Individuo y género: una aproximación al concepto de privilegio
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La mujer, decía Ortega y Gasset, “es más bien un género que un individuo”. Al realizar esta aristotélica afirmación, el autor pretende destacar la irracionalidad de la mujer frente a la lógica, la racionalidad del hombre que es, en contraposición, individuo.
Pero más allá de la literalidad de la expresión, esta frase expresa una situación habitual: la de un grupo, situado en la parte más alta de la pirámide social, que obtiene la autoridad moral y el prestigio que les permite definir a los otros grupos. El hombre blanco y heterosexual en la sociedad occidental se sitúa pues en una posición de privilegio gracias, principalmente, a su distinción como individuo, lo cual le hace principio y final de sus acciones. Peggy McIntosh, en una conferencia en el Hampshire College, proporciona una lista de “síntomas” del privilegio, y uno de ellos reza así:
“Puedo decir palabrotas, vestir ropa de segunda mano, o no contestar cartas, sin que la gente lo atribuya a la inmoralidad, la pobreza o el analfabetismo de mi raza”.
Es decir, el privilegio es lo que nos permite afirmar nuestra propia individualidad. Lo que somos o hacemos lo somos o lo hacemos por y para nosotros mismos, y no se atribuye a una característica estereotipada de nuestro grupo. Es difícil ser consciente de ese privilegio, precisamente porque se obvia en la educación del privilegiado la consciencia de su propia situación. El privilegiado no sólo no se da cuenta de su posición superior sino que no se siente responsable de la opresión de otros, porque su identidad como individuo le aísla automáticamente de los actos colectivos cometidos por su grupo. Pero el privilegio se da por sentado, no es necesario hacer un uso efectivo de él, y por ello se da aún cuando el individuo no realice conscientemente actos de discriminación.
La identidad del individuo privilegiado es el estándar, la norma. El hombre blanco heterosexual es todo aquello que no sean los grupos discriminados. Dice Stoller en Masculin o Femenin que “la primera obligación para un hombre es no ser una mujer”. El estándar, la norma, define sus propios límites y con ello limita también los grupos sometidos a su dominación. En una estructura social jerarquizada, esto da automáticamente un viso negativo a los grupos no privilegiados: los caracteres definitorios de su estereotipo son inferiores a la norma establecida por el grupo privilegiado.
En conclusión, el privilegio consiste en la posibilidad de ser juzgado por los propios actos, sin que el grupo social de pertenencia influya en el juicio de valor, y en el derecho a definir los límites de la propia personalidad, todo ello sin necesidad de asumir ninguna responsabilidad personal por la naturaleza injusta del privilegio.
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