| El ocio a lo largo de la Historia |
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Con este artículo pretendo recorrer muy breve, superficial y descriptivamente la línea histórica que ha seguido el ocio, definido como el tiempo libre ocupado o no, a lo largo del desarrollo de los distintos sistemas económicos.
El ocio está directamente relacionado con la actividad productiva de una sociedad y, por lo tanto y más globalmente, con el sistema económico establecido en ella bajo cada etapa histórica. El ocio no es, en consecuencia, un concepto que se haya mantenido inmutable a lo largo de los siglos, ni tampoco es, por supuesto, una variable más en una fórmula universal aplicable a cualquier sistema económico.
Yendo un poco más allá encontramos que el crecimiento de un sistema económico está relacionado con el nivel de necesidades de los individuos que lo componen, por lo que el ocio se verá influido, igualmente, en este sentido.
Así, hasta el siglo XVI “más de la mitad de los días del año eran fiesta1”. Esto era así porque con el advenimiento de una mejora técnica se lograba reducir el tiempo destinado al trabajo y se incrementaba el disponible para el ocio. La dicotomía era evidente. Las necesidades, producto de los deseos de las personas, se mantenían constantes y la mejora en la productividad no venía acompañada de un crecimiento en la producción.
Fueron los economistas clásicos quienes académicamente ignoraron esta posibilidad al poner la técnica al servicio del crecimiento económico, obligando así a los seres humanos a entrar en una espiral interminable de cegada fe en el crecimiento material.
De este modo, derribadas las barreras de los estratos medievales, la llegada del capitalismo supuso un cambio en la concepción tradicional del ocio.
En la primera fase del desarrollo del nuevo sistema económico los seres humanos tuvieron la desgracia de comprobar cómo sus vidas dependían brutalmente de un concepto tan abstracto como era el crecimiento económico. El capitalismo industrial, que llevaría a Marx a definir la alienación y a revelar la teoría de la plusvalía, estaba aplastando al ser humano en las fábricas. El ocio era entendido como un milagro, apenas disponible para las clases trabajadoras.
Con la llegada del Estado del Bienestar el capitalismo se hace más burocrático, rígido y pesado, pero también más humano y conectado con las necesidades de las personas. De este modo, se reducen las horas de trabajo y se incrementa así el tiempo disponible para el ocio. También empieza a revelarse claramente la clave del capitalismo más tardío: el consumo como clave para el desarrollo económico.
Un sistema económico como el capitalista necesita reproducirse continuamente, manteniendo la producción constante, para lo cual es requisito imprescindible que haya un consumo igualmente renovable. Las dinámicas internas del capitalismo empujaban al individuo a destinar su ocio en colaborar con el sistema, arrastrándolo a los centros de consumo.
Con la llegada del capitalismo globalizado, de la invasión de la esfera pública por las entidades privadas, entran en decadencia las estructuras de poder clásicas, dando paso al poder repartido en el libre mercado: el poder absoluto del capital.
Las actividades productivas cambian de formato y de naturaleza. La precariedad y la flexibilidad se tornan dominantes en la estructura laboral, colaborando en la desarticulación de las instituciones clásicas (especialmente sindicatos). La individualización pasa a ser un fenómeno característico del sistema y deja de existir la colectividad. Que cada uno se arregle con sus problemas.
El ocio se reformula, y pasa a estar determinado ya no sólo por los patrones de consumos clásicos sino también por el deseo individualista de superar los problemas propios a los que uno se enfrenta sin ayuda ajena alguna.
En esta nueva etapa, el individuo solitario tiene cada vez menos acceso a los servicios públicos y está cada vez más atrapado en la dinámica del mercado de trabajo. Depende de él con mucha fuerza, hasta grados insoportables en algunos casos, y anula su capacidad como ser humano para desarrollarse en sociedad.
La flexibilidad provoca que la actividad productiva empape toda la vida cotidiana propia, y la precariedad incrementa la preocupación por el riesgo en la conciencia del individuo. El ocio pierde su condición de tiempo verdaderamente libre y pasa a ser un complemento temporal sacrificable en pos de una situación laborable menos mala.
El ocio actual resulta estar, después de todo, viciado, y sólo encuentra salida en actividades evasivas y basadas en el consumo, normalmente inducido por el sistema económico a través de sus propios mecanismos, especialmente la publicidad orientada, precisamente, al desarrollo individual. 1 J. M. Naredo, La economía en evolución, Madrid, Siglo XXI de España, pag 45.
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| Escrito por Alberto Garzón | |
| jueves, 26 de abril de 2007 | |
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Se traza brevemente una línea histórica de seguimiento del concepto de ocio, a través de su relación con el sistema económico dominante en cada etapa. Mientras en la sociedad estratificada el ocio parece tomar un valor central, la llegada del capitalismo convierte al crecimiento económico en el objetivo central, relegando el ocio a un segundo y marginado plano. El Estado del Bienestar equilibra la dicotomía, pero convierte al ocio en esclavo del consumo. En la fase actual del capitalismo, la de la hegemonía del libre mercado, la actividad productiva baña toda la actividad del individuo, empapando así también el ocio del que pueda disponer y coartando su libertad.







