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Una
de las críticas más habituales de la derecha “liberal”
(unas veces tanto y otras tan poco) hacia el proyecto de la izquierda
se refiere precisamente a la cuestión cultural. Según
ellos, no habría razón para que el Estado subvencione
la cultura dado que el mercado y la soberanía del consumidor
deberían arreglarlo todo: los productos culturales “buenos”
sobrevivirán, mientras que los “malos” serán
eliminados por el simple hecho de la competencia. Ni subvenciones, ni
protecciones al mercado serían necesarias. Nadie es capaz de
entender como un país desarrollado puede seguir teniendo un
ministerio de la cultura, a menos claro que sea un residuo de otro
tiempo digamos… preconstitucional.
Tiendo
a pensar que estos argumentos se fortalecen por el hecho de que en
general, el “lobby” cultural no suele tirar demasiado hacia la
derecha y que la voluntad liberal o no en el mercado de la cultura se
refiere más a una cuestión de clientelismo político
que a otra cosa. Pero esto es otro debate que no pienso abordar aquí.
Quiero
aclarar en primer lugar que no soy economista: la economía que
sé la he aprendido por mi cuenta, mis argumentos estarán
por tanto guiados, principalmente, por la prudencia y el sentido
común y por la voluntad de abrir un debate. Si alguien de este
o del otro lado se anima a contestar, adelante.
En
este artículo pretendo por lo tanto presentar algunas
objeciones a la tesis según la cuál el mercado sería
capaz de regular la asignación de recursos culturales sin
ningún tipo de protección o intervención
estatal. Para ello intentaré explicar en primer lugar que creo
que el mercado es un buen sistema de asignación de recursos,
la mayor parte del tiempo (I) y en segundo lugar que las razones que
lo hacen bueno en este sentido están ausentes en el mercado de
la cultura (II)
I
El mercado y la competencia suelen ser eficaces
Existe
un consenso (al que me adhiero) de que el mercado es un buen
sistema de asignación de recursos. O al menos, se puede
decir que lo es desde un punto de vista comparativo: las economías
planificadas o dirigidas funcionan peor que el mercado, luego
el mercado es el menos malo de los sistemas. ¿Por qué?
Hay
varias razones. En primer lugar, en un sistema planificado, existen
graves problemas de información: el Estado es incapaz
de decir qué hay que producir, cuando, en qué cantidad:
el Estado fija de forma mas o menos arbitraria las cantidades que hay
que producir, pero no existe sistema de precios que ajuste la oferta
a la demanda, lo cuàl garantiza un grado interesante de
ineficacia. En segundo lugar, esta ineficacia no está
penalizada: al financiarse con impuestos, el hecho de no satisfacer
las preferencias de los consumidores no hará que el Estado
desaparezca del mercado y deje de producir puesto que su
supervivencia no depende de las ventas. Es decir, no existe
disciplina de mercado. En tercer lugar, la ausencia de esta
disciplina de mercado hace la gestión menos eficaz y
potencialmente corrupta: al disponer de recursos casi ilimitados,
cabe pensar que los gobernantes se guíen por otras pasiones
distintas de la satisfacción del consumidor en su producción
(como el afán de lucro personal). Finalmente, la producción
será lineal: el Estado carecerá de voluntad de
innovar y crear nuevos productos porque carece de incentivos para
ello.
Esto
no ocurre en un sistema de mercado competitivo. En este, no es un
problema que los agentes se guíen por el lucro personal,
sino al contrario, es beneficioso. El empresario solo tiene que
empezar a producir y si no obtiene ventas, deberá dejar de
producir, puesto que los consumidores se irán a la competencia
(existe una disciplina de mercado). Tampoco existe posibilidad
de que se pongan a producir mucho o muy poco, porque las leyes de
oferta y demanda tienden a ajustar las cantidades. Finalmente,
los empresarios tenderán a innovar y hacer que sus
productos sean cada vez mejores, con el fin de atraer a los
consumidores a su empresa y no a la competencia.
Este
sistema es eficaz, y también es justo cuando los individuos
parten con una cantidad de recursos igualitaria (pero eso es una
cuestión que no abordaré aquí). Sin embargo,
esta eficacia parte de una serie de supuestos: en primer lugar, debe
existir un mercado competitivo. Si existe un monopolio,
el monopolista pondrá los precios que le vengan en gana puesto
que de todas formas la gente solo puede comprar su producto. El
monopolista tampoco tenderá a innovar puesto que no
necesita ser mas eficaz para atraer la demanda. Es decir no existen
alternativas para el consumidor y esto elimina la
disciplina de mercado. Del mismo modo, para que existan
alternativas, los competidores deben ser capaces de entrar en el
mercado: no debe existir ninguna barrera a su entrada
distinta de su capacidad para satisfacer a los consumidores.
Si
esto es así, uno puede preguntarse por qué se debería
defender una hipotética excepción cultural. ¿Qué
tiene de particular el mercado de la cultura? ¿Por qué
debería estar excluido del sistema del mercado?
II
El mercado cultural ineficiente
Cuando
estas circunstancias se dan, entendemos que el mercado suele ser
eficaz. Pero aquí estamos partiendo del supuesto de que,
cuando una empresa es más competitiva, se debe a que gestiona
mejor sus recursos y sirve mejor al consumidor: puede producir màs
a menor coste porque es más eficaz. Esto implica que exista
una igualdad de condiciones para empezar a producir sobre un
determinado mercado, es decir, ninguna de las dos empresas obtiene
recursos para financiarse si no se debe a que su producto es mejor y
por lo tanto se vende más.
Esta
es precisamente la cuestión que está ausente en el
mercado cultural y ello debido precisamente a la particularidad de
los bienes culturales. La producción de un bien cultural tiene
una estructura de costes muy particular. Supone una inversión
inicial muy cuantiosa (¿cuanto cuesta realizar una película
o producir un cd?) y unos costes de distribución muy pequeños
(¿cuanto cuesta copiar y distribuir un cd?). Esto implica que
el coste unitario tiende a decrecer conforme la producción
aumenta y que el coste marginal es desproporcionadamente grande al
principio y muy pequeño a continuación. Es decir,
existen poderosas economías de escala que hacen que eres mas
competitivo cuanto más produces (los costes decrecen con la
producción).
El
mercado de la cultura es, siempre y en todo caso, un mercado
circunscrito a una determinada sociedad cultural. Ninguno de nosotros
imagina a un japonés leyendo el Romancero Gitano de Lorca. Sin
embargo las sociedades no son entes cerrados, sino abierto y
concéntricos; aunque es probable que ninguno de nosotros lea
el último best seller Indio, si es posible que haya visto
alguna producción de Bollywood, que vaya a comprar el último
cd de Metallica, aunque no sea aficionado al béisbol. En otras
palabras, existen mercados culturales locales, donde la demanda
potencial está circunscrita localmente y mercados culturales
mas amplios. En este sentido, también existen productos
culturales locales y productos culturales mas amplios.
¿Qué
ocurre si combinamos estas dos conclusiones? Vamos a ver que, en
realidad, los productos culturales que se dirigen a un público
más amplio tienen una ventaja competitiva respecto a aquéllos
que se dirigen a un público mas restringido. Pero esta ventaja
no se debe a que el producto sea “mejor” o mas “útil”
socialmente, sino solamente que se dirige a un público más
amplio.
Vamos
a verlo con un ejemplo. Una producción de Hollywood (digamos,
la enésima narración bélica de alguna hazaña
de la superpotencia) gasta aproximadamente el presupuesto total de
una película española (sobre la guerra civil, por poner
un ejemplo), sólo en carteles. ¿Cómo es
esto posible? La primera hipótesis es que la película
americana sea “mejor” y puede atraer mas demanda, luego pueda
permitirse una inversión mayor. La segunda es que la película
americana tiene un mercado potencial mas amplio porque las guerras
americanas se comprenden en todo el mundo, mientras que algo tan
“nacional” como la guerra civil está mas circunscrito. Por
esta razón, los costes fijos pueden distribuirse entre mas
unidades en la película americana (que se puede ver en todo el
mundo) que en la española (que tiene menos salidas fuera de
España). Lo mismo ocurre si comparamos un CD de Paco de Lucía
con uno de Madonna o un libro de Dan Brown con uno de Cervantes. Que
el producto se venda más no significa que sea mejor, porque
uno tiene un mercado más amplio que otro.
Por
supuesto, esto implica adoptar una visión según la cuál
las culturas son, por lo menos, igual de buenas las unas
respecto de las otras. En realidad, la visión del mercado
supone admitir que un producto cultural es bueno en función
del número de gente que esté dispuesto a comprarlo. Si
usted es como yo un cerdo elitista (si, creo que existen atentados
contra la estética pública) y tiene gustos raros, lo
mínimo que puede hacer es horrorizarse ante esta toma de poder
de las masas y la muerte de las minorías: un producto saldrá
o no adelante en función de si gusta a una mayor parte de
gente y no de si el producto es, en sí, excelente.
El
argumento en contra sería que estos productos en realidad no
se realizan competencia los unos respecto de los otros. Desde el
punto de vista del consumidor, es evidente, que el último
ensayo de filosofía política no es un sustitutivo mas o
menos perfecto del Código Da Vinci y por lo tanto pertenecen a
mercados distintos. Sin embargo, esto está algo menos claro en
otros casos, como el cine o la música. En estos casos, la
publicidad y la promoción ejercen un efecto mucho más
importante en la formación del producto y por tanto en la
información del consumidor. El consumidor irá antes a
ver una película o a comprar un CD del que haya visto cientos
de trailers y carteles y demás que uno del que solo conoce el
nombre, y esto no tanto porque uno le guste más que el otro,
sino porque existe una información distinta y el consumidor
prefiere aquél producto del cuál conoce el contenido
que aquél que no.
En
definitiva, no es muy complicado darse cuenta de que el mercado
cultural está muy lejos de ser un mercado que pueda funcionar
eficazmente sin que exista cierto proteccionismo de determinados
sectores.
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