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No es normal en mí hacer un
artículo de reflexión basado en experiencias
personales, pero el día de hoy lo merece. Merece reflexionar
alrededor de lo que ha sido prácticamente 4 años de
experiencias en el mundo local, en un mandato que ha sido de todo
menos normal.
El “ABC” básico del
municipalismo viene a decir que es la administración de
proximidad, la que más cerca está de las necesidades de
los ciudadanos, la que obliga a estar atento a lo que te dicen los
vecinos, la más expuesta y la que más se dá la
cara. También un curso más avanzado permite decir que
la administración local es subsidiaria del resto, allí
donde el estado del bienestar falla y donde el mercado no ofrece
soluciones al alcance de todos se revierte a lo más cercano:
sea la comunidad, el ayuntamiento o la familia.
En 4 años como conseller de
distrito he visto reivindicaciones de todo tipo. Como un conseller
apenas habla en los plenos, tiene unas competencias muy limitadas y
ningún “mando en plaza” aprendes a escuchar y a poner
interés en las quejas y demandas vecinales. He visto como se
han dirigido a la administración local para solucionar
conflictos de comunidades de vecinos, para protestar de lo que hace
alguien con su patrimonio personal (en este caso, la tala de un
árbol), para que les ayuden con abusos de otras
administraciones, etc... La administración local ha tenido que
lidiar con problemas de extrema pobreza en el primer mundo, con los
problemas que causa la drogodependencia, la falta de ayuda a las
personas dependientes, etc.. Igual que ha tenido que atender y dar
la cara por sus propias carencias en lo que “le toca” como puede
ser el urbanismo, la movilidad y el microurbanismo.
Manel Castells ya escribía antes
de hablar de la sociedad de la información de la importancia
de la ciudad como punto neurálgico y nodo principal de lo que
son nuestras sociedades. El paradigma “red” hace de la ciudad el
punto donde confluyen las necesidades y cuestiones macroeconómicas
y macrosociales con las microeconómicas y comunitarias. Es
donde se dirimen los grandes temas y los más pequeños.
Desde el municipalismo se ven los
grandes problemas: la falta de empleo, las necesidades de una
economía abierta y dinámica, las necesidades de la
logística de la economía deslocalizada, de la
transformación de sectores económicos, las nuevas
necesidades de integración de los nuevos inmigrantes, etc..
junto los microproblemas: los del comercio de barrio, el aparcamiento
en la zona donde uno vive, la acera rota, la falta de papeleras.
En la ciudad convergen acciones de
política pública que resuelven temas micro y macro a la
vez, una buena red de autobuses permite garantizar el derecho de
movilidad mucho mejor que una movilidad basada en el coche privado,
permite que la gente se mueva y trabaje lejos de casa, dentro de la
misma ciudad, sin necesidad de gastar horas y horas de su vida en
atascos. Pero también acerca a la persona mayor al parque o al
mercado, y de rebote permite combatir el cambio climático.
En la ciudad todos somos actores. Como
dice la regidora Presidenta del distrito: nuestros intereses y
necesidades de políticas públicas en una ciudad tienen
muchas caras: somos vecinos, peatones, conductores, trabajadores,
personas que necesitan ocio, viajeros, turistas, etc.. y esos
múltiples roles que nos hacen pedirle tanto a la ciudad
también la hace más compleja.
Desde el municipalismo más
humilde he aprendido muchísimo, he visto los límites
del estado del bienestar, los fallos del mercado, y cómo no se
puede llegar a todo. Tal vez sea la mejor cura contra el “bonismo”
y contra “la confianza ciega en el mercado”, males que achacan a
izquierdistas por un lado y a liberales. Es la lección de que
la política no es inócua, que hay medidas que
perjudican a unos y favorecen a otros... que los problemas no se
solucionan únicamente en base a poner dinero en el problema.
También ayuda a descubrir que las administraciones, las
empresas privadas y los propios ciudadanos no son tan exentos de
errores como creemos.
A través del municipalismo
aprendes a descubrir que el “homo economicus” o el “homo faber”
no son más que aspectos muy concretos de una realidad humana
mucho más amplia. A través del municipalismo he sentido
en mis propias carnes como amigos izquierdistas abominaban de medidas
izquierdistas cuando las veían aplicadas de forma que en sus
intereses privados les podían perjudicar (como la presencia de
una sala de venopunción en el hospital cercano a su casa). He
visto caer velos y descubrir que sólo cuando tocamos “la
piedra de verdad” se desvelan las ideologías de forma
práctica. Un discurso ecologista, o un discurso izquierdista
puede ser sostenido sin problemas cuando no ha de ser confrontado con
la realidad, pero en el municipalismo se permite desgranar y
descubrir el populismo, la falsedad, el bonismo, etc.. y que no
depende de partidos sinó de individuos y culturas políticas.
En el distrito de Horta-Guinardó,
el del agujero del Carmel, este mandato 15 consellers hemos aprendido
la política en primera línea de fuego, hemos aprendido
a través de las lecciones más duras, que la política
no es sólo la gestión de presupuestos o una burda forma
de variar la gestión del capitalismo de bienestar, sinó
también, una forma de transformar la sociedad desde la
proximidad.
La igualdad de oportunidades comienza
con una papelera que ayude a fomentar conductas cívicas,
comienza con aceras que estén en condiciones, con transporte
público de calidad que permita acceder a mejores opciones de
empleo y de educación, comienza con la posibilidad de tener
trabajadores sociales para los niños de las familias más
empobrecidas, comienza con los sistemas de reenganche para aquellos
que terminan en la marginalidad. Comienza definitivamente por cosas
que se practican desde el municipalismo.
Y a pesar de lo denostado que está
por el conjunto de corruptos que se han acercado a la política
local para medrar, o porqué simplemente no tienen más
capacidad de conseguir un empleo que siendo “clientes” del
populista de turno, la política local es donde se forja y se
perfila, tal vez, la política en mayúsculas.
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