| Lecturas |
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Mucho se ha escrito sobre la España posible, sobre
si una identidad común a todos los pueblos y ciudadanos de España tenía
sentido, más allá de una idea republicanista de vivir bajo un mismo Estado y
leyes, un Estado que, siendo una construcción histórica, solo vería justificada
su existencia bajo su utilidad práctica, sin dejar margen al error, a las
tendencias políticas variantes en su gobierno y a la comprensión de su
estructura territorial que tenga el Gobierno de Madrid de turno.
Muchos ideólogos de la identidad han explicado muchas veces,
y con gran razón, que un colectivo puede mantenerse en malas épocas si
mantienen un sentimiento de pertenencia común, algo que de sentido a su unión a
pesar de pasar épocas de tribulaciones, de discrepancia política y social o de
crisis económicas. Hay buenos argumentos racionales, políticos y técnicos, para
explicar las bondades de la descentralización, pero en un mundo en constante
cambio y expansión, también los hay buenos para explicar las bondades de las
uniones, más o menos jerárquicas, en superestructuras más amplias, incluidos
los actuales Estados.
Estas bondades se circunscriben a la naturaleza práctica de
dichas estructuras. Es entendible por tanto que dicho juicio pueda realizarse a
cualquier estructura política, ya sea Ayuntamiento, Comunidad Autónoma, Estado
u Organización Internacional, sin embargo, yo no quiero hablar aquí de la
estructura política en si, sino de la identidad, del sentimiento de
pertenencia; yo hoy no quiero hablar del Estado español, quiero hablar de
España como país.
Se ha hablado mucho de lo que es, o puede ser, España, para
todos nosotros. Es evidente que a lo largo de la vida de una persona, ya sea de
Barcelona, Madrid o Cáceres, distintos tipos de influencias y contextos han
derivado en distintos sentimientos de arraigo a la identidad española. Poco es atribuible
a la genética para explicar la tipología de sentimiento en este sentido; puede
decirse, sin miedo a equivocarse, que el sentimiento de pertenencia es una
construcción social.
España es un país que por desgracia ha disfrutado de pocas
épocas, en su historia, de democracia y libertad. La mayor parte de su historia
ha sufrido distintos sistemas más o menos autoritarios, y lo cierto es que este
es un gran déficit que acarrea un posible sentimiento de pertenencia, dado que
en no pocas ocasiones la simbología, y todo aquello que representa, la
identidad española, no está asociada a ideas de progreso, apertura, justicia y
libertad, sino de oscurantismo, fascismo y del conservadurismo más rancio y
excluyente.
Hay una parte de la derecha española que no ha ayudado
demasiado a eliminar esta imagen en la época contemporánea, pero hay una parte
de la izquierda que desgraciadamente tampoco parece muy interesada en rebatir
los argumentos de aquella derecha. Se ha visto hace poco con el debate abierto
sobre la Ley de Memoria Histórica, en donde legítimas críticas hacia la forma
en la que se recuperaba nuestra memoria colectiva se han mezclado con otras
críticas, de más dudoso origen intelectual, en donde ha parecido por momentos
que cierta derecha se ha dedicado más a justificar la dictadura franquista, que
a cuestionar la forma en la cual se recordaban aquellos sucesos, cuyo juicio
moral debería ser claro y cristalino para la inmensa mayoría de los españoles;
nosotros, los demócratas, teníamos y tenemos que estar con la libertad y la
democracia, y nunca con el fascismo.
Es mucho el tiempo que hemos perdido sin defender una imagen
de España en positivo. Son pocas las naciones del mundo, yo diría que solo
Estados Unidos se escapa de esta definición, cuyas raíces históricas no son
democráticas, pero así fue la historia; sangrienta, brutal, y producto de
guerras e invasiones. Hay que tener claro que cada generación es responsable de
sus actos y sus decisiones, ya sean personales y colectivas, y nosotros no
podemos, porque no sería legítimo y ni siquiera posible materialmente hablando,
hacernos responsables de los actos de generaciones pasadas, ¡eso sí!, sí
podemos hacer algo: no volver a cometer sus errores.
De la misma manera que sería absurdo que un español fuera a
Bolivia a pedir perdón por las matanzas realizadas por soldados españoles en la
época de los Reyes Católicos, sí que pudimos, sin embargo, aprovechar inteligentemente
los fastos por el Quinientos Aniversario del descubrimiento de América, en el
año 1.992, coincidiendo con la Exposición Universal de Sevilla, para acercarnos
a Iberoamérica, y convertir los lazos que nos unen, históricos y lingüísticos,
en una potente relación cultural y económica que beneficie a ambas partes,
desde el respeto a la soberanía de los Estados actualmente existentes, y desde
la consciencia de que lo más sabio e inteligente, es convertir las zonas
comunes de unos y otros en una productiva relación, en donde todos aprendamos y
caminemos juntos. En ese campo, las rencillas de corte nacionalista y
completamente obsoletas en el mundo moderno, serían un impedimento catastrófico
y absurdo a este acercamiento, quizás lo menos inteligente en lo que unos y
otros podrían caer.
Los efectos del nacionalismo suelen ser, al final, nada
recomendables, y uno aprende con el tiempo que una lengua, una cultura y una
historia sirven para caminar, para vivir y para dialogar; sirven para usarlas,
no para guardarlas en una vitrina. En España esta reflexión también es
aplicable.
España (y esto no lo ha inventado Zapatero, siempre ha sido
así) es un país plural, y esa es su propia esencia, si me lo permiten,
nacional. Un catalán, que hable todo el día en catalán, que escriba siempre en
catalán, y que además (por llevar el ejemplo al extremo) tenga bordada la bandera
catalana en las sabanas de su cama, sería un perfecto español, sin nada que
quitar ni poner, porque España no le pide el certificado de autenticidad a
nadie, dado que es un país libre en donde todo el mundo puede llevar el modelo
de vida que considere oportuno sin que nadie le vaya a pedir cuentas por ello.
Por eso también me parece absurda la polémica sobre si se
puede quemar la bandera española o no. Quemar la bandera en público no
significa absolutamente nada, me preocuparía más si la gran mayoría de los
ciudadanos se pusiera a hacerlo, porque eso significaría otra cosa, pero que
grupos minoritarios de ciudadanos decidan hacerlo no constituye una grave
preocupación pública, y en todo caso es un acto de libertad personal que no
debería ser punible penalmente hablando, como pasa en Estados Unidos por
ejemplo.
La bandera española, con las dos franjas rojas y la gualda,
los dos pilares de plata de Hércules, con los cuatro escudos de los llamados Reinos
históricos y la enseña “Plus ultra”, es, en definitiva, un simple trozo de
tela, sin embargo, lo importante, lo realmente importante, no es el trozo de
tela; es lo que representa esa bandera, y no representa ya a una monarquía
totalitaria, a un antiguo régimen dictatorial o a una dictadura militar, sino a
un país democrático y libre, en donde la inmensa mayoría de sus ciudadanos no
están dispuestos a partirse la cara nunca más, sino que aspiran a vivir en paz
y concordia, a vivir libres, cada uno de acuerdo a sus sentimientos y valores,
en un país solidario en donde cada persona está dispuesto a tender la mano a
otra cuando esta necesita su ayuda.
Eso es lo que representa realmente esa bandera, a pesar de que
algunos la quieran usar para atizar a sus compatriotas, o para apropiársela
absurdamente, sin darse cuenta de que los valores que representa esa bandera
son libres y propiedad de todos, y no se encierran en un simple trozo de tela.
Es una bandera bonita, por lo menos a mi me lo parece, muy
distinta a la de muchos países, y se distingue a varios kilómetros de
distancia. Cuando en un conflicto internacional, una persona ve esa bandera
ondeando en el horizonte, le inspira confianza, porque las tropas españolas
están allí para defender los mejores valores que se consagran en nuestra
Constitución, lo cual no incluye agredir a inocentes, justificar daños
colaterales o invadir países extranjeros, sino defender el Derecho
Internacional, proteger a los civiles de agresiones terroristas y apoyar planes
de pacificación y reconciliación en naciones divididas y enfrentadas.
Creo que si algo podemos aprender de la historia es que, al
ser cada generación responsable de sus actos, somos nosotros, los que hacemos
cada día de este país lo que es, los que nos reinventamos todos los días y los
que podemos aprender de nuestra historia colectiva de la manera más inteligente
posible, aprendiendo de nuestros errores, y creo que en los últimos años lo
hemos hecho bastante bien, ¡con nuestros errores!, pero creo que el saldo
general, es positivo.
Creo que nos podemos sentir razonablemente orgullosos de ser
españoles. Yo, por lo menos, lo estoy.
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