| Lecturas |
2655  |
|
El ex-presidente Maragall anda últimamente más suelto que nunca. Se queja de que Zapatero le traicionó, de que el presidente español ha pasado de ser un federalista a un felipista, de que su proyecto federal topó con una realidad (la de una España que, en el fondo, no quiere federalizarse) a la que no se supo o no se quiso imponer. Dice que lo del Estatut al final ha acabado en un bluff, que quizá no valió la pena. En definitiva, las palabras de Maragall vienen a ser la expresión de un fracaso: el fracaso del federalismo españolista ante lo que se pretendió cómo su prueba del algodón.
Sería ingenuo creer que en las palabras de Maragall hay simple inquietud ideológica. Seguramente hay detrás de todo una cierta ansia de vendetta contra los que le movieron la silla, empezando por el propio Zapatero. Cómo también es posible que haya una estrategia encaminada a resituar a Maragall en primera línea política vaya usted a saber por qué derroteros y desde qué nicho político. Lo relevante, a pesar de todo, no son éstas consideraciones; el puterio político, al fin y al cabo, forma parte de las declaraciones de casi cualquier político profesional en casi cualquier rincón del mundo. Lo relevante es que Maragall pueda hacer estas declaraciones; es decir, que el momento político así se lo permita. Maragall no hace sino sumarse a las voces que llegan desde el socialismo catalanista (y no me estoy refiriendo sólo al PSC) que se muestran decepcionadas ante lo que ven como un callejón sin salida de un proyecto político, el del federalismo españolista, al que ya no saben cómo poner en práctica. Si ahora que se suponia que los “federales” mandaban arreu (Maragall en Sant Jaume, Zapatero en La Moncloa...) ha sido imposible poner en marcha la federalización en serio del Reino de España, ¿entonces cuándo va a ser posible? En este sentido, como digo, las palabras de Maragall no constituyen ninguna novedad, y no hacen sino sumarse a las de gentes como Miquel Caminal, poco sospechoso de simpatías con el independentismo y que, no obstante, hace cosa de un mes se nos descubría con un valiente artículo en el diario El País donde afirmaba que, si se cumplen los augurios (es decir, si al final el Estatut acaba siendo desnaturalizado del todo, TC mediante), quizá al pueblo catalán no le quede otra salida que la autodeterminación cara a la independencia. “Así es imposible ser federalista”, afirmaba Caminal. La cuestión es que como mínimo Caminal se mojó y dijo las cosas claras: si en esta casa las cosas no funcionan, tal vez seria hora de marcharse. En este sentido, las reflexiones de Maragall le dejan (le deberían dejar) a las puertas de lo que para él debe ser una inquietante pregunta: y entonces, ¿qué? Si la España plural es un cuento, si el federalismo españolista es un imposible, ¿entonces qué salida le queda a un federal convencido? La disyuntiva parece clara: o resignarse a aceptar este estado de cosas y entender de una vez que España es así (así de uniformista, quiero decir) y que en lo esencial no va a cambiar; o apostar por lo otro. Ya saben a lo que me refiero. Lo que yo no sé es cual es la apuesta de Maragall. Por honestidad, debería descubrir, él también, las cartas. Sus cartas. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
Comentarios de los usuarios (1)
|
|
|