| Ficciones de género |
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La distinción entre masculino y femenino está marcada socioculturalmente. Desde que Simone de Beauvoir publicara hace casi sesenta años El segundo sexo, el género (entendido como la vertiente sociocultural de la diferencia sexual) es un tema recurrente del pensamiento de nuestra época y motivo de debate en círculos progresistas.
Un reflejo de lo anterior es que diversas disciplinas y estudios añaden el adjetivo de género como un particular. También los partidos políticos han publicitado y exteriorizado su visión de género, su lucha, incluso han presumido de ser los garantes de la igualdad de género mostrándonos, como en sus listas electorales existe una igualdad en número de hombres y mujeres, trazando una línea divisoria absolutamente confusa entre lo biológico (hombre y mujer) y la igualdad de género reflejada en la participación política. La conciencia de lucha ha excluido el hecho de que unas mujeres lo tienen más fácil, otras más difícil, dependiendo de su situación social, su edad, su procedencia étnica, el azar, los apoyos y redes que haya ido encontrando en su camino. Su justificación entra en un universo representativo del cambio social y cultural, el cual hay que efectuarlo desde arriba, desde las élites, y a partir de aquí, el resto de la ciudadanía se impregnará de este sentido de igualdad de género. La situación de las mujeres en nuestra sociedad ha cambiado en las dos últimas décadas. Esta transformación ha afectado tanto a leyes que eran absolutamente discriminatorias todavía a mediados de los años setenta, como a actitudes sociales y personales que hacen que no se cuestione, por lo menos de forma explícita, el derecho de cada mujer a ser una persona autónoma y libre. Sin embargo, a pesar de estos importantes cambios, la realidad reflejada en los datos cuantitativos sobre empleo y paro, como las representaciones de los espacios de poder político, social y cultural, continúan mostrando un marcado sesgo androcéntrico. En los ámbitos en los que la transformación se ha llevado a cabo atañen espacios de poder, del reparto del poder de forma cuantitativa, afirmando inconscientemente la diferencia entre sexo masculino y femenino pero no en una transformación en el ámbito de los valores, de las representaciones, del ejercicio de poder asociado a esta igualdad entre sexos. Los cambios sólo son a una repartición del poder. Un análisis más profundo reflejará que esta igualdad entre sexos refuerza la distinción entre procedencia sociocultural y que en el fondo no es más que una reproducción de un sistema de poder abierto a la igualdad de género, pero excluyente a otras igualdades. Demasiadas mujeres siguen marginadas, desprotegidas, víctimas de la violencia de género, la cual sigue presente en un amplio espectro de la vida social. El único avance es la equiparación de género desde los estratos sociales dirigentes y esto no ha supuesto lo más importante de la lucha por la igualdad de género; una forma diferente de pensar y repensar la realidad, unos valores, unas reglas de juego no basadas en la tradición androcéntrica de dominación y sumisión, en fin, la posibilidad de plantear unas nuevas reglas de convivencia y de relación entre iguales en una sociedad justa y democrática.
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| Escrito por David Fornons | |
| lunes, 27 de febrero de 2006 | |
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