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No cabe duda de que los EEUU utilizarán
el ahorcamiento de Sadam como un acto de justicia universal patrocinado
por Washington, que expondrá este acontecimiento como un paso adelante
en su operación iraquí.
Pero nada estaría más lejos de la
realidad: la ejecución de la pena de muerte sobre el dictador no hará
más que aumentar las tensiones y sangrientos enfrentamientos entre
sunníes, chiíes y kurdos, ramas religiosas y etnias que constituyen el
desastroso puzzle en el que consiste este pozo gigante de petróleo que
es el Golfo Pérsico.
Si despreciáramos (que no deberíamos)
las horribles consecuencias que tendrá el cercano ahorcamiento,
podríamos llegar a una curiosa conclusión: EEUU impulsa ahora la
ejecución de un dictador al que, hace ya más de cuarenta años, comenzó
a ayudar para que tomara el poder en Irak. Este hecho no es nuevo en la
trayectoria internacional de los EEUU: ésta ha consistido en una serie
de intervenciones discrecionales al servicio de sus preferencias
económicas. Washington, paradójicamente, no ha renunciado aún al de los
años treinta: aún sigue cavando hoyos para después taparlos, tarea que
desempeña a la perfección.
El intervencionismo económico, teorizado
por John Maynard Keynes e implementado por Roosevelt durante los
críticos años 30 en EEUU, se constituye como la verdadera línea seguida
por los EEUU en el exterior desde el Plan Marshall hasta el día de hoy.
Creadas por Truman para competir con el capitalismo de Estado
soviético, las ayudas a Europa tras la Segunda Guerra Mundial no
perseguían sino crear mercado para unos triunfadores EEUU: convertir al
viejo continente en cliente y deudor no fue más que una hábil política
de demanda keynesiana. A partir de entonces, esta doctrina pasó a ser
una fortísima impronta cultural, una ley de hierro instalada en la
psique de los gobernantes que se fueron sucediendo.
Washington pervirtió la doctrina de
Keynes y la amplió a todo ámbito: intervino en Guatemala cuando previó
que la United Fruit Co. se le iba de las manos; la entrada en Panamá,
Granada, El Salvador y Chile, entre otras, buscaban exactamente lo
mismo: conservar un mercado que, sólo después de los bombardeos,
tendría que fluir con la libérrima e invisible mano de Adam Smith. Más
hipocresía, imposible.
No fueron distintas las iniciativas
programadas para Oriente Próximo: con un hostil Kassem en el Gobierno
iraquí, la CIA apostó por un jovencito terrorista, Sadam Husein, que se
volvería más tarde respondón y daría lugar al avispero de Irak. Como el
de Afganistán, en el que Carter y Reagan mezclaron gasolina con fuego
al educar a los Muyahidines para combatir contra los soviéticos y
dieron lugar a un horno al que le queda mucho para apagarse. Irán, cuya
trayectoria hacia la laicización fue cortada por los mismos EEUU al
expulsar al reformista Mossadeq del Gobierno, conforma ahora un futuro
polvorín que, de cumplirse la regla, debería estallar en pocos meses.
Estos hechos nos deberían hacer concluir
con que los Estados Unidos están hoy lejos de ser esa cuna liberal de
la que tanto han presumido. Sus acciones se guían aún por el absoluto
intervencionismo y la planificación económica, al servicio de las
cuales se encuentran las armas, por otro lado, convertidas en una
imparable industria. Si hay que seguir así seguirán, si hay que tapar
hoyos, se cavarán primero, y si hay que liberar un país libre, se lo
secuestrará previamente. Deberíamos reflexionar sobre el papel que la
Comunidad Internacional y, más concretamente, la aburrida ONU debería
jugar al respecto. Las vidas de millones de inocentes (estadounidenses
incluidos) están en juego. keynesianismo
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