| Lecturas |
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Cuando pensamos “en cultura” como
término político evocamos la actividad cultural que
consideramos digna de tal nombre. No nos quedamos en el concepto
antropológico que engloba casi toda la actividad humana. Nos
vamos a algo concreto, que cuesta definirlo pero no identificarlo.
Yo personálmente tengo algunas
contradicciones cuando se habla de “política cultural”. Se
mezclan lecturas de Bourdieu, identidades de clase y formación
académica. Me explico.
La cultura como es entendida por el
común de los mortales (y no por los antropólogos) es
aquél tipo de actividad humana que tiene “un prestigio”,
“una patina”, de que “és cultura”. Se la relaciona con
actividades que tienen una alta consideración o una tradición
detrás. Nadie duda que bailar sardanas o las exposiciones de
pintura son “cultura” y que son un bien colectivo. Bueno, nadie,
no... desde los deconstruccionistas, pasando por Bourdieu a los
radicales liberales y los nihilistas, han criticado el concepto de
“cultura”, pero los gestores públicos y los ciudadanos
relacionamos la cultura con lo que todo el mundo identifica como
cultura (sé que esto es una tautología).
En definitiva, hay algo relacionado con
lo que se considera “alta actividad intelectual” y que
consideramos cultura, y algo relacionado con la tradición, la
comunidad, los aspectos identitarios que también consideramos
cultura.
Por tanto cuando se crea un ministerio
de cultura este ha de gestionar los museos (alta cultura) y ayudar a
las fiestas mayores regionales (cultura popular). Esta división
casi canónica entre alta cultura y cultura popular establece
una definición decimonónica de clases sociales que
viene muy bien a ciertos intereses. Por un lado la élite
sociocultural establece su diferenciación, su clasamiento
mediante el consumo de bienes de “alta cultura”. Uno puede decir
que pertenece a una clase “culta” (y por tanto aspirar a
relacionarse con gente a más alto nivel) si en lugar de ir al
fútbol va a la ópera.
También los valores de la
“cultura popular” siguen otros intereses: refuerzan el
clasamiento anterior, pero además dan alas a posturas
conservadoras y tradicionalistas. Además, a parte de esto,
tenemos los movimientos de “contracultura” que son de dos
niveles: de alto nivel (el gafapastismo new age, por poner un
ejemplo) y la cultura de la marginalidad. Esta contracultura refuerza
el clasamiento y el combate de élites (gafapastas contra
culturetas, próximamente en sus pantallas), o bien sirve para
“separar” de la sociedad los marginales, que queremos identificar
como “otros” para quitarles la capacidad de ser identificados
como iguales y tal vez alertarnos de las malas condiciones en la que
viven.
En definitiva, la cultura no es algo
que a priori sea malo o bueno, pero con esta lección de
sociología de bolsillo es fácil identificar cómo
la cultura es una expresión también de los sistemas de
clasamiento de los que enarbolan el poder.
Y las políticas culturales están
al servicio del poder. Parece un contrasentido: gobiernos de
izquierda deberían potenciar la cultura popular y de hecho lo
hacen, como también acercan la alta cultura a las pobres
gentes que no se la pueden permitir. Aunque nos olvidamos que la
cultura es también un mercado de consumo. A la vez que ciertos
bienes culturales están al alcance de más se crean
nuevos bienes que clasan. Cuando un ayuntamiento trae Shakespeare al
pueblo, las clases altas crean los happenings.
Ahora bien, en esta “escalada” de
clasamiento, los poderes públicos hacen bien en traer
Shakespeare a la gente, en potenciar las collas castelleras, etc..
Porqué entre otras cosas las expresiones culturales tienen
efectos beneficiosos sobre las colectividades políticas:
generan sentido de pertenencia, refuerzan identidades colectivas,
ayudan a que la gente se conozca y tenga mayor tendencia a ayudarse.
Sobre el tema de las ayudas públicas a los liceos, ateneos,
collas, grupos de fiesta mayor, etc... no entraré muy a fondo.
Pero los poderes públicos no
hacen bien en subvencionar lo que es un negocio. Los ministros de
cultura (de este país y de otros) acostumbran a entender la
cultura como la “alta cultura” que no deja de ser lo que ciertas
élites socioculturales quieren que sea. De ahí que un
grupo como la SGAE pueda tener más peso que el socialmente le
corresponde: representan un sector cultureta que los gestores
públicos identifican como “los creadores de cultura”.
Igual que muchos productores y empresarios, editores de libros, etc..
Lo que debería ser un negocio rentable (una película,
por poner un ejemplo) y en donde hay unos señores que buscan
un lucro, al final termina siendo dinero público que financia
una actividad privada con un cuestionable interés público.
Cuando se financian editoriales que no
venden los libros que editan, porqué no generan o no existe
esa demanda de ese tipo de libros, cuando se financian películas
que no va a ver nadie, cuando se inventan un impuesto llamado canon
para que los editores puedan lucrarse, estamos desviando dinero de
las clases sociales bajas a las altas, para además reproducir
los valores culturales de esta “clase alta sociocultural”.
Los que conocen el mundo editorial
catalán saben a que me refiero, y si encima, además de
ayudar a reproducir los valores de las clases altas con dinero
público, estamos lucrando a unos señores que buscan un
negocio estamos estafando los principios de lo que es un servicio
público. Lo difícil es traspasar esa patina que hay
entre el gestor público y esta élite sociocultural ya
que en el fondo, venga o no de orígen de clase alta es lo que
al final, en el fondo del corazón, aspira a pertenecer. Y
“perro no muerde perro”.
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