| De funcionarios, transferencias y financiación autonómica |
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En estos días en que tanto se habla de sistema de financiación y
autonomías, creo que es más necesario que nunca insistir, una y otra
vez, que lo importante al hablar de gasto público no es tanto cuánto se
gasta sino cómo. Se llora mucho desde el PP sobre la voluntad de
cambiar el sistema de recaudación y gasto estos días, olvidando la
segunda parte del problema.
Parece evidente que en España el gasto público parece crear efectos distintos según donde se destine. Cuando se invierte en infraestructuras en Madrid, Euskadi, Cataluña o Valencia, la economía de la región parece responder mágicamente a las nuevas oportunidades, y en seguida se llenan de usuarios y actividad económica. Por alguna razón extraña, Andalucía, Castilla- La Mancha o Extremadura parecen inmunes a estos efectos, como si la gente ni se percatará del nuevo monstruo de cemento en la zona. Este efecto es persistente, a pesar de las enormes transferencias que alguna de estas regiones han recibido durante décadas, sin que las inversiones en la región produzcan un resultado aparente. No hace demasiado, dí una explicación sobre el porqué esto sucede, pero eso sólo explica la mitad del problema. Hoy trataremos de explicar el resto. Como la otra vez, empezaré hablando de tierras lejanas, para no ofender a nadie; hoy tocará Palermo. Judith Chubb escribió hace unos años una de las mejores descripciones de cómo funciona la política en esta ciudad italiana, y por extensión en gran parte del sur de Italia. En Palermo gobierna la Democracia Cristiana, lo hace desde hace décadas, y lo seguirá haciendo hasta el final de los tiempos. Gobiernan la ciudad, son amigos de todo el mundo y ganan sin tener que recurrir a tocar un voto en las urnas. Toda la ciudad vota al partido, y lo hace voluntariamente. La razón: si uno quiere hacer algo en Palermo, debe ser amigo de los que mandan. Si uno necesita trabajo en Palermo, el primer lugar para buscarlo no es en el periódico, sino llamando a un concejal conocido. Si él sabe que eres una persona leal, sensata y amiga de sus amigos, que vota como debe, siempre tratará de encontrar un arreglo. Sea un trabajo en el ayuntamiento, una pensioncilla para pasar el mes, o unos arreglos burocráticos para poder acceder a alguna oscura ayuda pública o una beca para los hijos, este tratará de ayudar. Si no puede con eso, no hay problema; el señor concejal siempre puede dar un telefonazo a uno de sus amigos empresarios, a ver si te coge en la fábrica o la oficina. Y el empresario acepta, claro. No porque el ayuntamiento de Palermo le dé contratos o sea amigo del concejal necesariamente, sino porque sabe que le conviene. La próxima vez que el inspector de trabajo llegue de Roma, sabe que el concejal le llamará, para que envíe todos los que cobran en negro a casa. Si necesita un permiso del ayuntamiento para algo, o que alguien haga la vista gorda en esos impuestos impagados, las personas adecuadas recordarán su lealtad al partido y le dejarán hacer. Faltaría, una persona tan considerada. El político, mientras tanto, vivirá por y para su electorado, para solucionarle sus problemas... y para seguir siendo tan indispensable como sea posible para seguir mandando. Aquellos empresarios que quieran hacer negocios sin aceptar las reglas de confianza y amistosa cooperación con el partido vivirán en un pequeño infierno burocrático de inspecciones constantes, retrasos eternos y trabas políticas varias hasta que cierren, se vayan, o entren en razón. Aquellos votantes que no apoyen al partido cuando toca no tendrán empresarios que les quieran, ni las pensiones que les tocan, y se volverán locos tratando de hacer el más simple de los tramites. Los funcionarios saben a quién le deben el cargo, y si quieren seguir ascendiendo o que su primo también entre, mejor que se acuerden bien. Y así sucesivamente. No hace falta decir que en Palermo, todo el mundo sabe lo que le conviene, y actúa en consecuencia. Es perfectamente racional individualmente aceptar el sistema y seguir el juego... aunque en agregado, el sistema es cualquier cosa menos óptimo. Arbitrario, injusto, discrecional y lleno de trabas para hacer cualquier cosa, por trivial que sea, es imposible hacer negocios de manera razonable. Lo que es peor, el sistema de clientelismo y patronazgo de la ciudad se sostiene sobre dos bases muy importantes. Primero, los políticos quieren seguir ganando elecciones, y por lo tanto quieren seguir siendo útiles a su electorado. Paradójicamente, como más daño hagan en cuanto a restringir el sistema, más útiles resultan, y más segura es su posición. En otras palabras, es racional para la Democracia Cristiana en Palermo limitar el crecimiento económico, no promocionarlo. Claro, este sistema no debería ser eterno. Tarde o temprano la economía morirá bajo el peso del clientelismo y la corrupción, y se llevará a la clase política con ella, o algo parecido... Bien, en el caso de Palermo, eso no sucede, y todo gracias a Roma. El estado italiano transfiere cantidades gigantescas de dinero de las regiones ricas del norte al sur, a lugares como Palermo, para ayudar a desarrollar su economía. Ese dinero, que no ha parado de fluir en los últimos 50 años, no parece haber hecho apenas mella en las diferencias entre regiones, desapareciendo sin más. Obviamente el dinero no se desvanece, sino que va a alimentar el sistema de patronazgo de la ciudad. Los políticos de Palermo, que viven felizmente concentrados en hacerse útiles a través de crear problemas, reciben una cantidad inacabable de dinero para asegurar que el oxidado motor de la ciudad sigue engrasado. En otras palabras, reciben suficiente para mantener vivo al paciente, mientras trabajan activamente para no curarlo. No tienen incentivos para arreglar problemas, y pueden gastar el dinero en exacerbarlos. Brillante. A una escala mayor, esto mismo sucede en varias regiones de España. Andalucia, Extremadura, Castilla- La Mancha, Murcia y Galicia (aunque es cierto que estas últimas cada vez menos) viven en un ciclo de cobrar eterno, con políticos mucho más dedicados a continuar siendo el centro de la fiesta que a solucionar los problemas. En muchos casos, el dinero que reciben es parte del problema, no la solución. En el debate sobre la financiación autonómica es necesario que se planteen también la eficacia de las transferencias entre regiones, no sólo su volumen. No tiene sentido tirar dinero en lugares donde todo el gasto parece desvanecerse en el aire, o contribuir a que las cosas no cambien.
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| Escrito por Roger Senserrich | |
| miércoles, 18 de abril de 2007 | |
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En estos días en que tanto se habla de sistema de financiación y
autonomías, creo que es más necesario que nunca insistir, una y otra
vez, que lo importante al hablar de gasto público no es tanto cuánto se
gasta sino cómo. Se llora mucho desde el PP sobre la voluntad de
cambiar el sistema de recaudación y gasto estos días, olvidando la
segunda parte del problema.







