| Lecturas |
1932  |
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Los independentistas catalanes
estamos acostumbrados a que se nos critique por reivindicar una cosa
que, según se nos dice, está en contra del "signo de los tiempos", a
saber: la creación de un nuevo Estado. La globalización, se nos dice,
ha diluido la soberanía de los Estados en un sistema político mundial
dónde la tendencia es que los Estados cedan poder a entidades
superiores y que, en definitiva, la creación de Estados se convierta en
un anacronismo. ¿Que tiene de válida esta crítica?
Por empezar, cabe decir que hay serias dudas de que éste sea realmente el "signo de los tiempos". En principio, algunas de las características del sistema mundial no son tan nuevas como anuncian los críticos del independentismo: desde la formación del capitalismo industrial, los Estados han estado insertos dentro un sistema mundial dónde ninguno de ellos ha sido plenamente independiente. Que su interdependencia haya aumentado es dudoso; más bien, ha aumentado su dependencia respecto a una única potencia, Estados Unidos, mientras que en el siglo XIX existian varías que pugnaban por el control del mundo. Pero esto no quiere decir que los Estados pierdan poder en favor de una hipotético régimen global, sinó que lo pierden en favor de un Estado imperialista que ha sabido someterlos. Otras características del supuesto "signo de los tiempos" no es que no sean nuevas: es que son inexistentes. No es cierto que la "tendencia" sea a la desaparición de los Estados. Antes al contrario: ahora mismo hay muchos mas Estados en el mundo que hace 10 años y que hace 20.
Aun así, esta no es la principal objeción que se le puede plantear a esta crítica al independentismo. Supongamos por un momento que sea cierto lo que dicen nuestros críticos. Supongamos, pues, que cada vez hay menos Estados, y que los que quedan caminan hacia la unificación o en todo caso hacia la disolución de su soberanía. La cuestión es: ¿y? ¿Qué tiene a ver la existencia de una tendencia mundial con la aceptación de dicha tendencia? En los años 30, la tendencia era que las lánguidas "democracias" liberales post-Gran Guerra fueran sustituidas por regímenes totalitarios, pero a nadie se le habría ocurrido criticar a los resistentes antifascistas por "ir contra el signo de los tiempos". El signo de los tiempos puede ser auténticamente malo, y si es así no sólo no tenemos por qué aceptarlo, sino que nuestra obligación moral es combatirlo. En realidad, argumentar que una cosa es buena porque está de acuerdo con el "signo de los tiempos" es una falacia muy conocida: la falacia naturalista, que consiste en decir que "X existe, luego X es bueno". Que exista una tendencia histórica hacia la desaparición del Estado-Nación (cosa discutible, insisto) no significa que esta tendencia sea buena.
Conviene, pues, no ponerse a delirar acerca del "signo de los tiempos" y de su importancia a la hora de tomar partido por una causa política. El "signo de los tiempos" es que prolifere el SIDA, que aumenten los maltratos a mujeres, que prosperen y se extiendan los fanatismos religiosos, que el medio ambiente se deteriore, que las mas variadas supersticiones colonicen las mentes de millones de personas, que los derechos civiles se recorten, que la cultura se mercantilice, pero ninguna de estas cosas se justifica por ser parte del "signo de los tiempos". Por lo tanto, harían bien nuestros críticos al reflexionar sobre si realmente significa algo decir que el independentismo es criticable por tener un programa político que no se adecúa al "signo de los tiempos".
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