| Cuando todo tiene un precio |
|
|
Hay cosas que desaparecen cuando se les pone un precio. Nos
pasa, por ejemplo, con el amor, la amistad o la confianza. Son estas
facetas de la vida humana que solo se pueden desarrollar
autotélicamente, es decir, asignándoles un valor intrínseco. En el
momento en que hablemos de un "amor instrumental" estaremos hablando de
algo que nadie admitirá como "amor". En el momento en que le pongamos
un precio a una amistad, sabremos que en rigor no estamos hablando de
una "amistad". El caso es que, por paradójico que pueda parecer, el
ámbito de las relaciones humanas donde todo tiene su precio (es decir,
el mercado) precisa de este tipo de sentimientos e instituciones para
poder funcionar. Los agentes del mercado deben tener una cierta
confianza en que no todo se puede comprar y vender, en que hay unas
leyes que se van a respetar, en que no se va a poder comprar a los
jueces que se encargan de vigilarlas ni a los mandatarios que se
encargan de redactarlas.
Cuando este tipo de confianza no existe, el mercado como tal desaparece
para dar paso a una selva donde finalmente gana quien tiene mas
habilidad para medrar a la sombra del poder. No hablo de nada que no
conozcamos: basta echar una mirada sobre la Rusia post-comunista para
darnos cuenta de lo que significa que en una sociedad todo se pueda
comprar y vender.
Sucede, sin embargo, que el liberalismo puede llegar a tener serios problemas para prohibir normativamente la compraventa de ciertas cosas que todos damos por necesarias para el buen funcionamiento de una sociedad democrática y aun de una sociedad de mercado. Si tuviésemos que resumir en breves lineas los elementos comunes a todas las escuelas de pensamiento liberal (en el sentido europeo, no norteamericano, del término "liberal") podríamos decir qué: 1) Para el liberalismo, la sociedad justa es la sociedad donde los individuos son libres. 2) Un individuo es libre cuando ve garantizado su derecho a la propiedad privada fruto de su trabajo o de su suerte, empezando por la propiedad de uno mismo. 3) En consecuencia, las únicas transacciones de bienes y servicios autorizadas por el liberalismo son aquellas que se dan entre individuos adultos en ausencia de coacción violenta o de fraude. A partir de aquí, las visiones sobre el diseño institucional óptimo para el florecimiento de una sociedad liberal difieren: unos hablan de Estado mínimo, otros de anarquia capitalista, etc. Aquí nos vamos a centrar en aquellas visiones del liberalismo que cifran su norte en el proyecto de la llamada "democracia liberal", que con todas sus variantes se refiere a una sociedad: 1) regida por una economía de mercado capitalista, con el consiguiente reconocimiento y protección de la propiedad privada; 2) un Estado mínimo o cuanto menos limitado, ceñido a la tarea de establecer las condiciones que posibiliten el funcionamiento del mercado y la protección de la propiedad privada; y 3) un sistema de elecciones democráticas que sirva para limitar el poder de los gobernantes y posibilitar el "cambio de gobierno sin derramamiento de sangre" del que hablaba Popper. Pues bien: ¿puede el liberalismo sostener este proyecto sin contradecirse? Solo a medias. A priori, la democracia liberal podria cumplir con los estándares liberales sin despeinarse demasiado, adhuciendo que en un régimen de democracia liberal los derechos de propiedad se ven mejor protegidos que, por ejemplo, en una eventual "dictadura liberal" o en un régimen de anarquia capitalista. No obstante, el liberalismo, llevado coherentemente, debería permitir una serie de cosas en una democracia liberal que a todos nos resultará extraño considerar como posibles en una sociedad con una buena salud democrática. Sin ir mas lejos, el chantaje. Si, si, el chantaje. Como muy bien nos explica el liberal Jorge Valín, chantajear no es lo mismo que extorsionar. En la extorsión interviene la amenaza de violencia física, con lo cual puede ser tranquilamente prohibido por un régimen liberal ideal. En cambio, el chantaje se refiere a una amenaza donde la violencia física no tercia. Por ejemplo, te puedo amenazar con sacar a la luz un informe comprometedor sobre tu pasado, unas fotos sobre tu amorío con una querindonga, o incluso, quien sabe, un video hardcore donde sales vestido con un corsé rojo y bebiéndote los flujos urinarios de una prostituta guineana. Eso es chantaje. Y, como se aprecia fácilmente, en esto no interviene ni el fraude ni la violencia. En un régimen liberal debería estar permitido. Otro asunto aun mas espinoso para el liberalismo democrático es el de la compraventa de votos. Si partimos de la base de que el Estado no debe entrometrse en las transacciones que realicen dos adultos en ausencia de violencia y fraude, ¿quién es el Estado para prohibir que te de mi apoyo electoral a cambio de dinero o de cualquier otro bien que pueda resultarme apetecible? Difícil dilema, para el cual me atrevo a aventurar que el liberalismo no tiene solución, lo cual resulta muy problemático: la democracia es seguramente otra de esas cosas que desaparece cuando se le pone precio. La conclusión es clara: el liberalismo, llevado coherentemente, se lleva mal con la democracia. Y esto no es una excrecencia de ciertas visiones extremas del liberalismo, sino, repito, la consecuencia lógica que se desprende de sus propios postulados nucleares. La consecuencia lógica de ponerle precio a todo. Y esto vale lo mismo para la democracia como para la dignidad humana, pisoteada por el liberalismo en tantos y tantos puestos de trabajo. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
|
Ningún comentario guardado
mXcomment 1.0.3 © 2007-2008 - visualclinic.fr
License Creative Commons - Some rights reserved
| Escrito por Lluis Pérez | |
| domingo, 04 de febrero de 2007 | |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
RSS


Hay cosas que desaparecen cuando se les pone un precio. Nos
pasa, por ejemplo, con el amor, la amistad o la confianza. Son estas
facetas de la vida humana que solo se pueden desarrollar
autotélicamente, es decir, asignándoles un valor intrínseco. En el
momento en que hablemos de un "amor instrumental" estaremos hablando de
algo que nadie admitirá como "amor". En el momento en que le pongamos
un precio a una amistad, sabremos que en rigor no estamos hablando de
una "amistad". El caso es que, por paradójico que pueda parecer, el
ámbito de las relaciones humanas donde todo tiene su precio (es decir,
el mercado) precisa de este tipo de sentimientos e instituciones para
poder funcionar. Los agentes del mercado deben tener una cierta
confianza en que no todo se puede comprar y vender, en que hay unas
leyes que se van a respetar, en que no se va a poder comprar a los
jueces que se encargan de vigilarlas ni a los mandatarios que se
encargan de redactarlas.
Cuando este tipo de confianza no existe, el mercado como tal desaparece
para dar paso a una selva donde finalmente gana quien tiene mas
habilidad para medrar a la sombra del poder. No hablo de nada que no
conozcamos: basta echar una mirada sobre la Rusia post-comunista para
darnos cuenta de lo que significa que en una sociedad todo se pueda
comprar y vender.






