| El aborto y sus víctimas |
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(Las de verdad, no esos huevos pouché que se nos aposentan en la panza).Si las cosas van bien, Portugal abandonará pronto la lista de los pocos países desarrollados que mantienen el aborto penalizado. Será una reforma tímida, a la francesa, con una limitación temporal bastante escueta y probablemente un período de “reflexión” que aparte de inútil, se convierte en un obstáculo más para una situación ya de por sí difícil. Pero menos es nada. O más aún, mucho menos es mantener la dura ley que pervive hasta ahora en el país luso o recular en el tiempo, como en el caso de Nicaragua y los intentos que se están llevando a cabo en Polonia. En este asunto la historia va en múltiples direcciones. Teóricamente, el objetivo de la penalización del aborto es disuadir de la práctica a las mujeres que pudieran necesitarlo. Pero la realidad demuestra que ese objetivo no se consigue jamás. En los países en los que el aborto se ha prohibido no hay ninguna disminución del número real de operaciones, mientras que en aquellos en donde se ha legalizado el número se ha mantenido constante o incluso ha disminuído. Se pueden definir cuatro categorías de países según su postura legal sobre el aborto: En primer lugar, están los que han legalizado, de forma total o parcial, las prácticas abortivas. En estos países el número de abortos generalmente se mantiene estable – Desde la ley Veil, en Francia, las cifras se han mantenido en unos 150.000 abortos por año- o bien disminuyen a causa de factores ajenos a la situación legal del aborto – es el caso de los Países Bajos, donde una amplia educación sexual y acceso a contraceptivos mantiene bajísimo el número de abortos; su ratio de 5 por cada 100 mujeres es la más baja del mundo. Está claro que la legalización del aborto no es un factor que facilite el aumento de la práctica. En segundo lugar se sitúan los países que mantienen la ilegalización, pero tienen una legislación más laxa, con amplias excepciones y que a menudo no persiguen las violaciones de la ley. Es el caso de España, en donde a pesar del aumento del número de abortos en los últimos años – de unos 35.000 en 1990 a casi 80.000 en 2002- no está de más comparar con la increíble cifra de 300.000 abortos que se practicaban clandestinamente en 1975. El tercer lugar es para los países en los que la legislación es más restrictiva, o ésta se aplica más estrictamente. Caso de Portugal, donde en épocas tan recientes como 2001 se han vivido juicios a varias mujeres por violar la ley contra el aborto, o países como Panamá o Uruguay donde la práctica se permite sólo cuando hay riesgo para la vida de la embarazada. Las cifras de Portugal hablan por sí solas- hay que tener en cuenta, eso sí, que la extrema ruralización de buena parte de su población dificulta el acceso a medidas contraceptivas, lo cual es un factor: un mínimo de 18.000 abortos ilegales al año- aunque algunas cifras apuntan hasta 40.000 – frente a unos escasos 1.000 abortos legales. Y por añadidura, los abortos clandestinos se llevan 100 vidas anuales e ingresan unas 5.000 mujeres por complicaciones graves. La ratio de una muerte por cada 400 abortos – en el mejor de los casos- contrasta enormemente con la ratio de entre 0.3 y 0.5 muertes por cada 100.000 abortos legales que se constata en otros países. Lo cual vendría a demostrar que la ilegalización del aborto, no sólo no salva vidas – al no haber disminución de la práctica- sino que pone muchas más vidas en peligro. En cuarto y último lugar, están los países en los que el aborto está completamente prohibido, incluso para casos extremos. El caso más dramático es el de El Salvador, donde los médicos no pueden ni tratar un embarazo ectópico- inviable por definición- a menos que se produzca un desgarro en las trompas de falopio de la madre. En Chile, con unas restricciones parecidas aunque no tan duras, se da un aborto por cada 20 mujeres. En el Salvador no hay estadísticas- pocas mujeres reconocerán haber abortado si saben que se pueden enfrentar a penas de 30 años de cárcel- pero cada año se producen unos 100 juicios por aborto, en toda latinoamérica se estiman unas 5.000 muertes y 800.000 hospitalizaciones debidas a complicaciones en abortos clandestinos. La legalización del aborto no es un instrumento mágico para terminar con los embarazos deseados. Pero el cambio de mentalidad que acarrea sí favorece la implantación de políticas de planificación familiar eficaces que, al contrario que la criminalización, contribuyen a reducir de verdad el número de abortos.
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| Escrito por Mireia Ortega | |
| jueves, 22 de febrero de 2007 | |
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