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viernes, 21 de noviembre de 2008
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La construcción europea: Declive actual o progreso futuro Imprimir E-Mail
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ImageEl pasado día 25 fue el 50 aniversario del Tratado de Roma que significó el nacimiento real del proyecto europeo. El balance de los últimos cincuenta años no podría ser mas satisfactorio: la reconstrucción del continente, la salvaguarda de los valores democrático, la estabilidad y la creación de un espacio común de seguridad han sido resultados de esta evolución, hasta el punto de que la entrada en la unión se ha convertido para todos los Estados candidatos en una garantía de prosperidad. El efecto de la atracción realizado no sólo ha sido positivo desde el punto de vista económico, sino que al verse obligados a cumplir los criterios de Copenhague, los distintos Estados entrantes han tenido que acatar valores ideológicos como los derechos fundamentales, la democracia y el Estado de derecho. En este sentido, la unión no ha sido sólo un instrumento de integración económica, sino de promoción internacional de la democracia y los valores occidentales


I Problemas y diagnóstico de la construcción europea


2 El bloqueo actual


No obstante el balance óptimo que arrojan los cincuenta años de construcción et integración europea, hoy el proyecto se encuentra enfermo y bloqueado.


En sus orígenes el proyecto europeo fue fundamentalmente conducido por las élites políticas e intelectuales de los Estados miembros. Las competencias de la unión, al no tener un carácter esencialmente político sino mas bien de tipo técnico, era ampliamente invisibles al ciudadano medio. Las instituciones europeas, al carecer de poder ejecutivo a nivel local así como de vínculo democrático directo con el ciudadano, revestían un carácter fundamentalmente opaco. Bruselas, ese ente invisible sin rostro se limitaba a realizar transferencias y actos normativos basándose en no está muy claro qué criterios y sin haber recibido una legitimidad muy clara.


Sin embargo a finales de la última década coincidiendo con el surgimiento del movimiento antiglobalización, las ideologías de la identidad y la nueva ola de puritanismo antimoderno, las distintas opiniones públicas europeas, hasta entonces cuasi indiferentes al proyecto, comenzaron a descubrir la existencia del mismo. Pilares de la construcción presentes desde mucho antes como las libertades comunitarias, el mercado común, el derecho de la competencia o las directivas de harmonización fueron percibidas con pavor por los ciudadanos de los distintos países así como por los reaccionarios líderes soberanistas que apuntaban con el dedo la caja negra bruselienses que imponía reglas fundamentalmente antidemocráticas, obligaba a los Estados a desmantelar sus Estados del bienestar, imponía los valores del nihilismo pos moderno, y otros horrores.


El surgimiento de estas tensiones no se vio sin embargo en absoluto atenuado por las élites políticas nacionales. La pedagogía respecto al proyecto europeo seguida durante década y media de “si sale mal es culpa de bruselas, si sale bien es mérito nuestro” por los políticos de cada país no ayudó en absoluto a que los ciudadanos europeos comprendieran unas instituciones ya de por sí complejas y un sistema que, aunque eficaz veía así sus límites aparecer. Los Noes franceses y holandeses al proyecto de constitución fue el resultado previsible de esta coyuntura: las fuerzas de la reacción no votaron en contra de las necesarias innovaciones del tratado, sino de aquello que en el caso de Francia ya habían votado con el tratado de Maastricht: el mercado común, la autoridad de la comisión y, en general, el proyecto en su totalidad.


El provincianismo promocionado por los discursos soberanistas y acentuado por la falta de pedagogía de las clases políticas, se vio rizado por los vicios endógenos del sistema europeo. Al funcionar este con un rol predominante del consejo, órgano de carácter intergubernamental, cada decisión tomada por mayoría en el seno del mismo era vista como un enfrentamiento entre Estados. “Francia ha votado contra polonia”, lo cuàl contribuye al repliegue de las distintas opiniones públicas sobre su identidad colectiva en lugar de progresar hacia el proyecto común.


3 Diagnosticando el problema


Esta politización del espacio común había sido predicha por el análisis funcionalista. El funcionalismo se puede sintetizar en la frase de la declaración de Schuman inspirada por Jean Monet “Europa no se hará de un solo golpe, ni en una construcción de conjunto, sino por medio de realizaciones concretas y a partir de la creación, en primer lugar, de una solidaridad de hecho”. En efecto, la visión funcionalista de la integración explica que los Estados comienzan realizando poniendo en común políticas a niveles puramente técnicos y de vertiente política débil: la seguridad e higiene en el trabajo, la política de competencia, las políticas económicas. Al percibir los beneficios de la integración, los distintos actores ven necesario extender la cooperación a otros campos: la existencia de un mercado común necesita de una harmonización fiscal, de unas condiciones similares de trabajo, de una política agraria común… De esta forma, se va progresando en los escalones de la integración hasta que se llega a la cumbre donde se tocan cuestiones relativas a la soberanía y hondo calado político. Es entonces cuando se produce la integración bajo el paraguas de un verdadero Estado supranacional.


Sin embargo, aunque la lógica funcionalista parece haberse verificado, su resultado no ha advenido. En realidad, ello se debe a la imposibilidad de seguir cooperando a nivel intergubernamental. La lógica funcionalista se basaba en realidad en la asunción de que los gobernantes se guían por valores materialistas. En efecto, durante los cincuenta primeros años de construcción, en el contexto de la pos guerra mundial y de la amenaza constante de la guerra fría, la colaboración entre gobierno europeos gozaba de resortes muy importantes. A día de hoy, la ausencia de amenazas externas de las que unión pueda proteger a los ciudadanos hace que encontrar una dimensión de suma no nula sea cada vez mas complicado. Por otro lado, el advenimiento de valores pos materialistas ha hecho que los beneficios aportados por la instituciones europeas (paz, seguridad, prosperidad económica, empleo, competitividad) sean apartados en favor de otros de diversa índole que van desde las identidades de los pueblos hasta la raíces cristianas de Europa. De esta forma, instituciones a carácter friamente tecnocrático como la comisión se ven desnudas de legitimidad antes la poderosa voz de cada uno de los pueblos europeos. Finalmente, el vértigo provocado por el proceso de globalización no ha sido mitigado por las instituciones europeas, sino al contrario, estas son vistas como las principales responsables de sus problemas.


De esta forma, la identidad colectiva que según las optimistas previsiones de Jean Monet debía forjarse del hecho de los lazos económicos entre Estados, no ha advenido. Un Estado tras otro se repliega sobre sí mismo bloqueando el proceso de construcción, viendo a los demás como enemigos y no como cooperantes de la gigantesca máquina de aditividad no nula que es el proyecto europeo.


Esta situación se concreta en un círculo vicioso: al no existir una zona de interés común percibido como tal por las distintas opiniones públicas europeas, estas tienden a actuar de forma egoísta, lo cuál contribuye cada vez más a fomentar la división entre Estados, a disminuir los beneficios del proyecto y por lo tanto a impedir el surgimiento de una opinión pública europea común que impide la existencia de intereses comunes que bloquea el proceso y así sucesivamente.



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Escrito por Citoyen   
lunes, 26 de marzo de 2007
 
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