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Leo en la edición digital de un
diario que el Ministerio de Sanidad ha llegado por fin a un acuerdo
con los empresarios de la moda para fijar una talla mínima
para las modelos y trabajar en una estandarización de las
tallas, y aún no me lo creo.
No hace tanto que se ponían las
manos a la cabeza ante el intento de la Comunidad de Madrid de
limitar el acceso de las modelos excesivamente delgadas a la pasarela
Cibeles, y ahora valoran positivamente los datos que aportarán
el estudio antropométrico que piensa llevarse a cabo para
unificar las tallas. Claro que ese estudio no lo pagan ellos... y por
contra les aportará una valiosa información sobre cómo
está el mercado.
Aún así, estoy como en
una nube. Podremos comparar dos pantalones de una misma marca sin
tener que preguntarnos si nos irán bien – misma talla,
modelos parecidos, mismo fabricante, pero oh cielos, este me queda
ancho de cintura y este no me sube del muslo-; podremos buscar
prendas de la talla 46 sin tener que sufrir la vergüenza pública
de tener que visitar la sección de tallas grandes; podremos,
en fin, comprobar de un vistazo, gracias a la información
adicional de la etiqueta, si esa 42 que no nos entra ni con polea es
realmente una 42 o una 38 con la etiqueta cambiada. Podremos, en
definitiva, volver a disfrutar de las compras- para desesperación
de los empleados encargados de la sección de probadores, pero
no podemos ganar todos.
Alborozada por la gran noticia, mi ojo
capta la columna de anuncios adyacente a la noticia: “Pierda una
talla en un mes”. Ah, ya decía yo.
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