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Recientemente he empezado a usar la bicicleta para dar paseos después del trabajo y ahacer algo de ejercicio. Hasta ahora era escéptica sobre las ventajas de ese medio como transporte urbano, pero enseguida he cambiado de opinión.
La bicicleta es rápida. Mucho más que caminar hasta la estación de metro, esperar a que llegue el convoy y atravesar los largos pasilos de transbordo. Es flexible y te da autonomía, lo mismo que los vehículos a motor con la ventaja de que no tienes que preocuparte por dónde la aparcas, y siempre puedes apearte y coger el metro cuando te cansas. No contamina, no hace ruido y puedes alternar entre la acera y la calzada. Además es una buena excusa para disfrutar de la ciudad, detenerse a admirar un edificio o descubrir rincones insólitos. Y es mucho más divertida. Por otro lado cada vez más ayuntamientos ofrecen sistemas de préstamo o alquiler de bicicletas, que permiten al usuario coger el vehículo sólo cuando lo necesita, con lo que no hay que cargar a cuestas con el cacharro ni buscarle un sitio en casa. Ni preocuparse por los robos, claro está. Ni por el mantenimiento. Con semejantes ventajas, ¿para qué quiere uno un coche?
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Escrito por Mireia Ortega
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miércoles, 25 de abril de 2007 |
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