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viernes, 16 de mayo de 2008
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Quítate tú, que me pongo yo Imprimir E-Mail
Lecturas 990    

ImageEn estos momentos yo estoy firmemente convencido de que la ciudadanía motiva la decisión sobre el sentido de su voto exclusivamente en la imagen de la persona que encabeza la candidatura de los partidos políticos y sale en los carteles electorales, medios de comunicación en general y la tele en particular. Nada se sabe, ni noticia se tiene, de ningún programa político, ni de aquellas propuestas que vayan más allá de los eslóganes de campaña. Algunas personas aisladas saben de la existencia de tales artefactos electorales e incluso alguna vez han llegado a contemplar, en pleno éxtasis intelectual, con la boca abierta y los ojos desencajados, entre sus manos temblorosas uno de esos inaprehensibles documentos, dignos de encabezar alguno de los programas de Cuarto Milenio. Y ya, al final de la cadena, quedamos cuatro bichos raros, escondidos en la oscura soledad del trastero de esta sociedad, presas desahuciadas por algún trastorno psicológico no catalogado, que hemos llegado a echarle un vistazo más o menos en profundidad al programa político de los principales partidos democráticos, deteniéndonos más en aquel cuyo proyecto finalmente votamos.


En varias ocasiones me ha asaltado la inquietud por conocer el motivo de esta palmaria falta de interés de la ciudadanía por los programas electorales de los partidos políticos y aunque no he llegado a concluir nada interesante o definitivo, sí me ha dado para establecer algunas líneas de pensamiento al respecto. En primer lugar, es obvio a poco que nos esforcemos en conocerlos, que los programas electorales de los principales partidos políticos son ininteligibles en su gran mayoría y para la gran mayoría, incorporando – no sé si a propósito – un extenso e innecesario catálogo de los errores del o los partidos adversarios seguido de un texto plagado de ambigüedades calculadas que pretende explicar las propuestas políticas del partido en cuestión; en definitiva un mamotreto muy poco estimulante. En segundo lugar, no es descabellado asegurar que de existir alguna diferencia destacable en el contenido comparado de los programas electorales ésta es de mero matiz, consistiendo en la mayor parte de los casos en un profundizar más o menos sobre alguna cuestión determinada y concreta; esto no obsta para que sí podamos encontrar argumentos opuestos sobre aspectos generales de la orientación política, pero esto queda para el debate ideológico que, además, aparece ocasionalmente y por ello puede considerarse si no de segundo orden sí al menos de escasa relevancia. En tercer lugar, aunque en minoría y en franco retroceso, entre la ciudadanía existe – existimos – un grupo de personas que profesan una ideología política concreta cuyo objetivo es transformar la sociedad en base a unos parámetros filosóficos más o menos bien definidos, en tanto que los partidos políticos democráticos a lo máximo que aspiran – al menos aquellos que tienen “vocación de Gobierno” – es a gestionar el sistema existente de manera más eficiente y efectiva que el anterior ejecutivo soportado por el partido político rival; haciendo de alcanzar el Gobierno un fin político en sí mismo, en vez de un instrumento para alcanzar el objetivo fundamental de toda acción política, la transformación, el cambio. Y, en cuarto lugar, yo creo que la ciudadanía se ha abandonado al nihilismo más recalcitrante, delegando su principal patrimonio político – que tanta sangre costó conseguir –, la soberanía nacional, a la nueva aristocracia meritocrática auspiciada y aupada por el sistema al poder, que conocemos o se identifica como “la clase política”; y lo ha hecho en función de un pensamiento catastrofista y determinista, anclado en la creencia casi absoluta de que tanto da quién gobierne, que las cosas no van a cambiar nunca. Y yo, que me considero demócrata y socialista, he de darle la razón a la ciudadanía, por definición.


Elecciones generales, comicios electorales autonómicos y locales, referéndums varios y otras consultas populares adolecen de un planteamiento de solución de continuidad en el que se abran nuevos horizontes políticos a través de una transformación eficaz y efectiva del modelo político, social y económico, quedándose en un mero enfrentamiento entre facciones respaldadas por hooligans entregados fanáticamente a la causa, pero sin contenido ideológico. “Quítate tú para que me ponga yo” es el único pensamiento político que alienta las diferentes candidaturas electorales y al que se adhieren, sin rubor alguno, amplios sectores sociales, animados por las mismas motivaciones que rigen su adscripción a una sociedad deportiva, a ver quién gana a quién para luego irse a brindar con cava por la victoria y a ofrecerle el título a alguna deidad local, o por el contrario a llorar amargamente por los rincones la amarga hiel de la derrota. Sin embargo, ocurra lo que ocurra, ganen o pierdan, lo cierto es que al día siguiente todo seguirá igual, puede que los suyos hayan “ganado” o “perdido”, pero eso sólo afecta al ánimo deportivo que sustenta la contienda y no a la cotidianeidad de la vida diaria, a los problemas de la ciudadanía – que, no sé si alguien se ha dado cuenta a estas alturas de la película, siguen siendo los mismos año tras año; señal inequívoca de que nadie los soluciona –, la educación, la sanidad, los servicios sociales, la vivienda… que la nueva alcaldía o el nuevo Gobierno van a seguir sin solucionar. Luego se quejan de que la abstención electoral raya el 50 %, a ver con qué cara va la gente a depositar su voto para que nada cambie salvo la cara – a veces muy dura – de quien gobierna en cada ámbito de esta pretendida democracia con ínfulas.



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Escrito por Enric Casanova   
domingo, 18 de febrero de 2007
 
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