| Lecturas |
1946  |
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Es una acerba crítica de las medidas adoptadas al amparo del modelo aperturista que en América Latina se han venido ejecutando a partir de la década de los años 90 y mira con reticencia y desconfianza el proceso de negociación del Tratado de Libre Comercio que suscribirá Estados Unidos con Colombia y Perú, en fecha aún que está por definirse.
“ESTADOS
UNIDOS IMPULSA TRATADOS DE LIBRE COMERCIO POR LA ENSEÑA DE
DIVIDE Y VENCERÁS”
Sus
bien elaboradas y sustentadas columnas periodísticas se han
vuelto de lectura obligada tanto para especialistas como neófitos
interesados en la ciencia económica, pues HELENA
VILLAMIZAR GARCÍA-HERREROS
viene generando polémica en Colombia y desarrollando un
interesante ejercicio dialéctico por sus sugestivos argumentos
al analizar con su particular óptica la dinámica
económica de América Latina y el mundo.
A
través de su trabajo periodístico, su labor
investigativa y de la cátedra universitaria ha logrado
sustentar y demostrar hasta la saciedad que el neoliberalismo además
de ser un proyecto económico inicuo es inmoral por cuanto que
únicamente está al servicio de los países con
vocación hegemónica.
Economista
e investigadora con estudios de Maestría en Economía de
la Universidad de Los Andes de Bogotá, Helena Villamizar es
candidata al doctorado en Economía de la Universidad de París
I, Panteón Sorbona. En desarrollo de su carrera ha estado
vinculada al Departamento Nacional de Planeación y al Banco de
la República, en donde se desempeñó como asesora
de integración de la junta directiva. Es columnista de asuntos
económicos del periódico El Nuevo Siglo y el diario
económico Portafolio de Bogotá, así como autora
de varias publicaciones. Además se desempeña como
catedrática de las universidades colombianas Los Andes y
Javeriana.
HACIA
LA DOLARIZACIÓN DE AMÉRICA LATINA
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El ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas) surgió
como respuesta a la conformación de bloques en el escenario
mundial y particularmente al fortalecimiento de la Unión
Europea, cuya expresión más acabada fue la decisión
política, en el Tratado de Maastricht, de concretar la unión
monetaria en 1999. Este proyecto de gran trascendencia significaba un
nuevo paso hacia el resquebrajamiento de la preponderancia del dólar,
que se había iniciado con el colapso del sistema de paridades
fijas de Bretton Woods. En 1994, Bill Clinton lanza la “Iniciativa
para las Américas” con el propósito de crear una zona
de libre comercio americana, pero esta fórmula de integración
es muy diferente en su esencia y propósitos al proyecto
europeo, con el que equivocadamente suelen compararlo.
El
ALCA o los múltiples acuerdos bilaterales de libre comercio
-TLC- con que ahora Estados Unidos quiere reemplazarlo, en mi
concepto son pasos en una estrategia de más largo alcance
hacia la búsqueda de la dolarización de América
Latina. La ampliación de mercados que busca Estados Unidos en
la región mediante la desviación de comercio desde
Europa, Asia e inclusive la propia América Latina,
profundizará nuestra dependencia comercial y económica
con ese país, brindando argumentos a los defensores de la
dolarización, como ocurrió en el caso del Salvador y
Ecuador.
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¿En su concepto qué consecuencias políticas
y económicas traerían los tratados de libre comercio
entre Estados Unidos y algunos países de Latinoamérica
si se tiene en cuenta las grandes asimetrías existentes en los
niveles de desarrollo?
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Los riesgos que se derivan de estas asimetrías son enormes. En
lo económico, no se trata simplemente, de prever períodos
más amplios de desgravación para las economías
más pequeñas o para los países en desarrollo. Es
esta una visión ingenua. La brecha tecnológica es
abismal y por lo tanto plantear períodos de diez, quince años
es una verdadera broma. Se nos dice entonces que para sacar pleno
provecho del libre comercio lo que debemos hacer es desarrollar una
“agenda complementaria”. Tal agenda se refiere nada menos y nada
más que al propio DESARROLLO, con mayúsculas. Se
contemplan allí aspectos educativos, institucionales, de
conversión tecnológica, etc., etc., que significan un
elevado nivel de desarrollo. Y sin problema se hace abstracción
de nuestras realidades, de las graves limitaciones de los recursos de
los sectores públicos, de los problemas y vulnerabilidades que
se crearon a estas economías en los últimos años
al hacerlas altamente dependientes de las decisiones de unos cuantos
inversionistas o inversores internacionales como les llaman ahora, y
los cuales por lo general obligan a tomar políticas
procíclicas a los países en desarrollo y justamente
impiden avanzar en la agenda del desarrollo. Algunos hablan de la
crisis del Tequila a fines del 1994 como si hubiera ocurrido en
África, como si no hubiese sido fruto de los desarrollos de
los primeros años de los noventa. En fin, la crisis de Brasil,
la ecuatoriana que condujo a la dolarización, etc., ilustran
la mayor frecuencia de las crisis a las que estamos abocados y las
secuelas de mayor pobreza y desigualdad a la que ha conducido el
nuevo paradigma.
Por
supuesto, nadie cuestiona que hay que avanzar en la agenda del
desarrollo, que la búsqueda de mejoras en múltiples
campos debe adelantarse con acciones y políticas. La discusión
está en los instrumentos. ¿La agenda debe contemplar
por ejemplo, mayor “flexibilización del mercado de trabajo”
y mas de lo mismo que ya vivimos? Definitivamente la política
comercial forma parte y muy importante del marco de políticas
de desarrollo. Decisiones erradas a este respecto pueden conducir a
malas especializaciones e inclusive agravar aún más los
problemas estructurales. Como ha planteado la CEPAL, la manera como
se cambió el trato asimétrico a países en
desarrollo puede conducir a ampliar la brecha con los países
desarrollados. Un verdadero trato asimétrico tendría
que contemplar excepciones a las reglas y disciplinas generales que
permitan proteger mercados y fortalecer los avances tecnológicos
en las industrias de estas economías.
Las
grandes asimetrías no son solo económicas sino
políticas. El “trato especial y diferenciado” que debería
regir en estos acuerdos es una ficción enorme; es más,
funciona al revés. Estados Unidos no sólo se ha negado
a tratar el tema de las ayudas y subsidios a la agricultura,
seriamente distorsionadoras de nuestra capacidad de competir, en el
marco de estos acuerdos, sino que la nueva Ley agrícola del
2002 amplió considerablemente dichas ayudas. Stiglitz contaba
como en alguna de las negociaciones para el ingreso de China a la
OMC, Estados Unidos, en lo que parece una película
surrealista, pretendió recibir trato de “país en
desarrollo”. Suena gracioso pero es ilustrativo de las pretensiones
y la verdadera fuerza en las negociaciones que tiene esta nación.
La experiencia de los centroamericanos en las negociaciones con
Estados Unidos, respecto al principio de asimetría tampoco fue
afortunada. En el mundo de la Realpolitik hay un trato asimétrico
perverso, en contra de los intereses de los menos desarrollados.
Las
consecuencias previsibles de un proceso de integración con
semejantes inequidades en la base son preocupantes. La experiencia de
América Latina en el actual proceso de globalización ha
sido nefasta en términos del crecimiento y de la generación
de pobreza y ampliación de las inequidades. El caso argentino
es quizás el más ilustrativo pero no es el único.
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¿Desde su punto de vista cuáles han sido las
motivaciones económicas y políticas para que el ALCA se
haya aplazado indefinidamente y ahora los Estados Unidos privilegien
los tratados de libre comercio con algunos países andinos?
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Las crisis económicas y el surgimiento de un nuevo liderazgo
en el MERCOSUR, muy distante del aliado incondicional que
representaba Menem para los Estados Unidos, y en el que se concede
particular importancia a la integración suramericana,
significa un nuevo equilibrio en las negociaciones del ALCA. Ante la
intransigencia de Estados Unidos de no negociar sus ayudas y
subsidios agrícolas en el ALCA y aceptar negociarlos solo en
la OMC, MERCOSUR igualmente planteó abordar otros temas de
gran interés para Estados Unidos, como propiedad intelectual,
servicios e inversiones, en la OMC.
La
respuesta de Estados Unidos ha sido el impulso del bilateralismo,
según la enseña de divide y vencerás. En el caso
de Colombia este cambio es lamentable desde nuestro punto de vista y
constituye el peor de los mundos, pues, en primer lugar, es obvio que
aislados perdemos toda capacidad de negociación; en segundo
lugar, el desmembrarnos de Venezuela mediante esas maniobras tendrá
unos costos graves para el futuro de la economía. Venezuela y
Ecuador son nuestros socios naturales, el comercio con estas dos
naciones y en menor medida con las otras economías andinas
produjo unos resultados positivos, si bien han podido ser mejores
aún. Pero, el valor agregado de nuestras exportaciones a esos
mercados, los procesos de aprendizaje que indujeron y la
posibilidades de mejoras de productividad que propiciaron fueron un
importante consecuencia de esta integración a la que el actual
gobierno colombiano pretende desconocer y que terminará por
asfixiar diversas industrias y lo que es peor, no solo las que
existen, sino aquellas que hubieran podido existir que es el costo
nunca evaluado de malas aperturas como señala Dani Rodrik en
alguno de sus escritos.
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¿Cuáles cree que serán las consecuencias del
tratado de libre comercio para Colombia que suscribirá el
gobierno de Álvaro Uribe con Estados Unidos?
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Tanto desde el punto de vista de la teoría económica,
como de la experiencia del actual proceso de globalización,
como de las muy recientes vivencias en las negociaciones con Estados
Unidos las perspectivas de esta negociación son claramente
negativas.
El
comercio internacional no es ni bueno ni malo en sí mismo.
Puede ser enriquecedor como también puede tener consecuencias
empobrecedoras. Eso lo sabe el estudiante de economía como lo
saben muchos pueblos en el planeta. Cuando en la teoría del
comercio internacional se eliminan algunos supuestos como el de
competencia perfecta y el de igualdad de tecnología
acercándonos a la realidad, las conclusiones del modelo
ricardiano de libre cambio ya no son indestructibles y los distintos
modelos pueden llevar a resultados en los que no solo un país
puede perder con la apertura sino que incluso el conjunto puede
experimentar pérdidas. Pero además, aún en el
modelo ricardiano, base teórica del libre cambio, puede que el
mundo tenga beneficios pero estos pueden concentrarse en un solo
país, dependiendo de los términos de intercambio con
los que se establezca ese comercio.
Además
de las reservas que podemos plantearnos desde el punto de vista
teórico, las experiencias vividas en estos años
permiten predecir amplias consecuencias negativas para Colombia del
TLC con Estados Unidos. Basta mirar la evolución del país
en estos años después de la apertura del gobierno
Gaviria y del famoso revolcón. Los resultados desde el punto
de vista del crecimiento, de la distribución del ingreso, como
del bienestar de la población y, algo que es muy importante,
de los propios desequilibrios macroeconómicos, han sido
lamentables. Al empezar la década de los noventa Colombia no
sólo tenía un superávit en sus cuentas externas
y equilibrio fiscal, sino además su crecimiento en la última
mitad de la década de los ochenta era cercano al 5% en
promedio, una cifra que hoy nos parece envidiable. Además,
Colombia fue el país que más creció en la región
latinoamericana en ese doloroso período de la “década
perdida”, término acuñado por la CEPAL para los años
ochenta.
La
enorme sujeción del gobierno colombiano a los intereses de los
Estados Unidos y su muy pobre capacidad negociadora empeoran aún
más la situación. Los ejemplos son múltiples, en
los más variados campos y no se sabe cuál de ellos más
preocupante. Por una rebaja de aranceles temporal, unilateral y de
corto plazo mediante el Atpdea, Colombia cedió intereses
vitales para la salud del pueblo colombiano, al renunciar al derecho
de producir genéricos en ciertos productos, cuyo costo según
cálculos de Fedesarrollo ascendía a más de
setecientos millones de dólares anuales. Igualmente el cambio
en la posición sobre los aranceles agrícolas que
presentaría La Comunidad Andina al inicio de negociaciones del
ALCA, la fallida compra de aviones a Brasil, el abandono del Grupo de
los veintiuno en Cancún, fueron resultados de gestos de
desaprobación de algún funcionario en Estados Unidos a
pesar de los intereses vitales que estaban en juego. Y qué
decir del incalificable apoyo a la ilegítima guerra de Irak,
lo cual no deja margen de duda sobre la nula capacidad negociadora de
este gobierno ante el más poderoso del planeta.
Ante
esos antecedentes queda poco espacio para el optimismo en una
negociación aislada con Estados Unidos, independientemente de
la probidad y altas calificaciones que ostenten algunos miembros del
equipo negociador. Nuestras cesiones en las negociaciones recientes
han sido quizás las más notorias pero no son las únicas
en que se evidencia el poderío de nuestro “socio”. La
negativa de Estados Unidos a discutir sus ingentes ayudas a la
agricultura, graves distorsionadoras de la distribución de
ingresos internacionales, así como la imposición de su
voluntad en negociaciones bilaterales como por ejemplo, la exclusión
del azúcar, carne y leche en el TLC con Australia firmado en
febrero pasado y muchos otros ejemplos, dan la medida del real juego
de poderes en esta negociación.
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¿Por qué el gobierno de Uribe Vélez quiere hacer
ver al pueblo colombiano que el tratado de libre comercio con Estados
Unidos constituye una gran oportunidad?
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Por una parte por esa asimetría política que en
el caso de Colombia es aún más crítica dada su
situación de extrema debilidad y dependiente de unos recursos
del Plan Colombia para su proyecto de lucha contra la guerrilla.
Entre otras, como señaló alguna vez José
Fernando Isaza, el solo costo en un año para la salud en
Colombia de la renuncia a la fabricación de determinados
genéricos en las negociaciones del ATPADEA es equivalente a
los recursos del Plan Colombia. Segundo, porque sin duda hay sectores
y personas que serán beneficiados con el TLC. Y porque es
claro que apartarse del paradigma del poder es muy costoso. Por ello
muchos técnicos, como señalaba Cecilia López, se
doblegan a los intereses de unos pocos, pues temen perder el sustento
para sus familias si contradicen los paradigmas oficiales.
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¿Los tratados de libre comercio que se anuncian como la
panacea son, a su modo de ver, una imposición o surgen del
consenso de los países latinoamericanos?
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Son más una imposición. Recordemos que fue el
presidente Clinton quien lanzó esta iniciativa de las
Américas, que contemplaba una “agenda de la integración
profunda”, es decir, no sólo comercio de bienes, sino otros
temas más importantes para Estados Unidos como son derechos
intelectuales, inversión, compras estatales y servicios, en
cuyo caso el gran interés está en los financieros y
telecomunicaciones. Ante las dificultades de la firma del ALCA con la
agenda amplia a la medida de las aspiraciones de Estados Unidos,
Robert Zoellick anunció el cambio de estrategia hacia acuerdos
bilaterales y solicitó al congreso autorización para
efectuarlos en un corto plazo del cual estamos presos. Por supuesto
que también existen sectores que se beneficiarán del
acuerdo en todas las economías; esta y otras razones hacen que
Estados Unidos cuente con aliados irrestrictos. En Colombia el
gobierno tiene tal interés en imponer el TLC que ha caído
en el absurdo de presentar a la opinión pública un
estudio de Planeación Nacional cuyas conclusiones claramente
muestran que este acuerdo producirá un mayor déficit
fiscal de quinientos noventa millones de dólares y ampliará
el desequilibrio comercial considerablemente pues mientras las
exportaciones se estima crecerán algo más de 6% las
importaciones lo harán en casi 12%. No obstante, se atreve a
afirmar, sobre dichos resultados, que el TLC constituye la mejor
alternativa para el desarrollo. ¿Cómo es posible que un
proyecto que arroja mayor déficit externo e interno implique
un mayor bienestar para la población? ¿Cómo se
financiarán estos desequilibrios?. Hasta un estudiante de los
primeros semestres de economía entendería que dichos
resultados lo único que revelan es una rápida tendencia
de empobrecimiento.
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¿El modelo neoliberal y las presiones de los Estados Unidos
por ahondar el esquema de libre comercio, dejan espacio para seguir
trabajando en la integración de la región? ¿En
su concepto aún es válido continuar con la Comunidad
Andina de Naciones (CAN)?
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Creo que una vez firmado el TLC no tiene mucho sentido seguir
hablando de integración andina. ¿Qué sentido
tiene hablar de ella si desaparecen las preferencias comerciales, si
se perfora el arancel externo común, si no actuamos
mancomunadamente en ningún proyecto político, si se
rompe la unidad con Venezuela, el socio andino con el que se había
logrado perfeccionar más la zona de libre comercio y con quien
se había avanzado más en la conformación de una
unión aduanera? La integración es un gran instrumento
par el desarrollo pero sabiéndolo utilizar. Una integración
en la que rijan los principios de equidad en la distribución
de los beneficios, en la real convergencia en el desarrollo de los
socios, en la superación de las brechas tecnológicas
frente a los países mas avanzados de manera que se prepare a
estas economías para lograr mayores niveles de competitividad
frente al mundo y, lo que es más importante, para la
superación de los niveles de pobreza y desigualdad y la mejora
del nivel de vida de las poblaciones. Sin duda el abandono de la
integración subregional andina y su sustitución por el
TLC es una política errada pues no sólo no cumple
dichas condiciones, sino como he señalado, la experiencia de
apertura reciente y las cesiones en las negociaciones constituyen
unos pésimos síntomas sobre los beneficios probables de
este acuerdo.
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¿Cómo analiza el proceso de MERCOSUR?
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El proceso de MERCOSUR es una experiencia valiosa. Si bien es mucho
más joven que la Comunidad Andina su evolución en estos
años ha sido positiva y logró sortear circunstancias
muy difíciles como fue la devaluación de Brasil en
momentos que existía una virtual dolarización de
Argentina. Creo que ha mostrado una madurez política que nos
ha faltado en la CAN y tienen una visión de largo plazo y
sobre la integración de mayor amplitud que la nuestra. Además
tienen una perspectiva política más acertada; en lugar
de apostar todos los huevos en la misma canasta, ha buscado acuerdos
de libre comercio con la Unión Europea y se mueve también
en busca de mercados con el Asia, buscando romper una gran
dependencia con un solo actor. Paralelamente el MERCOSUR entiende la
dimensión política de la integración
latinoamericana. En Colombia, por el contrario, con una gran miopía
se sostiene que como nuestro principal socio comercial es Estados
Unidos, entonces es con este país con quien se deben
profundizar las corrientes de intercambio, desconociendo que en la
conformación de ese comercio en su gran mayoría
exportamos productos mineros o productos primarios de bajo valor
agregado.
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Es evidente que América Latina para poder desarrollarse
dentro del marco de la globalización económica
requeriría de una estrategia de compensación como
ocurrió con los países menos desarrollados en Europa en
la década de los 80 para consolidar la unión del viejo
continente. ¿cómo lograrlo cuando Estados Unidos
mantiene políticas proteccionistas y amplios subsidios para
beneficiar a su agricultura que hacen imposible la competitividad de
las exportaciones de materias primas y de los productos con valor
agregado de nuestros países?
-
Este sin duda es un tema capital. Un modelo de integración sin
las grandes responsabilidades sobre los más débiles que
contempla la integración europea puede agravar los problemas
más que brindar soluciones. Sin la eliminación de
subsidios y ayudas internas difícilmente lograremos competir.
Pero no sólo en este campo se encuentran las dificultades para
competir. Las diferencias tecnológicas con Estados Unidos son
enormes, lo que posibilita que los supuestos beneficios del libre
comercio no se cumplan. La obtención de grandes beneficios del
comercio internacional profetizado por el modelo neoclásico de
Heckscher Ohlin, base conceptual del libre cambio de esta escuela, se
basa en un supuesto fundamental que es la igualdad tecnológica.
La integración europea entendió estas disparidades de
base y contempla mecanismos equilibradores. En la propaganda a favor
del TLC algunos presentan la experiencia española como si
fuese fácilmente transferible y olvidan que el proceso de
integración europeo tiene muy profundas diferencias con los
acuerdos de libre comercio planteados con Estados Unidos. Este último
no contempla compensaciones para los menos desarrollados. Pero además
en el caso del TLC la situación es peor aún por las
ayudas internas y subsidios fuertemente distorsionadores de las
condiciones de competencia; así que en el TLC las
compensaciones existen pero al revés: para los agricultores
ricos; y peor aún, sobre ellas además Estados Unidos se
niega a entablar negociaciones en el marco del ALCA. Esta constituye
suficiente ilustración sobre la enorme asimetría e
inequidad de los acuerdos previstos. Algunos plantean fondos para
reconversión pero estos son solo briznas ante el tamaño
de las disparidades y de los subsidios existentes
Mientras
en Europa se ha legalizado la movilidad de mano de obra, en el ALCA
no existe siquiera una visión lejana sobre la integración
del mercado de trabajo, siendo ésta una de las bases de la
enorme asimetría de la globalización actual. Además
en la integración europea se hicieron esfuerzos de años
tendientes a la estabilidad cambiaria en la región mediante
diversos instrumentos y hacia la armonización de políticas.
Y finalmente, como ha planteado Germán Umaña, algo que
es muy importante, hay mecanismos democráticos para la toma de
decisiones. Por ejemplo, la aprobación de la unión
monetaria en varios países fue consultada al pueblo mediante
referendos. Las diferencias son entonces protuberantes. Que distinto
sería que se consultase al pueblo colombiano, mediante
Referendo si desea el TLC con Estados Unidos. Al menos de aceptarlo
sería una decisión democrática y no la
imposición de unos pocos.
-
Algunos analistas sostiene que una élite en América
Latina ha sido fletada para que le hiciera el mandado a los Estados
Unidos respecto a la aplicación del modelo neoliberal. ¿Está
de acuerdo con esa apreciación?
-
En términos generales tienen razón. Creo que hay altos
dirigentes que esa es su tarea y de ella han derivado y derivarán
amplios beneficios. Y hay otros funcionarios que simplemente se
subordinan a la voluntad del más fuerte. Cecilia López
decía que la concentración del poder económico,
del poder político y de los poderes mediáticos han
llevado a que amplias capas de profesionales no puedan tener
posiciones independientes pues el costo de apartarse del paradigma
que conviene a los intereses de unos pocos es demasiado alto. Y este
es un problema demasiado serio para estos países.
Sin
embargo también hay unos cuantos que actúan con
honestidad y convencidos de que en realidad el libre comercio es la
panacea. Existe una dominación tan apabullante de las ideas
que convienen a los más poderosos, que resulta muy difícil
liberarse de ellas. Los grandes centros del poder mundial contratan a
quienes comparten sus ideas y las propagan por el mundo. Por ejemplo
en este tema del libre comercio los académicos Dani Rodrik y
Francisco Rodríguez hicieron una valiosa investigación
en la que retomaron una serie de estudios ampliamente difundidos cuya
conclusión por supuesto, era la de que el libre comercio era
la política mas acertada para el crecimiento. Las conclusiones
son muy interesantes; ellos encuentran poca evidencia que respalde la
tesis ampliamente difundida de que el libre comercio esté
significativamente asociado al crecimiento. Pero ocurre que las
conclusiones de estudios que convienen a determinados intereses son
ampliamente publicitadas, citadas hasta convertirlas en verdades
reveladas. Algunos funcionarios caen presos de estas verdades
universales y más por ingenuidad que por antinacionalismo
defienden causas equivocadas. Otros claramente lo hacen por intereses
propios por encima de los intereses nacionales. No hay grandeza
alguna en su defensa. No es mas que mirar donde están años
después, quién los emplea, para saber que la afirmación
de Martha Harnecker y James Petras tiene mucha validez.
-
Trayendo a colación el último libro del economista Dani
Rodrik, “cómo hacer para que la apertura funcione”, usted
ha hecho un detenido análisis respecto de las consecuencias de
inversión extranjera y platea que la misma poco o nada
contribuye al desarrollo económico de países pobres
como lo latinoamericanos. ¿Por qué?
-
Dani Rodrik plantea que ha habido una fetichización de la
integración y la inversión extranjera, las cuales los
gobernantes del mundo en desarrollo y diversa literatura económica
han llegado a convertir en un fin en sí mismo. Para él
estos sólo son, instrumentos, que bien usados pueden
contribuir al desarrollo pero no son fines en si mismos y en tal
sentido cuestiona que exista una regla única para el
desarrollo, así como la superioridad de la inversión
extranjera sobre la nacional. Un dólar de inversión
extranjera puede ser lo mismo que un dólar local, dice. Al
respecto presenta diversas experiencias en su libro en que muestra la
importancia de la inversión interna también, como de
las instituciones, especialmente aquellas, resolución de
conflictos y la existencia de redes sociales para enfrentar los
ajustes y las turbulencias de los mercados internacionales a las que
considera cruciales para el desarrollo, como una más
equitativa distribución del ingreso.
Un
estudio del Banco Mundial que cobijó 50 países en
desarrollo y 22 países desarrollados durante el período
1987- 2001 me pareció de gran pertinencia respecto a la tesis
de Rodrik acerca de que la inversión extranjera no
necesariamente es la panacea. El estudio mostró que los
cambios operados en los últimos quince años no dieron
los resultados esperados, al menos en términos del crecimiento
económico pues lo encontrado fue que la inversión
extranjera en lugar de preceder al crecimiento, la causalidad era la
opuesta: el crecimiento estimula la inversión extranjera. Y
ello pese a que en dichos años ocurrió un gran
crecimiento de dicha inversión en los países en
desarrollo; esta se quintuplicó en términos del PIB, y
además experimentó un cambio sustancial en su
composición. En el 2021 más del 50% eran fusiones y
adquisiciones cuando en los años ochenta este tipo de
inversiones eran prácticamente inexistentes, es decir, se
sustituyeron nuevos flujos de inversión por simples traspasos
de propiedad. Los autores también se preguntan si el bajo
vínculo encontrado entre inversión extranjera y
crecimiento puede explicarse en si dichos flujos realmente financian
inversión y no gastos corrientes o se deben a la mala
situación económica de los países que obligan a
sus dueños a feriar el patrimonio, sustituyendo a los
inversionistas nacionales, o en fin si se deben en buena medida a
transferencias entre casa matriz y subsidiarias no constitutivas de
inversión.
En
fin, también resulta interesante observar que dicho estudio
encontró una diferencia cualitativa muy importante entre la
inversión extranjera en los países en desarrollo y
desarrollados. En esta última la participación de las
privatizaciones fue casi insignificante, lo que sin duda contribuye a
explicar que el impacto de las nuevas inversiones sobre el
crecimiento es cercano al doble en los países industrializados
en comparación con el de los países en desarrollo, y
muestra además que el crecimiento es más inestable en
América Latina que en los países desarrollados.
Todo
ello nos lleva a plantearnos dudas acerca de la calidad de la
inversión extranjera en todos estos años y a la
necesidad de diseñar políticas que nos aseguren la
calidad de las mismas, pues no podemos ignorar que ella, a diferencia
de la inversión nacional, contempla compromisos de largo plazo
sobre la balanza de pagos de nuestros países y por ende
consecuencias sobre la futura estabilidad macroeconómica y la
distribución del ingreso entre nacionales y extranjeros.
-
Latinoamérica requiere adoptar un nuevo modelo económico
tras el desastre de las fórmulas neoliberales. Sin embargo aún
no se ha planteado un modelo coherente y convincente que reemplace
los esquemas aperturistas. ¿En su concepto, cuál sería
la fórmula ideal: la tercera vía, la social democracia,
el modelo chino que combina la solidaridad social con el mercado,
volver al proteccionismo de Prebish o una receta ecléctica…?
-
El modelo seguido en los últimos años ha sido un
fracaso y definitivamente se requiere un cambio de rumbo. Creo que
MERCOSUR está dando algunos pasos en ese sentido. Para
Colombia parecería ser demasiado tarde pero la esperanza es lo
último que se pierde. Un proyecto de ley del senador Rodrigo
Rivera y otros parlamentarios, que busca encausar las negociaciones
internacionales bajo principios de equidad y reciprocidad y en
beneficio del interés nacional, abriría un espacio de
optimismo de ser aprobado.
En
cuanto al cambio de modelo no se trata de volver al pasado pero si de
rescatar de él lo que nos sirva al igual que preservar las
fórmulas del presente que puedan sernos útiles. Creo
que la CEPAL fue una escuela de pensamiento valiosa, al menos intentó
una reflexión propia e hizo aportes muy importantes. Considero
que al modelo sustitutivo se le han hecho algunas críticas
válidas pero este modelo no se agotó, y, por el
contrario, se quedó a mitad de camino o a un cuarto. Había
que avanzar en la industrialización y posiblemente esos logros
sólo se obtienen como muestran numerosas experiencias
históricas, protegiendo para una vez maduros abrir los
mercados. En ese sentido la integración es fundamental, pero
una integración de otra especie a la que se nos plantea hoy
con el TLC de Estados Unidos; una que descanse sobre bases
equitativas en las que se reconozca la corresponsabilidad conjunta
sobre los más débiles, no sólo en la
distribución de los beneficios de corto plazo sino una que
conduzca a la real convergencia en el desarrollo. Pensar en el
desarrollo necesariamente significa fortalecer el mercado interno; no
exportar mediante abaratamiento de salarios, sino de mejoras en
productividad para lo cual se requiere planeación a largo
plazo y, sí, intervención del Estado.
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