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En estos momentos yo
estoy firmemente convencido de que la ciudadanía motiva la
decisión sobre el sentido de su voto exclusivamente en la
imagen de la persona que encabeza la candidatura de los partidos
políticos y sale en los carteles electorales, medios de
comunicación en general y la tele en particular. Nada se sabe,
ni noticia se tiene, de ningún programa político, ni de
aquellas propuestas que vayan más allá de los eslóganes
de campaña. Algunas personas aisladas saben de la existencia
de tales artefactos electorales e incluso alguna vez han llegado a
contemplar, en pleno éxtasis intelectual, con la boca abierta
y los ojos desencajados, entre sus manos temblorosas uno de esos
inaprehensibles documentos, dignos de encabezar alguno de los
programas de Cuarto Milenio. Y ya, al final de la cadena, quedamos
cuatro bichos raros, escondidos en la oscura soledad del trastero de
esta sociedad, presas desahuciadas por algún trastorno
psicológico no catalogado, que hemos llegado a echarle un
vistazo más o menos en profundidad al programa político
de los principales partidos democráticos, deteniéndonos
más en aquel cuyo proyecto finalmente votamos.
En varias ocasiones me ha
asaltado la inquietud por conocer el motivo de esta palmaria falta de
interés de la ciudadanía por los programas electorales
de los partidos políticos y aunque no he llegado a concluir
nada interesante o definitivo, sí me ha dado para establecer
algunas líneas de pensamiento al respecto. En primer lugar, es
obvio a poco que nos esforcemos en conocerlos, que los programas
electorales de los principales partidos políticos son
ininteligibles en su gran mayoría y para la gran mayoría,
incorporando – no sé si a propósito – un extenso e
innecesario catálogo de los errores del o los partidos
adversarios seguido de un texto plagado de ambigüedades
calculadas que pretende explicar las propuestas políticas del
partido en cuestión; en definitiva un mamotreto muy poco
estimulante. En segundo lugar, no es descabellado asegurar que de
existir alguna diferencia destacable en el contenido comparado de los
programas electorales ésta es de mero matiz, consistiendo en
la mayor parte de los casos en un profundizar más o menos
sobre alguna cuestión determinada y concreta; esto no obsta
para que sí podamos encontrar argumentos opuestos sobre
aspectos generales de la orientación política, pero
esto queda para el debate ideológico que, además,
aparece ocasionalmente y por ello puede considerarse si no de segundo
orden sí al menos de escasa relevancia. En tercer lugar,
aunque en minoría y en franco retroceso, entre la ciudadanía
existe – existimos – un grupo de personas que profesan una
ideología política concreta cuyo objetivo es
transformar la sociedad en base a unos parámetros filosóficos
más o menos bien definidos, en tanto que los partidos
políticos democráticos a lo máximo que aspiran –
al menos aquellos que tienen “vocación de Gobierno” – es
a gestionar el sistema existente de manera más eficiente y
efectiva que el anterior ejecutivo soportado por el partido político
rival; haciendo de alcanzar el Gobierno un fin político en sí
mismo, en vez de un instrumento para alcanzar el objetivo fundamental
de toda acción política, la transformación, el
cambio. Y, en cuarto lugar, yo creo que la ciudadanía se ha
abandonado al nihilismo más recalcitrante, delegando su
principal patrimonio político – que tanta sangre costó
conseguir –, la soberanía nacional, a la nueva aristocracia
meritocrática auspiciada y aupada por el sistema al poder, que
conocemos o se identifica como “la clase política”; y lo
ha hecho en función de un pensamiento catastrofista y
determinista, anclado en la creencia casi absoluta de que tanto da
quién gobierne, que las cosas no van a cambiar nunca. Y yo,
que me considero demócrata y socialista, he de darle la razón
a la ciudadanía, por definición.
Elecciones generales,
comicios electorales autonómicos y locales, referéndums
varios y otras consultas populares adolecen de un planteamiento de
solución de continuidad en el que se abran nuevos horizontes
políticos a través de una transformación eficaz
y efectiva del modelo político, social y económico,
quedándose en un mero enfrentamiento entre facciones
respaldadas por hooligans entregados fanáticamente a la causa,
pero sin contenido ideológico. “Quítate tú
para que me ponga yo” es el único pensamiento político
que alienta las diferentes candidaturas electorales y al que se
adhieren, sin rubor alguno, amplios sectores sociales, animados por
las mismas motivaciones que rigen su adscripción a una
sociedad deportiva, a ver quién gana a quién para luego
irse a brindar con cava por la victoria y a ofrecerle el título
a alguna deidad local, o por el contrario a llorar amargamente por
los rincones la amarga hiel de la derrota. Sin embargo, ocurra lo que
ocurra, ganen o pierdan, lo cierto es que al día siguiente
todo seguirá igual, puede que los suyos hayan “ganado” o
“perdido”, pero eso sólo afecta al ánimo deportivo
que sustenta la contienda y no a la cotidianeidad de la vida diaria,
a los problemas de la ciudadanía – que, no sé si
alguien se ha dado cuenta a estas alturas de la película,
siguen siendo los mismos año tras año; señal
inequívoca de que nadie los soluciona –, la educación,
la sanidad, los servicios sociales, la vivienda… que la nueva
alcaldía o el nuevo Gobierno van a seguir sin solucionar.
Luego se quejan de que la abstención electoral raya el 50 %, a
ver con qué cara va la gente a depositar su voto para que nada
cambie salvo la cara – a veces muy dura – de quien gobierna en
cada ámbito de esta pretendida democracia con ínfulas.
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