| Al César lo que es del César… |
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Primero, reconozco el pleno derecho de las máximas autoridades de la iglesia católica de reforzar las restricciones para la comunión a los divorciados vueltos a casar. No podía esperarse una cosa diferente en cuanto a doctrina, de un Papa que, en las antípodas del pensamiento de Juan XXIII, está procurando cerrar herméticamente las puertas y ventanas del Vaticano para evitar el ingreso de aire fresco. Quien adscribe por fe a una institución religiosa tan fuertemente hermética y vertical, habrá de aceptar resignadamente sus normas de funcionamiento, y las resoluciones de sus cuerpos colegiados y unipersonales, incluyendo lo que la máxima autoridad de ésta determine, aún cuando eso, además de que le sea vetada la recepción de algún sacramento, signifique incluso que deba comenzar a aprender latín para entender la eucaristía.
En la misma línea se adscribe también la nueva sanción que sufre la “Teología de la Liberación”, en la persona de uno de sus mayores exponentes, el sacerdote jesuíta salvadoreño Jon Sobrino, acusado de” resaltar en demasía, la faceta humana de Jesús”. Probablemente, sufra la misma condena de Leonardo Boff, otro de los teólogos de esta línea católica progresista, quien luego del “obsequioso silencio” que le pidió Juan Pablo II, terminó siendo duramente castigado por el Vaticano. Pero por muy lamentablemente que nos pueda parecer, habrá de reconocerse que dichas sanciones son legítimas por cuanto ellos optaron –en tanto su calidad de sacerdotes- por desenvolverse dentro del campo de juego regido por las reglas institucionales de la iglesia católica y su posición política hoy por hoy, en dicha esfera, es minoritaria.
Distinto es, sin embargo, cuando con un afán fuertemente integrista, el Papa traspasa su legítimo ámbito de competencia institucional, e intenta influir para que la sociedad en su conjunto se rija sobre la base de los valores católicos. Y eso es justamente lo que hace en el señalado documento cuando le pide a los “políticos católicos” que defiendan lo que él denomina “valores innegociables”, que desde el punto de vista ideológico, no son otra cosa que muestras de conservadurismo en materia social y política.
Más aún, el documento llega a afirmar que estos personeros “no pueden separar la opción privada y la pública, poniéndose en contradicción con la ley de Dios”. ¿No es acaso esa misma idea la que con tanta fuerza desde occidente se le critica a las facciones religiosas extremas de oriente medio, Talibanes incluidos?
Por favor, “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. No mezclemos los asuntos. Los ámbitos de competencia de la autoridad religiosa que queden circunscritos al área de la consciencia de cada cual según sea su credo, pero no pretendan retrotraer la historia hacia el medioevo. Suficiente sangre inocente ha corrido ya producto de estas intenciones como para que a estas alturas del siglo XXI el Vaticano siga con la misma cantinela.
No queda pues, más que formular una súplica: Católicos progresistas del mundo, uníos.
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| Escrito por Tito Flores | |
| jueves, 15 de marzo de 2007 | |
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partir del reciente documento oficial Sacramentum
Caritatis, publicado por el Vaticano, un par
de reflexiones.






