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4 Enfocando la
solución: hacia la creación de una opinión
pública europea
De esta forma, los
objetivos que desde un punto de vista federalista se deben enfocar
deberían ser los siguientes: el surgimiento de una opinión
pública europea, el cuajo de la misma en un electorado común
y de esta forma la culminación de la construcción
europea en una federación europea. Al no existir una
“conciencia colectiva” europea, las elecciones al parlamento
tienen un carácter ficticiamente democrático y esta
institución es vista como carente de legitimidad.
Para que esta opinión
pública europea sea posible, es necesario por supuesto que se
den algunas condiciones materiales, tales como la existencia de unos
medios de comunicación comunes, una lengua común (sí
aquí estoy pensando en el pésimo nivel de inglés
que tiene el Español medio) o la promoción de ciertos
valores comunes. Pero sobre todo, es necesario que exista una
verdadera relación agente-principal entre las instituciones y
los ciudadanos. En otras palabras, que los ciudadanos perciban las
políticas de las instituciones como las suyas. Entramos de
nuevo en el círculo vicioso: al no existir una opinión
pública común, no existe conciencia colectiva ni
instituciones comunes, la reforma institucional de la UE no es
entonces posible falta de soporte…
El verdadero problema es
por lo tanto un problema de cooperación. Es necesario
encontrar una dimensión en la que los distintos pueblos
europeos vean ventajoso colaborar, el ya dicho terreno común,
en otras palabras, un terreno donde no existan divergencia de
intereses.
En este sentido, la
propuesta de una “Europa social” no es en absoluto viable.
Contrariamente a lo que se piensa, la Europa social no asegura una
mayor cooperación, sino que responde a los intereses de los
Estados con un Estado del bienestar grande. La imposición por
los Estados viejos como Francia o Alemania de una legislación
laboral común (por ejemplo) no sería un elemento de
unidad, sino de división respecto a los Estados entrantes.
España, no hay que olvidarlo, creció durante sus 20
años de participación a golpe de dumping social.
No, el terreno común
debe encontrarse mas arriba.
5 La propuesta: la
Europa de la política exterior
Si existe un terreno
común para todos los Estados europeos en el que sus intereses
son susceptibles de converger es en el plano de la política
exterior. Los 13 años que la UE lleva negociando en la OMC en
nombre de sus 15 (ahora 27) Estados es una buena prueba de ello. La
existencia de una economía europea común supone que los
intereses de los Estados convergen y por lo tanto se sienten
suficientemente representados por la UE. El asunto de las
subvenciones agrícolas y la parálisis de la Ronda de
Doha es a este respecto una excepción.
Sin embargo, mas allá
de la economía política internacional, existen
intereses convergentes en otros planos. La seguridad es sin duda uno
de ellos: el segundo pilar de la construcción europea que
constituye este aspecto es un terreno donde los intereses de los
Estados son esencialmente convergentes: la regulación de la
inmigración, la lucha contra el terrorismo, etc constituyen un
bien público europeo en el que no pueden surgir mas que
divergencias menores.
En cuanto a lo que
defensa se refiere, es cierto que la última guerra en Irak
supuso un gran obstáculo a la promoción de la idea de
la unión europea como actor internacional, pero los intereses
no dejan de ser ampliamente convergentes. Aunque las tradiciones
europeas en materia de diplomacia son varias (la tendencia
americanista del reino unido, el proarabismo francés…)
existen intereses comunes en lo que respecta a la investigación
y desarrollo militar (mejor que investigar cada uno por su cuenta,
¿por qué no ponemos en común lo que cada uno ha
encontrado?) la promoción internacional de los valores
occidentales o el mantenimiento de la estabilidad en los países
vecinos.
Las ventajas de este
propuestas se manifiestan en muchos aspectos. En primer lugar en el
plano de la eficiencia económica. Al ser la política
exterior un bien público, asistimos a la paradoja de que
existen 27 redes de embajadas, cuerpos diplomáticos y
ejércitos distintos que actúan de forma mas o menos
descoordinada para defender esencialmente lo mismo. La puesta en
común de estos recursos supondría un ahorro notable
para cada uno de los Estados en presupuesto militar así como
un aumento de la potencia colectiva (qué tiene mas valor, una
declaración integrada de 27 Estados o la voz de embajador
español?).
Desde el punto de vista
del presupuesto europeo, en la actualidad los debates se encuentran
bloqueados en torno a la cuestión de los saldos netos. Los
ingleses protestan porque la PAC no les beneficia, los franceses
porque los ingleses tienen su cheque. Sin embargo, la defensa común
es algo susceptible de beneficiar a todos. Al poner en común
estos recursos, se permitiría un ahorro colectivo que
relajaría este debate y con ello las divisiones entre Estados.
En tercer lugar, la
posición de la unión europea facilitaría un
puesto político a los distintos Estados sobre la escena
internacional. Si hasta ahora Estados como Alemania, Francia, no
digamos ya España o Grecia, se ven impotentes ante el gigante
chino, ruso o americano, la creación de una potencia europea
podría beneficiar una mejor defensa de sus intereses a nivel
internacional.
Siguiendo esta línea
de argumentación, hay que recordar el rol fundamental que han
llevado a cabo las amenazas exteriores en los procesos de
construcción nacional. Al existir un enemigo común, los
distintos integrantes cierran filas entorno a su Estado (ahí
tienen a los Estados unidos de América). El efecto “nation
building” que podría llevar a cabo la creación de un
servicio exterior común, con el consiguiente nacimiento de un
interés europeo común, podría ser el mejor
instrumento para relanzar la construcción europea. Los
europeos se sentirían representados por un hipotético
ministro de relaciones exteriores europeo que les defendería
frente a las grandes potencias y ello contribuiría reforzar la
creación de la opinión pública europea.
La política
exterior cumple así los caracteres idóneos para
relanzar la construcción. Se trata de un aspecto
suficientemente técnico como para ser llevado a nivel
comunitario, pero también suficientemente sensible como para
que las opiniones públicas nacionales se interesen por él
y dé lugar a la integración política.
Por supuesto, las cosas
no son tan sencillas. Es cierto que existe un riesgo de “falsa
representatividad” que residiría en el hecho de que
coexistan dos legitimidades exteriores: las nacionales y la
comunitaria. Nos veríamos de nuevo en el escenario de la
guerra de Irak, Solana en contra, Inglaterra y España a favor.
En este sentido, la puesto en marcha de este sistema debería
hacerse poco a poco e ir precedido por una amplia tradición de
colaboración entre los Estados y de posiciones comunes de
manera de los servicios exteriores nacionales se vieran suplantados
progresivamente por el comunitario. En este sentido hay que decir que
la responsabilidad reposa fundamentalmente sobre los hombros de los
representantes políticos nacionales y de su capacidad para
convencer a sus electorados de los beneficios del proyecto.
6 Conclusión:
Si pretendemos que exista
una Europa de los ciudadanos, un proyecto realmente común de
todos los europeos, es primero necesario que existan intereses
comunes. Si queremos que exista una identidad colectiva europea, el
primer paso de ponerle un rostro, en la escena política
internacional a esa identidad colectiva. La creación de esa
identidad colectiva, de esa opinión pública europea, es
el único modo de sobrepasar el provincianismo que se erige a
nivel de cada Estado y progresar hacia la única salvación
que le queda al viejo continente en la escena política
internacional: la creación de los Estados Unidos de Europa.
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