| Lecturas |
999  |
|
El pasado día 25
fue el 50 aniversario del Tratado de Roma que significó el
nacimiento real del proyecto europeo. El balance de los últimos
cincuenta años no podría ser mas satisfactorio: la
reconstrucción del continente, la salvaguarda de los valores
democrático, la estabilidad y la creación de un espacio
común de seguridad han sido resultados de esta evolución,
hasta el punto de que la entrada en la unión se ha convertido
para todos los Estados candidatos en una garantía de
prosperidad. El efecto de la atracción realizado no sólo
ha sido positivo desde el punto de vista económico, sino que
al verse obligados a cumplir los criterios de Copenhague, los
distintos Estados entrantes han tenido que acatar valores ideológicos
como los derechos fundamentales, la democracia y el Estado de
derecho. En este sentido, la unión no ha sido sólo un
instrumento de integración económica, sino de promoción
internacional de la democracia y los valores occidentales
I
Problemas y diagnóstico de la construcción europea
2 El bloqueo actual
No obstante el balance
óptimo que arrojan los cincuenta años de construcción
et integración europea, hoy el proyecto se encuentra enfermo y
bloqueado.
En sus orígenes el
proyecto europeo fue fundamentalmente conducido por las élites
políticas e intelectuales de los Estados miembros. Las
competencias de la unión, al no tener un carácter
esencialmente político sino mas bien de tipo técnico,
era ampliamente invisibles al ciudadano medio. Las instituciones
europeas, al carecer de poder ejecutivo a nivel local así como
de vínculo democrático directo con el ciudadano,
revestían un carácter fundamentalmente opaco. Bruselas,
ese ente invisible sin rostro se limitaba a realizar transferencias y
actos normativos basándose en no está muy claro qué
criterios y sin haber recibido una legitimidad muy clara.
Sin embargo a finales de
la última década coincidiendo con el surgimiento del
movimiento antiglobalización, las ideologías de la
identidad y la nueva ola de puritanismo antimoderno, las distintas
opiniones públicas europeas, hasta entonces cuasi indiferentes
al proyecto, comenzaron a descubrir la existencia del mismo. Pilares
de la construcción presentes desde mucho antes como las
libertades comunitarias, el mercado común, el derecho de la
competencia o las directivas de harmonización fueron
percibidas con pavor por los ciudadanos de los distintos países
así como por los reaccionarios líderes soberanistas que
apuntaban con el dedo la caja negra bruselienses que imponía
reglas fundamentalmente antidemocráticas, obligaba a los
Estados a desmantelar sus Estados del bienestar, imponía los
valores del nihilismo pos moderno, y otros horrores.
El surgimiento de estas
tensiones no se vio sin embargo en absoluto atenuado por las élites
políticas nacionales. La pedagogía respecto al proyecto
europeo seguida durante década y media de “si sale mal es
culpa de bruselas, si sale bien es mérito nuestro” por los
políticos de cada país no ayudó en absoluto a
que los ciudadanos europeos comprendieran unas instituciones ya de
por sí complejas y un sistema que, aunque eficaz veía
así sus límites aparecer. Los Noes franceses y
holandeses al proyecto de constitución fue el resultado
previsible de esta coyuntura: las fuerzas de la reacción no
votaron en contra de las necesarias innovaciones del tratado, sino de
aquello que en el caso de Francia ya habían votado con el
tratado de Maastricht: el mercado común, la autoridad de la
comisión y, en general, el proyecto en su totalidad.
El provincianismo
promocionado por los discursos soberanistas y acentuado por la falta
de pedagogía de las clases políticas, se vio rizado por
los vicios endógenos del sistema europeo. Al funcionar este
con un rol predominante del consejo, órgano de carácter
intergubernamental, cada decisión tomada por mayoría en
el seno del mismo era vista como un enfrentamiento entre Estados.
“Francia ha votado contra polonia”, lo cuàl contribuye al
repliegue de las distintas opiniones públicas sobre su
identidad colectiva en lugar de progresar hacia el proyecto común.
3 Diagnosticando el
problema
Esta politización
del espacio común había sido predicha por el análisis
funcionalista. El funcionalismo se puede sintetizar en la frase de la
declaración de Schuman inspirada por Jean Monet “Europa no
se hará de un solo golpe, ni en una construcción de
conjunto, sino por medio de realizaciones concretas y a partir de la
creación, en primer lugar, de una solidaridad de hecho”. En
efecto, la visión funcionalista de la integración
explica que los Estados comienzan realizando poniendo en común
políticas a niveles puramente técnicos y de vertiente
política débil: la seguridad e higiene en el trabajo,
la política de competencia, las políticas económicas.
Al percibir los beneficios de la integración, los distintos
actores ven necesario extender la cooperación a otros campos:
la existencia de un mercado común necesita de una
harmonización fiscal, de unas condiciones similares de
trabajo, de una política agraria común… De esta
forma, se va progresando en los escalones de la integración
hasta que se llega a la cumbre donde se tocan cuestiones relativas a
la soberanía y hondo calado político. Es entonces
cuando se produce la integración bajo el paraguas de un
verdadero Estado supranacional.
Sin embargo, aunque la
lógica funcionalista parece haberse verificado, su resultado
no ha advenido. En realidad, ello se debe a la imposibilidad de
seguir cooperando a nivel intergubernamental. La lógica
funcionalista se basaba en realidad en la asunción de que los
gobernantes se guían por valores materialistas. En efecto,
durante los cincuenta primeros años de construcción, en
el contexto de la pos guerra mundial y de la amenaza constante de la
guerra fría, la colaboración entre gobierno europeos
gozaba de resortes muy importantes. A día de hoy, la ausencia
de amenazas externas de las que unión pueda proteger a los
ciudadanos hace que encontrar una dimensión de suma no nula
sea cada vez mas complicado. Por otro lado, el advenimiento de
valores pos materialistas ha hecho que los beneficios aportados por
la instituciones europeas (paz, seguridad, prosperidad económica,
empleo, competitividad) sean apartados en favor de otros de diversa
índole que van desde las identidades de los pueblos hasta la
raíces cristianas de Europa. De esta forma, instituciones a
carácter friamente tecnocrático como la comisión
se ven desnudas de legitimidad antes la poderosa voz de cada uno de
los pueblos europeos. Finalmente, el vértigo provocado por el
proceso de globalización no ha sido mitigado por las
instituciones europeas, sino al contrario, estas son vistas como las
principales responsables de sus problemas.
De esta forma, la
identidad colectiva que según las optimistas previsiones de
Jean Monet debía forjarse del hecho de los lazos económicos
entre Estados, no ha advenido. Un Estado tras otro se repliega sobre
sí mismo bloqueando el proceso de construcción, viendo
a los demás como enemigos y no como cooperantes de la
gigantesca máquina de aditividad no nula que es el proyecto
europeo.
Esta situación se
concreta en un círculo vicioso: al no existir una zona de
interés común percibido como tal por las distintas
opiniones públicas europeas, estas tienden a actuar de forma
egoísta, lo cuál contribuye cada vez más a
fomentar la división entre Estados, a disminuir los beneficios
del proyecto y por lo tanto a impedir el surgimiento de una opinión
pública europea común que impide la existencia de
intereses comunes que bloquea el proceso y así sucesivamente.
Comentarios de los usuarios (0)
|
|
|