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Me aconsejan que antes
de empezar es conveniente que defina lo que entiendo, o se entiende,
por “absoluto”, pero si lo hiciera esto me obligaría a
tener que definir también lo que entiendo, o se entiende, por
Estado y al final no podría escribir un artículo de
opinión sino uno de divulgación científica. Como
yo ni tengo la autoridad ni la capacidad para tal cosa, lo mejor será
dejar la tarea anterior en vuestras sabias manos, para que recurráis
a fuentes autorizadas, capacitadas y reconocidas.
Para que el Estado
pudiera considerarse un absoluto debería tener vocación
de totalidad, esto es, de dar una explicación del todo, pero
en realidad parece que el Estado es un elemento instrumental, carente
por definición de voluntad propia. Si esto es cierto, la
voluntad delegada del Estado estaría atribuida a la filosofía
política de sus gobernantes, que sí podrían
tener vocación de absoluto. En este contexto el Estado sería
una estructura meramente funcional, vacía de todo contenido
ideológico o filosófico, al servicio de una ideología
o acervo político concretizado en un Gobierno (o poder
Ejecutivo). En este sentido parece constatarse la existencia de una
tendencia, más o menos mayoritaria, más o menos
extendida, de equivaler Estado y Administración, lo que a
todas luces parece una simplificación terminológica
excesiva y en cierta medida invalidante. Es cierto que la
Administración es parte del Estado, pero no es todo el Estado.
También se puede comprobar como el Estado ejerce sus funciones
a través de la Administración, configurándose
ésta como instrumento de aquél, o sea, como parte
integrante de una entidad más compleja. El Estado, entonces,
puede configurarse más como una herramienta del poder para
ejercer sus funciones que como una entidad con voluntad propia; una
caja vacía que se llena con la ideología del Gobierno.
El marxismo considera el
Estado como un absoluto cuyo principal objetivo es salvaguardar el
modo capitalista de producción y consolidar la primacía
de los valores liberales-burgueses, y por lo tanto ha orientado su
acción política a la desaparición del Estado en
aras a la consecución de la igualdad social. El liberalismo,
por su parte, ha apostado por una concepción más
instrumental y pragmática, configurándolo en una doble
vertiente a veces contradictoria “in termini” bien como garante
de la seguridad – de la ciudadanía y del mercado –, bien
como un obstáculo necesario al ejercicio del libre mercado que
se materializa en un sistema burocrático más o menos
asfixiante, con lo que también se ha marcado el objetivo ideal
de eliminarlo. La Socialdemocracia, en cambio, ha apostado siempre
por una concepción del Estado como una estructura de
organización racional de la sociedad a través de la que
se manifiesta la ideología predominante, que lo usa para
implementar su programa político y alcanzar así sus
objetivos, por lo que, a diferencia de marxismo y liberalismo, no
sólo no se plantea la desaparición del Estado sino que
apuesta por utilizarlo para reducir las desigualdades sociales,
definiéndolo como el mecanismo clave para la redistribución
de la riqueza.
Concluiré esta
breve digresión con el corolario, a mi juicio lógico,
de que el Estado es una estructura de poder vacía de contenido
y sin voluntad propia que se llena de contenido y adquiere voluntad
por mor de la utilización instrumental que de él hace
la ideología dominante que ha alcanzado el Gobierno. Y si
estoy en lo cierto y mi argumentación es correcta, entonces el
Estado no puede ser considerado como un absoluto, puesto que
despojado de voluntad propia carece de la vocación de dar una
explicación del todo.
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