| Lecturas |
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A parte de otros factores que sin duda
influyen, creo ver cierta razón de fondo de porque películas
como el Episodio I de Star Wars no funcionaron como deberían,
así como gran parte de las películas de aventuras y
acción que se hacen hoy en día. Tranquilos, este no es
un artículo sobre cine… es, más bien, la traslación
de lo que sucede en el cine con respecto a la sociedad real, y de
cómo ciertos arquetipos culturales se han transgredido,
olvidándonos, en parte, de lo que nos motiva y emociona,
valores olvidados que tienen ciertas conexiones psicológicas,
y que explican en parte el adormecimiento de la izquierda política
en la actualidad
George Lucas se imaginó, a
principios de los 70, una nueva Opera galáctica del estilo de
Flash Gordon, pero coral y mucho más inmensa en su universo
interior. Marcado por el momento histórico de aquel momento,
como el provocado por la guerra de Vietnam, o el escándalo
del Watergate, Estados Unidos era un país dividido y
enfrentado, en donde se vilipendiaban a los supuestos ídolos
de opinión, los jóvenes transgredían las
tradiciones y un Presidente gris y vulgar como Gerald Ford alcanzó
el poder, cuyo mayor propósito era volver a unir a un país
crispado y devolver la confianza de los norteamericanos en sus
instituciones.
George Lucas realizó un amplio
estudio de todas las antiguas religiones y mitologías del
mundo, intentando buscar un mínimo común sobre los
arquetipos clásicos que todo ciudadano de cualquier parte del
mundo pueda entender, básicamente la lucha entre el bien y el
mal. Así, construyó una galería de personajes
que provocaran y satisficieran sensaciones básicas en el
público, incluidas aquellas devenidas de una cosmología
más o menos aceptada sobre el bien y el mal. En las tres
primeras (los tres últimos capítulos) el bando leal a
la República (que no era un ejército más o menos
uniformado, sino más bien un grupúsculo de mercenarios
y naves más o menos heterogénea) estaba arrinconado y
perseguido por un todopoderoso Imperio, con uniformes similares a los
de los nazis, recto, marcial y homogéneo.
La pequeña historia interior, de
Luke, con sus padres adoptivos y la búsqueda de la verdad
sobre su padre, es rica en matices, y el grupo de protagonistas es
capaz de mostrarse vulnerable, sarcástico, temeroso y alegre,
según las circunstancias; la mayor frialdad recae por un lado
en Alec Guiness, Obi Wan, que en todo caso no es altanería
(aunque así se diga cuando se intenta recudir al ridículo
el carácter británico), el brillo de los ojos de este
gran actor británico no refleja superioridad, sino prudencia y
sapiencia, y por otro lado, en el lado oscuro, en donde (esta vez sí)
la sed de poder se hace palpable.
En las tres nuevas películas, y
sobre todo en el Episodio I, producto del momento que vivimos
(incluido Estados Unidos), el ambiente que se respira es otro. El
Episodio I es además una película más infantil,
menos oscura o madura que las otras dos, pero hay algo que las une a
las tres, y esto además se hace visible en tantas otras
películas actuales, pero si os fijáis en el Episodio I
de Star Wars, se hace palpable.
A pesar de que en el Episodio II y el
Episodio III el sufrimiento de los protagonistas es mayor, y la
terminología política se multiplica (hablan tanto del
Senado Imperial y la democracia que en momentos casi parece un mitin
político), el aspecto es el siguiente: la todopoderosa
República, que solo al final de la tercera película se
presiente su derrumbe, tiene los mandos, y los todopoderosos Jedis,
que no parecen temer nada, se pasean a lo largo del film como
auténticos soldados, con una frialdad y altanería que …
sí, podría interpretarse prácticamente como una
mala interpretación; cualquier mal actor podría haberlo
hecho, y no se hubiera notado la diferencia.
Ganan tantas veces, tienen tanto poder,
que ya aburren…, no hay emoción sin riesgo, y los
protagonistas de la nueva Star Wars, asi como tantas otras películas
hoy en día, los protagonistas parecen poder ganar a los malos
y salvar la situación sin prácticamente levantar un
dedo; son demasiado fuertes, demasiado poderosos y como en cada
película se superan, en la siguiente, pretendiendo alimentar
al público ávido de nuevas sensaciones, tienen cada vez
más poder. Si hubieran hecho tres partes más de Matrix,
la tercera duraría cinco minutos, porque Neo tendría
tanto poder que los malos no supondrían ningún reto, la
gente bostezaría en la sala y el bien tendría demasiado
fácil el ganar.
Así, hasta prácticamente
la mitad del Episodio II, Star Wars se convierte en una mera pasarela
de testosterona republicana asentada y aburrida. El poder es tanto,
que parece que al final es este, en si mismo, la única
provocación emocional que se lanza al espectador; parece que
solo esperábamos ver algo poderoso, no algo arriesgado o
provocador. Las películas que nos hacen agarrarnos a la
butaca, o saltar de emoción, son precisamente aquellas que
hacen que sintamos la pérdida de algo que nos importa muy
cerca. Si nos identificamos con los protagonistas por lo que
defienden, solo sentir su derrota muy cerca puede hacer que nos
emocione su lucha, pero si nosotros somos Goliat y los malos David,
¿qué emoción tiene?.
Si la República se convierte en
Imperio, es muy fácil olvidarnos porque la República se
levantó una vez, que fue la respuesta inicial a la opresión
existente en cierta época. Sentirlo, vivirlo, poder oler el
riesgo de perder algo vital es la mejor manera de sentirte implicado
en su defensa; por eso se suele decir que la izquierda, cuanto más
activa está, es en la oposición, porque vivir a la
contra es cuanto más hace sentir la relevancia de lo que
defendemos… lo peor para el músculo de la izquierda es
gobernar demasiado tiempo, porque corres el riesgo de convertirte en
Imperio, creer que lo que te llevo al poder es simplemente el interés
de tener ese mismo poder, y no el deseo de tenerlo para cambiar las
cosas y preservar aquello que te importa porque alguien te lo intenta
quitar.
La República Galáctica es
el sitio aburrido en donde todo va bien, y nunca pasa nada… el
contexto ideal para que los conservadores se alimenten del olvido
colectivo y puedan torcer la esencia de lo ya conseguido hasta el
momento, echándolo a perder o convirtiéndolo en algo
más siniestro. Sin los mítines políticos de los
nuevos episodios, las viejas películas le hacían
respirar a uno mejor la necesidad de destrozar la Estrella de la
Muerte para liberar al universo, con quizás uno de los mejores
alegatos contra el conservadurismo que se han escuchado nunca, de
boca del sabio Yoda: “El miedo es el camino al lado oscuro. El
miedo lleva al odio, el odio lleva a la ira, y la ira lleva al
sufrimiento.”
La izquierda debe aspirar a ganar las
elecciones, provocar empatía para mayorías heterogéneas
de electores que nunca pensaran igual, debe provocar esperanza,
generar ilusión y un proyecto interesante con novedades sobre
lacras sociales importantes, sin embargo, nunca debe olvidar aquello
que vive y respira dentro de nosotros, aquello que nos emociona, nos
impulsa a defender las cosas importantes, esas verdades eternas que
nos sitúan ante enemigos a los que batir. La izquierda debe
poder localizar esos enemigos con claridad, poner el foco público
sobre ellos y emocionar a la sociedad haciéndola entender que
nuestra felicidad depende de una lucha pendiente contra esos
enemigos, que nos acechan y pretenden robarnos nuestra libertad,
nuestro bienestar y nuestra vida.
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