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Éste es el quinto y último
artículo de esta serie sobre la OMC. Hemos visto como surge,
de qué se compone, cuàl es su filosofía y como
funciona. Habría sido tal vez necesario decir algo sobre las
reglas de defensa comercial, es decir, sobre las medidas que pueden
adoptar los Estados en casos de prácticas desleales por parte
de sus socios, concretamente cuando una empresa realiza dumping o
cuando un Estado concede subvenciones destinadas (quiero insistir
sobre el hecho de que deben estar destinadas a ello, no vale con el
efecto) a desfavorecer la exportación y restringir la
importación, sin embargo creo que se sale del campo de esta
serie.
Mi objetivo en este artículo es
hacer una suerte de conclusión sobre la OMC. La OMC y su
antecesor el GATT 1947 tienen en su haber una reducción
impresionante de los aranceles comerciales. Este es precisamente el
objetivo de la OMC: la reducción de los aranceles y el fomento
del intercambio de bienes internacionales. Estos dos objetivos, creo,
no son instrínsecamente malignos. Al contrario, creo que la
teoría económica ha demostrado que el libre intercambio
internacional lleva no solo a una mayor eficiencia, sino también
a una reducción de la pobreza en los países del tercer
mundo. Aunque José Bové diga lo contrario, lo que los
africanos quieren es exportarnos su leche y no tener que tirarla a la
basura porque las subvenciones europeas hacen que comprar leche
holandesa en Tanzania sea mas barato que comprar leche Tanzana. Los
países del tercer mundo ven gracias a la OMC los mercados de
los países desarrollados abrirse a sus productos y de esta
forma pueden poner en marcha sus economías gracias a la
exportación y a la inversión. Adicionalmente, estos
países no tienen que otorgar concesiones, de forma que juegan
con ventaja. Es cierto que eso producirá que las países
desarrollados tiendan a descapitalizarse y varios sectores se
arruinarán potencialmente (entre ellos los agricultores). Sin
embargo, si nos molestamos en mirar los datos, veremos que por
ejemplo, los agricultores forman en la UE apenas el 3% de la
población activa, mientras que en los países del tercer
mundo asciende al 90%. Incluso reteniendo un razonamiento no
utilitarista, parece totalmente descabellado seguir manteniendo la
protección aduanera que existe en agricultura, (sobre todo si
tenemos en cuenta que en esos países mueren 14000 personas al
día por enfermedades ligadas al estado de su economía).
Creo por otro lado haber demostrado
suficientemente en este artículo que la OMC no tiene un
carácter tecnocrático. Son los ministros de los Estados
los que negocian, los cuàles, al menos en el caso de los
Estados democráticos, responden ante su electorado. Los
funcionarios de la OMC solo hacen un rol de coordinación y su
estructura es tal que ningún Estado se ve impuesta ninguna
concesión a la que no haya adherido explícitamente, es
decir, a la que su ministro no haya consentido. La OMC es este
sentido, de lejos, mucho más democrática que la UE o
que la ONU. Las piedras, como ya dije, deberían ustedes
señores globófobos tirarselas al ministro y no a la
OMC.
En este sentido, me cuesta entender por
qué esta organización se hace tributaria de una
cantidad tan sustanciosa de odios entre la izquierda. Tiendo a pensar
que se deba más a la superstición como ya adelanté
en el primer artículo que al conocimiento específico de
la institución. En rigor, si el problema es que nos asustan
las siglas, hagánselo mirar, si el problema es que nos asusta
el comercio, abran un manual de economía, pero por favor,
hagan críticas distintas de que es la tecnocracia neoliberal
confabulada que pretende explotar a los negritos de algún país
de nombre impronunciable: nocuela.
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