Es
preciso definir con corrección los elementos que acercan a nuestro país
a una situación límite. La burbuja inmobiliaria ha sido animada en la
creciente demanda de vivienda por parte de europeos, inmigrantes y
pequeños inversores que, con sus sociedades patrimoniales de juguete,
pretenden adquirir cinco o seis pisos para poder vivir de la renta por
alquiler algún día. Derivada de esa burbuja hay otra en el sector de la
construcción que supone el 17 % del PIB en términos reales. El 20% de
los empleos creados en los últimos diez años en España, que a su vez
son el 33% del que se ha creado en la UE de los 15, proceden de la
construcción. Esas dos burbujas han hecho que emergiera otra mucho peor
y que aun es prácticamente invisible: la burbuja económica.
La fuerte demanda de empleo funcionó como un imán para la mano de
obra inmigrante que acudió masivamente dando un empuje al consumo y al
propio mercado inmobiliario. En general podemos decir que España ha
tenido un periodo larguísismo de crecimiento ininterrumpido gracias a
la globalización, en sentido financiero (dinero barato) y también en
sentido real (inmigración creciente), lo que le ha permitido compensar
el impacto negativo de los precios del crudo y de la competencia
internacional. El efecto se traduce ya en una economía recalentada, con
una inflación superior a la media europea y por una pérdida de
competitividad. La economía española es próspera pero su crecimiento es
desequilibrado y poco eficiente. La dependencia en los tipos de interés
debilita la capacidad de consumo y el parón inmobiliario por el
sobrestock es ya un hecho absolutamente demostrable. España dependerá
de que la zona euro recupere su dinamismo y crecimiento en los próximos
dos años para poder aguantar el choque de una cadena de acontecimientos
que ya ha empezado. En primer lugar, la burbuja inmobiliaria seguirá
desinflándose gradualmente dejado de crecer y posteriormente
descendiendo. Como reacción a esa caída de valor, el número de
viviendas se reducirá, cosa que ya ha empezado a pasar según los
colegios de Arquitectos que durante este último trimestre han notado un
descenso de visados. Esa reducción de viviendas nuevas en construcción
provocará una caída en la demanda de empleo en la construcción y un
alza en el paro. Carpinteros, electricistas, comerciales, arquitectos,
aparejadores, yeseros y en definitiva todos los profesionales
relacionados con el mundo inmobiliario vivirán su peor momento desde
hace mucho tiempo. Teniendo en cuenta que el peso de este sector es
brutal, la demanda en consumo también se verá afectada. La eliminación
de ricos virtuales se representará con el descenso de la venta de
coches, viajes y elementos de consumo muy variados. El coste de los
créditos hipotecarios tocará franjas desconocidas por los nuevos
propietarios que se verán obligados a sacrificar parte del consumo
corriente para poder hacerle frente.
Al reducirse el consumo y al aumentar el coste del dinero las
compañías ralentizarán sus inversiones en espera del próximo ciclo
expansivo con lo que su demanda de empleo bajará. Esta situación
desembocará en un crecimiento negativo del PIB que alcanzará su punto
más profundo a finales de 2009 o principios de 2010. Que sea más o
menos dramático depende de la política. Esa desaceleración cíclica
podría pasar simplemente por ser un período de bajo crecimiento, si la
caída de la construcción se compensa con obra pública y si el superávit
presupuestario supera el 1% del PIB, si se incentivan los nuevos campos
de gestión industrial y, como se hizo en EUA, si se convierten en
empresarios, autónomos o pymes, a esos miles de inmigrantes jóvenes que
ahora son mano de obra barata, para que encuentren alternativas a la
perdida de empleo que sufrirán en la construcción fundamentalmente. En
definitiva, que esa enorme bola de mierda nos aplaste depende de
nuestros gestores públicos en gran medida. ¡Que miedo!