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viernes, 16 de mayo de 2008
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Argumentos sobre la excepción cultural Imprimir E-Mail
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ImageUna de las críticas más habituales de la derecha “liberal” (unas veces tanto y otras tan poco) hacia el proyecto de la izquierda se refiere precisamente a la cuestión cultural. Según ellos, no habría razón para que el Estado subvencione la cultura dado que el mercado y la soberanía del consumidor deberían arreglarlo todo: los productos culturales “buenos” sobrevivirán, mientras que los “malos” serán eliminados por el simple hecho de la competencia. Ni subvenciones, ni protecciones al mercado serían necesarias. Nadie es capaz de entender como un país desarrollado puede seguir teniendo un ministerio de la cultura, a menos claro que sea un residuo de otro tiempo digamos… preconstitucional.


Tiendo a pensar que estos argumentos se fortalecen por el hecho de que en general, el “lobby” cultural no suele tirar demasiado hacia la derecha y que la voluntad liberal o no en el mercado de la cultura se refiere más a una cuestión de clientelismo político que a otra cosa. Pero esto es otro debate que no pienso abordar aquí.


Quiero aclarar en primer lugar que no soy economista: la economía que sé la he aprendido por mi cuenta, mis argumentos estarán por tanto guiados, principalmente, por la prudencia y el sentido común y por la voluntad de abrir un debate. Si alguien de este o del otro lado se anima a contestar, adelante.


En este artículo pretendo por lo tanto presentar algunas objeciones a la tesis según la cuál el mercado sería capaz de regular la asignación de recursos culturales sin ningún tipo de protección o intervención estatal. Para ello intentaré explicar en primer lugar que creo que el mercado es un buen sistema de asignación de recursos, la mayor parte del tiempo (I) y en segundo lugar que las razones que lo hacen bueno en este sentido están ausentes en el mercado de la cultura (II)


I El mercado y la competencia suelen ser eficaces


Existe un consenso (al que me adhiero) de que el mercado es un buen sistema de asignación de recursos. O al menos, se puede decir que lo es desde un punto de vista comparativo: las economías planificadas o dirigidas funcionan peor que el mercado, luego el mercado es el menos malo de los sistemas. ¿Por qué?


Hay varias razones. En primer lugar, en un sistema planificado, existen graves problemas de información: el Estado es incapaz de decir qué hay que producir, cuando, en qué cantidad: el Estado fija de forma mas o menos arbitraria las cantidades que hay que producir, pero no existe sistema de precios que ajuste la oferta a la demanda, lo cuàl garantiza un grado interesante de ineficacia. En segundo lugar, esta ineficacia no está penalizada: al financiarse con impuestos, el hecho de no satisfacer las preferencias de los consumidores no hará que el Estado desaparezca del mercado y deje de producir puesto que su supervivencia no depende de las ventas. Es decir, no existe disciplina de mercado. En tercer lugar, la ausencia de esta disciplina de mercado hace la gestión menos eficaz y potencialmente corrupta: al disponer de recursos casi ilimitados, cabe pensar que los gobernantes se guíen por otras pasiones distintas de la satisfacción del consumidor en su producción (como el afán de lucro personal). Finalmente, la producción será lineal: el Estado carecerá de voluntad de innovar y crear nuevos productos porque carece de incentivos para ello.


Esto no ocurre en un sistema de mercado competitivo. En este, no es un problema que los agentes se guíen por el lucro personal, sino al contrario, es beneficioso. El empresario solo tiene que empezar a producir y si no obtiene ventas, deberá dejar de producir, puesto que los consumidores se irán a la competencia (existe una disciplina de mercado). Tampoco existe posibilidad de que se pongan a producir mucho o muy poco, porque las leyes de oferta y demanda tienden a ajustar las cantidades. Finalmente, los empresarios tenderán a innovar y hacer que sus productos sean cada vez mejores, con el fin de atraer a los consumidores a su empresa y no a la competencia.


Este sistema es eficaz, y también es justo cuando los individuos parten con una cantidad de recursos igualitaria (pero eso es una cuestión que no abordaré aquí). Sin embargo, esta eficacia parte de una serie de supuestos: en primer lugar, debe existir un mercado competitivo. Si existe un monopolio, el monopolista pondrá los precios que le vengan en gana puesto que de todas formas la gente solo puede comprar su producto. El monopolista tampoco tenderá a innovar puesto que no necesita ser mas eficaz para atraer la demanda. Es decir no existen alternativas para el consumidor y esto elimina la disciplina de mercado. Del mismo modo, para que existan alternativas, los competidores deben ser capaces de entrar en el mercado: no debe existir ninguna barrera a su entrada distinta de su capacidad para satisfacer a los consumidores.


Si esto es así, uno puede preguntarse por qué se debería defender una hipotética excepción cultural. ¿Qué tiene de particular el mercado de la cultura? ¿Por qué debería estar excluido del sistema del mercado?


II El mercado cultural ineficiente


Cuando estas circunstancias se dan, entendemos que el mercado suele ser eficaz. Pero aquí estamos partiendo del supuesto de que, cuando una empresa es más competitiva, se debe a que gestiona mejor sus recursos y sirve mejor al consumidor: puede producir màs a menor coste porque es más eficaz. Esto implica que exista una igualdad de condiciones para empezar a producir sobre un determinado mercado, es decir, ninguna de las dos empresas obtiene recursos para financiarse si no se debe a que su producto es mejor y por lo tanto se vende más.


Esta es precisamente la cuestión que está ausente en el mercado cultural y ello debido precisamente a la particularidad de los bienes culturales. La producción de un bien cultural tiene una estructura de costes muy particular. Supone una inversión inicial muy cuantiosa (¿cuanto cuesta realizar una película o producir un cd?) y unos costes de distribución muy pequeños (¿cuanto cuesta copiar y distribuir un cd?). Esto implica que el coste unitario tiende a decrecer conforme la producción aumenta y que el coste marginal es desproporcionadamente grande al principio y muy pequeño a continuación. Es decir, existen poderosas economías de escala que hacen que eres mas competitivo cuanto más produces (los costes decrecen con la producción).


El mercado de la cultura es, siempre y en todo caso, un mercado circunscrito a una determinada sociedad cultural. Ninguno de nosotros imagina a un japonés leyendo el Romancero Gitano de Lorca. Sin embargo las sociedades no son entes cerrados, sino abierto y concéntricos; aunque es probable que ninguno de nosotros lea el último best seller Indio, si es posible que haya visto alguna producción de Bollywood, que vaya a comprar el último cd de Metallica, aunque no sea aficionado al béisbol. En otras palabras, existen mercados culturales locales, donde la demanda potencial está circunscrita localmente y mercados culturales mas amplios. En este sentido, también existen productos culturales locales y productos culturales mas amplios.


¿Qué ocurre si combinamos estas dos conclusiones? Vamos a ver que, en realidad, los productos culturales que se dirigen a un público más amplio tienen una ventaja competitiva respecto a aquéllos que se dirigen a un público mas restringido. Pero esta ventaja no se debe a que el producto sea “mejor” o mas “útil” socialmente, sino solamente que se dirige a un público más amplio.


Vamos a verlo con un ejemplo. Una producción de Hollywood (digamos, la enésima narración bélica de alguna hazaña de la superpotencia) gasta aproximadamente el presupuesto total de una película española (sobre la guerra civil, por poner un ejemplo), sólo en carteles. ¿Cómo es esto posible? La primera hipótesis es que la película americana sea “mejor” y puede atraer mas demanda, luego pueda permitirse una inversión mayor. La segunda es que la película americana tiene un mercado potencial mas amplio porque las guerras americanas se comprenden en todo el mundo, mientras que algo tan “nacional” como la guerra civil está mas circunscrito. Por esta razón, los costes fijos pueden distribuirse entre mas unidades en la película americana (que se puede ver en todo el mundo) que en la española (que tiene menos salidas fuera de España). Lo mismo ocurre si comparamos un CD de Paco de Lucía con uno de Madonna o un libro de Dan Brown con uno de Cervantes. Que el producto se venda más no significa que sea mejor, porque uno tiene un mercado más amplio que otro.


Por supuesto, esto implica adoptar una visión según la cuál las culturas son, por lo menos, igual de buenas las unas respecto de las otras. En realidad, la visión del mercado supone admitir que un producto cultural es bueno en función del número de gente que esté dispuesto a comprarlo. Si usted es como yo un cerdo elitista (si, creo que existen atentados contra la estética pública) y tiene gustos raros, lo mínimo que puede hacer es horrorizarse ante esta toma de poder de las masas y la muerte de las minorías: un producto saldrá o no adelante en función de si gusta a una mayor parte de gente y no de si el producto es, en sí, excelente.


El argumento en contra sería que estos productos en realidad no se realizan competencia los unos respecto de los otros. Desde el punto de vista del consumidor, es evidente, que el último ensayo de filosofía política no es un sustitutivo mas o menos perfecto del Código Da Vinci y por lo tanto pertenecen a mercados distintos. Sin embargo, esto está algo menos claro en otros casos, como el cine o la música. En estos casos, la publicidad y la promoción ejercen un efecto mucho más importante en la formación del producto y por tanto en la información del consumidor. El consumidor irá antes a ver una película o a comprar un CD del que haya visto cientos de trailers y carteles y demás que uno del que solo conoce el nombre, y esto no tanto porque uno le guste más que el otro, sino porque existe una información distinta y el consumidor prefiere aquél producto del cuál conoce el contenido que aquél que no.


En definitiva, no es muy complicado darse cuenta de que el mercado cultural está muy lejos de ser un mercado que pueda funcionar eficazmente sin que exista cierto proteccionismo de determinados sectores.




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Escrito por Citoyen   
martes, 06 de marzo de 2007
 
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