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viernes, 05 de diciembre de 2008
Política cultural Imprimir E-Mail
Lecturas 2581    

ImageCuando pensamos “en cultura” como término político evocamos la actividad cultural que consideramos digna de tal nombre. No nos quedamos en el concepto antropológico que engloba casi toda la actividad humana. Nos vamos a algo concreto, que cuesta definirlo pero no identificarlo.


Yo personálmente tengo algunas contradicciones cuando se habla de “política cultural”. Se mezclan lecturas de Bourdieu, identidades de clase y formación académica. Me explico.


La cultura como es entendida por el común de los mortales (y no por los antropólogos) es aquél tipo de actividad humana que tiene “un prestigio”, “una patina”, de que “és cultura”. Se la relaciona con actividades que tienen una alta consideración o una tradición detrás. Nadie duda que bailar sardanas o las exposiciones de pintura son “cultura” y que son un bien colectivo. Bueno, nadie, no... desde los deconstruccionistas, pasando por Bourdieu a los radicales liberales y los nihilistas, han criticado el concepto de “cultura”, pero los gestores públicos y los ciudadanos relacionamos la cultura con lo que todo el mundo identifica como cultura (sé que esto es una tautología).


En definitiva, hay algo relacionado con lo que se considera “alta actividad intelectual” y que consideramos cultura, y algo relacionado con la tradición, la comunidad, los aspectos identitarios que también consideramos cultura.


Por tanto cuando se crea un ministerio de cultura este ha de gestionar los museos (alta cultura) y ayudar a las fiestas mayores regionales (cultura popular). Esta división casi canónica entre alta cultura y cultura popular establece una definición decimonónica de clases sociales que viene muy bien a ciertos intereses. Por un lado la élite sociocultural establece su diferenciación, su clasamiento mediante el consumo de bienes de “alta cultura”. Uno puede decir que pertenece a una clase “culta” (y por tanto aspirar a relacionarse con gente a más alto nivel) si en lugar de ir al fútbol va a la ópera.


También los valores de la “cultura popular” siguen otros intereses: refuerzan el clasamiento anterior, pero además dan alas a posturas conservadoras y tradicionalistas. Además, a parte de esto, tenemos los movimientos de “contracultura” que son de dos niveles: de alto nivel (el gafapastismo new age, por poner un ejemplo) y la cultura de la marginalidad. Esta contracultura refuerza el clasamiento y el combate de élites (gafapastas contra culturetas, próximamente en sus pantallas), o bien sirve para “separar” de la sociedad los marginales, que queremos identificar como “otros” para quitarles la capacidad de ser identificados como iguales y tal vez alertarnos de las malas condiciones en la que viven.


En definitiva, la cultura no es algo que a priori sea malo o bueno, pero con esta lección de sociología de bolsillo es fácil identificar cómo la cultura es una expresión también de los sistemas de clasamiento de los que enarbolan el poder.


Y las políticas culturales están al servicio del poder. Parece un contrasentido: gobiernos de izquierda deberían potenciar la cultura popular y de hecho lo hacen, como también acercan la alta cultura a las pobres gentes que no se la pueden permitir. Aunque nos olvidamos que la cultura es también un mercado de consumo. A la vez que ciertos bienes culturales están al alcance de más se crean nuevos bienes que clasan. Cuando un ayuntamiento trae Shakespeare al pueblo, las clases altas crean los happenings.


Ahora bien, en esta “escalada” de clasamiento, los poderes públicos hacen bien en traer Shakespeare a la gente, en potenciar las collas castelleras, etc.. Porqué entre otras cosas las expresiones culturales tienen efectos beneficiosos sobre las colectividades políticas: generan sentido de pertenencia, refuerzan identidades colectivas, ayudan a que la gente se conozca y tenga mayor tendencia a ayudarse. Sobre el tema de las ayudas públicas a los liceos, ateneos, collas, grupos de fiesta mayor, etc... no entraré muy a fondo.


Pero los poderes públicos no hacen bien en subvencionar lo que es un negocio. Los ministros de cultura (de este país y de otros) acostumbran a entender la cultura como la “alta cultura” que no deja de ser lo que ciertas élites socioculturales quieren que sea. De ahí que un grupo como la SGAE pueda tener más peso que el socialmente le corresponde: representan un sector cultureta que los gestores públicos identifican como “los creadores de cultura”. Igual que muchos productores y empresarios, editores de libros, etc.. Lo que debería ser un negocio rentable (una película, por poner un ejemplo) y en donde hay unos señores que buscan un lucro, al final termina siendo dinero público que financia una actividad privada con un cuestionable interés público.


Cuando se financian editoriales que no venden los libros que editan, porqué no generan o no existe esa demanda de ese tipo de libros, cuando se financian películas que no va a ver nadie, cuando se inventan un impuesto llamado canon para que los editores puedan lucrarse, estamos desviando dinero de las clases sociales bajas a las altas, para además reproducir los valores culturales de esta “clase alta sociocultural”.


Los que conocen el mundo editorial catalán saben a que me refiero, y si encima, además de ayudar a reproducir los valores de las clases altas con dinero público, estamos lucrando a unos señores que buscan un negocio estamos estafando los principios de lo que es un servicio público. Lo difícil es traspasar esa patina que hay entre el gestor público y esta élite sociocultural ya que en el fondo, venga o no de orígen de clase alta es lo que al final, en el fondo del corazón, aspira a pertenecer. Y “perro no muerde perro”.



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Escrito por Jose Rodriguez   
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