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El otro día vi Diamante de Sangre, una película de Edward Zwick y cuyo
protagonista principal, un traficante de diamantes, encarna Leonardo Di
Caprio. Está ambientada en Sierra Leona, en plena Guerra Civil de 1991,
y viene a describir el proceso mediante el cual las multinacionales
occidentales se aseguraban de que el mercado de diamantes permaneciera
estable... estuviera quien estuviera en el poder; rebeldes o gobierno
oficial.
Me dio la sensación de que
la película estaba repleta de escenas y relatos que en mi opinión eran
innecesarios, así como de momentos en los que se explotaban demasiado
los tópicos clásicos. Por ejemplo, estoy ya cansado de que sean los
occidentales quienes, formando una pareja relacionada por la pasión,
pretendan salvar un continente entero. ¿Acaso no hay periodistas de
investigación africanos, dispuestos a dar su vida por sacar a relucir
las verdades que asolan a su continente y que, en consecuencia,
merezcan ser reflejados en una película? Claro que sí, pero la
prepotencia occidental no puede perder espacio en una obra fílmica como
ésta.
El continente africano es la cuna de la vida, pero
es hoy también el culo del mundo. Sus habitantes son tratados como
verdadera escoria por el capital y por quienes lo manejan, casi siempre
ricos occidentales indiferentes ante el sufrimiento ajeno. Las
economías occidentales son "modernas" porque se han desarrollado
apoyándose y explotando a las economías del llamado tercer mundo, y han
seguido una dinámica de crecimiento basada en el contínuo control de
estas últimas.
No, Diamante de Sangre no es una
película de denuncia social. Describe tímidamente las ya de sobra
conocidas relaciones entre el poder económico occidental y la pobreza
de la sociedad africana, pero con el único fin de entretener al
hipócrita espectador que tal vez, como yo, eche unas lagrimitas
mientras visualiza el espectáculo.
No es una película a la altura de "El Jardinero Fiel",
pero vuelve a repetir un error ya cometido por el director de ésta: la
verdad (que toma la forma de artículo crítico) acaba triunfando ante la
triste realidad social. Al finalizar la sesión, el espectador agradece
que los responsables de tanta maldad acaben siendo desenmascarados por
los "buenos", aunque éstos ya formen parte de los muertos. En el fondo,
da la sensación de que el sistema siempre acaba por dejar un huequecito
a la justicia, y eso alivia -¡y de que manera!- la pesada carga de
formar parte de un sistema genocida.
Hay que
agradecer, no obstante, que se sigan realizando este tipo de
producciones, que siempre serán preferidas por mí a las absurdas pero
tan bien acogidas bazofias estadounidenses de entretenimiento fácil. La
razón está en que, aunque no perdamos de vista cuán limitados son sus
efectos, sí permiten reflexionar, así sea por breves instantes, al
espectador acerca de lo que está viendo. Siempre queda la esperanza de
que el españolito medio entre en razón, o más bien en conciencia, y
algún día se plantée hacer algo más que lamentarse (en el mejor de los
casos).
Recuerdo que en la película "Hotel Rwanda"
el protagonista principal, nativo y gerente de un hotel occidental, le
pide al reportero blanco que mande emitir las duras y violentas
imágenes que éste ha grabado en las calles ruandesas porque,
argumentaba él, de esa forma el mundo despertaría y tomaría medidas.
Entonces el periodista le responde que está en desacuerdo porque,
opina, lo más probable es que los ciudadanos occidentales se lamentaran
por unos momentos y prosiguieran después su vida cotidiana como si lo
visto en televisión no hubiera tenido lugar nunca.
Sierra
Leona es el segundo país más pobre según la clasificación de las
Naciones Unidas para el 2006. Tiene un Índice de Desarrollo Humano del
0.335 y sólo supera a Níger. La esperanza de vida está en los 40 años y
sólo un 35% de los habitantes saben leer y escribir. Un 43% de la
población no tiene acceso al agua, y un 27% de los niños menores de 5
años están desnutridos. Es un país donde la desigualdad es brutal (el
20% más rico tiene el 63'4% de la riqueza, y el 20% más pobre sólo el
1,1%). Pero, ¿qué es esto sino datos con los que trabajar durante un
rato?
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