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El autor trata, en este artículo, de desentrañar el perfil psicológico de cualquier miembro de la banda terrorista ETA, al calor del debate suscitado de si hay que seguir o no con el dialogo para acabar con esta lacra. Piensa que ha de rechazarse cualquier atisbo de negociación política mientras, en cambio, no descartaría que cualquier colectivo de la sociedad civil vasca pudiera mantener algún tipo de negociación.
La banda terrorista ETA ha roto todos los puentes de dialogo que tan generosamente le tendió el Gobierno de la nación, con el respaldo de la mayoría del Parlamento. Tras lo de Barajas, la banda ha vuelto a la lucha armada. Por tanto y desde mi punto de vista todos aquellos que opinan de que hay que seguir con el dialogo, como si nada hubiera ocurrido, son poco realistas desde la mejor intención.
Sigo insistiendo sobre un tema de capital importancia: el problema de ETA no es un problema político. ETA es una organización fanática y cerrada. Sus miembros son un ejército de enajenados -en el sentido literal de la palabra- que pertenecen a un mundo autárquico y alejado de la realidad. Se divierten entre ellos -en sus tabernas-, se casan también entre ellos, trabajan para ellos, sus propios símbolos, su propia vestimenta, etc. Incluso no me extrañaría que realizaran ritos y celebraciones iniciaticas. Hoy por hoy es imposible, y a todas luces inviable, mantener una negociación política con ETA.
Ahora bien, eso no impide que aquellos colectivos que no tienen vinculación alguna con la política puedan iniciar algún tipo de acercamiento o diálogo con ellos. Alguien que les haga ver la realidad y que, por tanto, les disuada de continuar por la senda violenta. Pensemos que son gente que, los más de ellos, tienen un amplio historial delictivo, que frisan los treinta años y que antes tuvieron que superar la prueba de ser adoctrinados durante el periodo de quince años, en manifestaciones de kale borroka, etc. Es decir, son gentes que no ha vivido y conocido otra cosa. Y además lo han hecho cobrando; es decir, como modus vivendi. Por tanto, para volver a la realidad necesitan un proceso de adaptación. Tienen que llegar a saber que hay vida detrás de ETA. Esta tarea no la puede hacer un político, sino toda la sociedad.
La sociedad civil vasca tiene un preponderante papel a desempeñar en esta ardua tarea de descompresión. No comparto del todo con aquellos que afirman que las ideas de ETA pueden ser perfectamente defendidas en el marco democrático. Para empezar dudo que ETA tenga ideas. Me da la impresión de que no tienen un concepto claro y perfilado de lo que pretender hacer en el País Vasco. La gente que utiliza la violencia generalmente suele carecer de ideas y proyectos, más allá de una simple y tosca base doctrinal.
El nazismo, el comunismo, Al Qaeda y ETA tienen de común que han sido y son movimientos cuasi-religiosos revestidos en la política. Toda la puesta en escena que realizan arengando a las masas, los entrenamientos y las procesiones con las banderas o portando las fotos, etc. son ritos más que actos políticos propiamente dichos. Para ellos los detenidos no son presos sino mártires.
Por ello, en mi anterior artículo, expresé la idea de que el proceso de dialogo político con ETA estaba muerto, pero tal vez socialmente seguía vivo.
Insisto, con gente que llega a sacralizar sus ideas -incluso hasta llegar al límite del suicidio- no puede haber campo para la negociación política.
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