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viernes, 05 de diciembre de 2008
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La izquierda y las fronteras Imprimir E-Mail
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ImageLa izquierda es, por tradición y por principio, internacionalista. En eso estamos de acuerdo mas o menos todos los izquierdistas. Ahora bien, precisar el contenido de ese internacionalismo constituye motivo de profundas divisiones. Se puede decir, sin embargo, que en los últimos tiempos (los tiempos, no por casualidad, de la globalización) una cierta visión del internacionalismo se ha adueñado de una buena parte del discurso izquierdista moderno.

 En esta visión, los Estados-Nación y las fronteras políticas serían obstáculos para la materialización de los ideales de justicia de las izquierdas. Por contra, la desaparición de fronteras y el debilitamiento de la soberanía de los Estados-Nación constituirían progresos en la dirección adecuada: la de la unificación bajo una sola batuta política, una sola entidad estatal mundial. En este contexto, la creación de nuevas fronteras sería un mal mayor a tolerar solo en casos excepcionales; el mantenimiento de las ya existentes, un mal menor al que habrá que acostumbrarse en tanto no estén maduras las condiciones para la unificación política del mundo.

No voy a entrar en hasta que punto los que sostienen éste discurso son sinceros en sus pretensiones. En, por ejemplo, hasta que punto mas de un pensador y mas de dos no esgrimen esta visión del internacionalismo para fustigar a los nacionalismos separatistas al tiempo que apuntalan la inmutabilidad de las fronteras de su propio Estado-Nación. En lugar de eso, voy a tomarme en serio esta visión de las cosas, es decir, voy a intentar calibrar su bondad argumental. A primera vista, parece evidente que la existencia de comunidades políticas soberanas sobre territorios determinados constituye un obstáculo para la generalización de los derechos económicos y sociales de todos. “Si todos los humanos pagásemos impuestos a un solo Estado que redistribuyese la riqueza”, podemos pensar, “entonces las diferencias entre las regiones mas pobres del planeta y las mas desarrolladas desaparecería a pasos agigantados”. Aparentemente, como digo, impecable.

Cuando rascamos un poco mas en la pared del argumento, no obstante, empiezan a surgir dificultades. Por lo pronto, es fácil hallar multitud de casos históricos en los que la creación de una frontera política no ha supuesto menos, sino más, derechos y prosperidad para su población. Irlanda del Sur, por ejemplo, ha funcionado mucho mejor como Estado independiente que como territorio británico (note el lector que estoy usando deliberadamente un ejemplo de país en el que en principio imperaba el sufragio universal en igualdad de condiciones con los ciudadanos de la metrópolis; es decir, que no se le puede colgar fácilmente el rótulo de “colonia”). Los derechos de todos (de católicos y protestantes) se han visto mas eficientemente asegurados; la economía ha funcionado substancialmente mejor, en especial en las últimas décadas del siglo XX; los irlandeses del sur se han visto alejados de numerosos conflictos relacionados con el imperialismo británico; y la sociedad de la Irlanda independiente ha logrado un nivel de cohesión mucho mayor que el de la Irlanda británica. En suma, el negocio no parece haberles funcionado tan mal. Y lo que es más importante: los británicos tampoco parecen haberse sumido en la miseria y la injusticia más absolutas por el hecho de perder su dominio sobre Irlanda del Sur.

Siguiendo con la crítica de esta visión del internacionalismo, también es fácil encontrar numerosos ejemplos de Estados, y aún de Estados fuertemente centralizados, donde subsisten enormes disparidades de riqueza entre unos territorios y otros. La República Francesa, el Reino de España o la República Italiana serían excelentes ejemplos de esto. Así pues, no parece que el hecho de compartir comunidad política comporte necesariamente compartir riqueza; el menos, no de un modo eficiente: son de sobras conocidas las políticas de transferencias inter-territoriales en el Reino de España y, no obstante, aún esta muy por demostrar cual es su utilidad, a parte de la de ahogar economías antaño boyantes como la catalana y ocultar eficientemente cual es el destino real de los beneficios del negocio (el centro, muy probablemente).

Por otro lado, tampoco me parece tan claro que los Estados-Nación sean una amenaza especialmente grave para la democracia y para los ideales igualitaristas de la izquierda. Mas bien al contrario: ha sido en los Estados-Nación donde tradicionalmente se ha hecho posible la realización de estos ideales, difíciles de lograr en entornos jurídico-institucionales como los antiguos imperios de la Europa Central y del Este, mucho mas deseables si nos tomamos en serio la visión del internacionalismo que vengo discutiendo. Las revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX, todas ellas, han sido revoluciones de carácter netamente nacional, muchas veces implicadas en la creación de nuevos Estados a partir de las ruinas (los fragmentos, cabe aclarar) de viejos imperios multiétnicos.

Me atrevo a decir más: las mayores amenazas para la libertad a la que aspira la izquierda no provienen ni de los nacionalismos ni de la aparición de nuevas fronteras políticas; tampoco de la soberanía de los Estados-Nación. Muy al contrario, lo que debería ser objeto de mayor preocupación para todo izquierdista son toda una serie de fuerzas de carácter netamente global y, a la vez, tremendamente dañinas para la realización de los ideales de la izquierda: son las grandes multinacionales, los grandes poderes económicos de carácter privado que no están sometidos a control democrático de ningún tipo. Y también, cabe decirlo, las grandes macroestructuras burocráticas (como la OMC o buena parte de la UE) que, pese a no ser de carácter privado, tampoco dan cuentas de su gestión ante los ciudadanos, al menos no del mismo modo en que lo hacen los Estados-Nación (los democráticos, se entiende).

No estoy sugiriendo que la creación de Estados sea necesariamente sinónimo de democratización e igualitarismo; tampoco el que la desaparición de fronteras sea necesariamente sinónimo de desastre para la izquierda. Lo que me parece más razonable es asumir que la relación entre fronteras y democracia/justicia es mucho más compleja de lo que cierta izquierda piensa; que los Estados-Nación (los que hay y los que están por venir) son hoy por hoy el único vehículo real del que la izquierda dispone para realizar sus proyectos; y lo que es más: que, en muchísimos casos, la creación de nuevas fronteras políticas no solo no tiene por qué ser indeseable para la izquierda sino qué puede ser provechosa y aún indispensable. La idea de que menos fronteras es igual a mas libertad para los individuos (que es a lo que aspira la izquierda, en definitiva) constituye una descripción causal demasiado urgente: las cosas son mucho mas complicadas y cada caso es un mundo. Lo cual, por otro lado, debería hacer caer a más de uno en la cuenta de algo importante: que no todos los nacionalismos son iguales (ni igual de vitoreables ni igual de condenables). Al menos, no desde la izquierda. Ni siquiera recordando su internacionalismo.

 Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.



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Escrito por Lluis Pérez   
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