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España
se sitúa en el segundo puesto del mundo tanto en número
de turistas extranjeros que nos visitan a lo largo del año,
-5.5 millones en 2006- como en ingresos por turismo.
En Semana Santa el país entero está
de fiesta, la primavera invita a salir, y la gente se echa a la calle
rebosando terrazas y “chiringuitos” El turismo acude, cada Semana
Santa masivamente, al calor del “jolgorio” y del ambiente
procesional, que entre lo sagrado y lo profano, combina la fragancia
del incienso con los aromas etílicos del vino y la cerveza, y
un estimulante olor a tapas.
Si tradicionalmente era la playa el destino
turístico de las masas durante la Semana Santa, ahora el
interior compite por igual, gracias a la pintoresca oferta de una
multitud de fiestas más o menos religiosas ¿Saben
ustedes cuantos pueblos y ciudades españolas se enorgullecen
de tener una Semana Santa declarada de “Interés Turístico
Nacional”? más de cuarenta, sin precisar, desde Alcira en la
A, hasta Zamora en la Z, pasando por Cáceres, Ciudad Real,
Granada, Huelva, Jaén, Málaga, Murcia, León,
Palencia, Valencia o Valladolid, todas ellas con ritos además
de típicos, muy cuidados desde el punto de vista escénico.
Hoy la gente acude en tropel a escuchar la tamborada de Calanda, a
ver los Empalaos de Valverde de la Vera (Cáceres), la Folía
de San Vicente de la Barquera (Cantabria), el Misterio de la Pasión
de Moncada (Valencia), o a compartir la exaltación del vino de
la zona del Ribeiro en Ribadavia (Orense), por señalar algunos
ejemplos de entre las muchas fiestas que estos días mueven a
la población.
Porque
lo que antes era una manifestación de fervor religioso, hoy
también es un llamativo, conmovedor incluso, a veces,
espectáculo, donde el montaje de la abundante imaginería,
los ricos mantos, los detalladamente decorados pasos alfombrados de
flores, la música de las bandas, las saetas, los penitentes
rompiendo el silencio, y hasta esa fe religiosa de unos pocos, se
combinan para ofrecer un espectáculo incomparable que traspasa
la frontera de la mera manifestación artística,
seduciendo a muchos miles de turistas, que medidos en términos
de capital, son un nada despreciable factor dinamizador de nuestra
economía.
Para esta Semana Santa se han previsto 1.5
millones de desplazamientos. Los pueblos y las ciudades burbujean y
los hoteles rozan el lleno. Pero como los efectos de las fiestas se
dejan sentir para lo bueno, y para lo malo, hay que recordar que el
año pasado, por dichas fechas, se mataron 110 personas en las
carreteras, y este año ya se han cobrado 34 muertos, en la
primera operación salida, 43 personas hasta este instante y en
solo cuatro días.
Porque no se trata solo del impacto sobre el
sector hostelero o del comercio, ni de la industia de las flores, ni
de los talleres de restauración, ni del sector textil, ni de
las fabricas de complementos como las de velas artificiales, etc.. se
trata de un efecto mariposa que afecta a todos los aspectos de
nuestra vida, desde el consumo hasta el incremento de los precios.
Y es por esto, por lo que la Semana Santa que hoy
tenemos, no es ya una simple manifestación espontánea,
si no una fiesta promovida y subvencionada por las administraciones
públicas, que valoran, en su medida, la importancia económica
del fenómeno. En la actualidad no hay Ayuntamiento, ni
comunidad autónoma, que independientemente de su color
político, no subvencione ampliamente a las cofradías,
cuyas necesidades abarcan desde la restauración de imágenes
y pasos, hasta la conservación del rico patrimonio que
atesoran, pasando por la construcción y el mantenimiento de
las indispensables naves y ermitas dedicadas a la recogida de los
pasos, a lo largo del año.
La semana Santa es una mezcla de música y
color, de arte y de ritos religiosos, de gran megamercado, y de
oferta turística variada, aderezada con todo lo que concibe
la imaginación para sacarle jugo a la primavera, que aunque
indudablemente parte de un sentido religioso, es sin duda, algo más
que devoción.
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