| La paradoja educativa |
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Padres, madres, instituciones y la sociedad en general exigen cada vez más a los centros educativos. Esa exigencia va acompañada de una actitud de desconfianza que aumenta a la par que el cuestionamiento de la labor de los profesionales de este ámbito.
No resulta nada extraño ni sorprendente para aquellos que trabajamos en centros escolares haber escuchado o vivido de forma cercana alguna historia en la que un colega se ha visto implicado en procesos judiciales o denuncias a la inspección por parte de padres y madres de alumnos. El ámbito jurídico se introduce en la escuela a medida que esta relación tan fundamental se complica más. En esta relación descansa el motor del desarrollo del individuo en su infancia y si ésta falla, la persona sufre un golpe de efecto. Por esto es tan importante que nos replanteemos lo que sucede entre nosotros. Cada vez son más las problemáticas que debe afrontar la educación pública. Ésta, cada vez más sobrecargada, también se encuentra más impotente para adaptarse a las circunstancias y necesidades del entorno. Hay una más que evidente falta de recursos (sobre todo humanos), falta de formación de seriedad y un exceso de medidas electoralistas que buscan más el titular que el contenido (véase los Planes de innovación planteados por la Generalitat de Catalunya). Ante esto el colectivo de maestros y profesores se desencanta adoptando una actitud de repliegue en sí mismo. Las quejas por parte de los mismos son abundantes y las mejoras de las condiciones de trabajo se exigen como compensación a la sensación de impotencia. Teniendo en cuenta que la sociedad en general es muy susceptible a creer que los profesionales de la educación “se pegan muy buena vida” éstas quejas no se comprenden y la brecha entre unos y otros se hace más grande. Poco a poco, sin darnos cuenta, las exigencias de unos y la incomprensión y las quejas de otros va provocando que nos demos la espalda. Una educación pública de calidad que defienda la igualdad de oportunidades e intente luchar por la compensación de las diferencias sociales debería proyectar cambios para solventar la actual crisis. Sentarse y debatir sobre qué responsabilidades educativas tienen prioridad y a quien le pertenecen cada una de ellas facilitaría el poner a cada uno en su lugar y la mejora de las relaciones entre profesionales y el resto de implicados en el asunto educativo. El diálogo facilitaría la comprensión de unos y otros, aprenderíamos a compartir el compromiso, devolvería la confianza en los maestros y profesores y la sensación de competencia de los mismos y, lo más importante, se revalorizaría la figura del profesional de la educación como un ser autónomo y con capacidad de decisión (y no como un títere de los poderes políticos). Todo esto aliviaría, sin duda alguna, la sensación de soledad que sufre este colectivo que, cada vez más resentido, alimenta estados de ánimo insanos que nos aleja del amor por la educación y el ser humano. Descargar las espaldas del maestro y el profesor queriéndolo un poco más ayudaría a que estos profesionales amasen aquello que hacen y a los sujetos que tienen entre manos: unos niños y niñas que, en definitiva, son responsabilidad de todos nosotros.
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| Escrito por Isabel Rodríguez | |
| miércoles, 01 de marzo de 2006 | |
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Padres, madres, instituciones y la sociedad en general exigen cada vez más a los centros educativos. Esa exigencia va acompañada de una actitud de desconfianza que aumenta a la par que el cuestionamiento de la labor de los profesionales de este ámbito.







