| A favor de Políticas Industriales activas |
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Artículo de Roger Guiu publicado originalmente en Red Economía Crítica
No ha sido hasta bien entrado el siglo XX que apareció el primer manual propiamente dicho de Economía Industrial, después de que Edward Mason estableciera sus delimitaciones. De las primeras ideas de Marshall sobre organización industrial en 1875 hasta este momento pasó más de medio siglo y, teniendo en cuenta las características sociales y económicas de la intensa industrialización de Occidente en esa época, resulta sorprendente como durante tanto tiempo el laissez-faire -dejar hacer- de los gobiernos fuese la política industrial estrella. Lejos de los debates conceptuales de la economía industrial, parece extremamente necesaria la aplicación de medidas de política industrial que ayuden a mejorar la situación de la economía y el bienestar. De haberse extendido antes estas ideas, sobretodo en los inicios del siglo XX, quizás las fotografías y pinturas que hoy vemos en los libros de historia de la Revolución Industrial no hubiesen recogido tanta miseria social como lo han sido realmente. De hecho, la política industrial aun puede compensar los errores del pasado, si se puede llamar de esta forma. Una de las justificaciones para aplicar medidas para la organización de las industrias y los mercados desde los Gobiernos es la de "reivindicar" la industrialización. Si cogemos un mapa geopolítico actual podemos comprobar que aún hoy el progreso industrial no ha florecido en docenas y docenas de países. Relacionar este problema con la justificación antes mencionada viene como anillo al dedo. ¿Como pueden conseguir eso los economistas y políticos? Con medidas de política industrial que promuevan una neoindustrialización lejos de la de antaño en los países subdesarrollados. Uno de los factores que puede explicar que Ghana, Zimbabwe o Mozambique tengan tales niveles de subdesarrollo, aparte de los abusos coloniales y las progresivas dictaduras, es la falta de una política industrial correcta que favoreciese la aparición de mercados e industrias, pero lejos de la sumisión de gobierno y sociedad al capital y transnacionales que no traen progreso. Los países del Tercer Mundo no cumplen ninguno de los tres requisitos que constituyen la posibilidad de aplicación de políticas industriales. En primer lugar, son necesarias unas instituciones públicas fuertes y con papel protagonista; muchos países sufren conflictos internos y corrupción que desembocan en un Estado muy débil sin poder real. En segundo lugar, deben tener vocación de intervenir a favor del desarrollo económico del país; en los gobiernos está tan extendida la corrupción que pocas veces se trabaja para mejorar la situación económica del país y se acaba por aceptar la explotación en su peor sentido por parte de empresas extranjeras a cambio de un buen sobresueldo. Y por último, estas instituciones deben tener capacidad de transferencia de recursos; la consecuencia de un Estado débil, corrupto y expuesto a conflictos internos es precisamente la carencia de ingresos estables y suficientes. El panorama, por tanto, complicado a priori pero no insalvable.
Innovación y productividad como orden del día, está claro,
ya que es el ingrediente principal de la continuidad del progreso, pero también
eficiencia, equidad y sobretodo, unas relaciones justas. Justicia es de lo que
adoleció la temprana industrialización europea, aunque tampoco es que este
concepto sea muy respetado en el sistema económico actual. Y sinceramente la organización
industrial es un buen campo para extenderla a lo largo de las relaciones
económicas. La importancia de la innovación, además, se hace patente también en el mundo desarrollado. De ahí que acertadamente algunos autores ya hablen del concepto de política tecnológica en diversos artículos. Sectores como el textil o el de carbón en Europa necesitan de este tipo de políticas, ya que las empresas de estas industrias, por sí solas, no parecen capaces de innovar lo suficiente como para salir de la crisis por la que pasan fruto de un estancamiento de años y años. El gobierno debe tomar cartas en el asunto y los clusters, agregados industriales donde tecnología, cultura, firma e instituciones se relacionan estrechamente, parecen una buena alternativa. En conclusión, parece evidente que las futuras tecnópolis que crezcan en los territorios mejor preparados van a ser el motor de crecimiento económico del mundo, siendo desplazados progresivamente los gobiernos centrales por las ciudades como nuevos actores económicos. Eso sí, debemos asegurarnos que con políticas industriales correctas, no solo el mundo desarrollado participe en esta incipiente tecnopolización. Será importante que el tercer mundo dé pasos de gigante en este aspecto para evitar males mayores en un próximo futuro. Es necesario que nos empiecen a alcanzar.
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| Escrito por Red Economia Crítica | |
| domingo, 18 de marzo de 2007 | |
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