador que depende de su nómina para vivir. Por eso conviene que reflexionemos alrededor de las fórmulas de presión individual y colectiva que devolverían el equilibrio a la necesaria correlación de fuerzas entre la sociedad y los poderosos poderes económicos. Conviene que adecuemos nuestras estrategias de reivindicación a los tiempos de corren. Al fin y al cabo y seguro que por bastante tiempo todavía, las empresas producirán en donde quieran y les sea más rentable, pero la capacidad adquisitiva está en nuestras manos. Usémosla de forma inteligente y activa. Tracemos una línea de unión entre nuestro consumo y nuestros compromisos con los valores de igualdad, libertad y justicia social. Y todo desde la pedagogía.
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Escrito por Miguel A. Escobar
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domingo, 26 de febrero de 2006 |
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