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En 'El Gatopardo' (Giussepe Tomasi di Lampedusa, publicada en 1958), Falconeri dice 'si vogliamo che tutto rimanga com´è, bisogna che tutto cambi', o sea, que 'si queremos que todo permanezca como está, es necesario que todo cambie'. Sin duda una expresión acertada del camino que toma el conservadurismo político de la derecha de las élites sociales europeas en búsqueda de su propia supervivencia, al estilo bismarkiano, combatiendo al adversario, el socialismo, la izquierda, en su propio terreno, elaborando una respuesta paternalista que aleje de la revolución a las masas sometidas. Cambiarlo todo para que nada cambie supone a las clases favorecidas ceder espacios de poder y representación, tanto en terrenos políticos como económicos, para a cambio no sucumbir y permanecer en su lugar de privilegio y supremacía social, política y económica.
El actual sistema democrático liberal occidental, basado en el principio de representación, por el que el pueblo, depositario de la soberanía nacional, delega su ejercicio en una serie de representantes, elegidos mediante sufragio universal, libre, igual, personal, directo y secreto, supone un ejemplo paradigmático de cómo cambiarlo todo para que nada cambie. Pero no es el único, también la revolución rusa de 1917, con la instauración ulterior de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas supuso un cambio de la misma trascendencia y profundidad que la democracia liberal de finales del XIX en Inglaterra y otros países europeos, pero no modificó el hecho de que una élite social copaba los resortes del poder, acaparaba las riquezas económicas del país y reproducía una distribución de los recursos económicos desigual, tal y como es el acceso a los bienes y servicios producidos por la sociedad. Es cierto que en el sistema soviético la propiedad de los medios de producción es colectiva, como también lo es la propiedad del producto de la actividad económica, pero no es menos cierto que la distribución, o por lo menos el usufructo y disfrute de esos bienes, así como el acceso a los mismos, es desigual en función de las diferentes categorías sociales, contra las que paradójicamente escribió Marx (y también Engels), soñando en un paraíso comunista sin clases sociales y, por lo tanto, sin esas mismas desigualdades, que jamás llegó. El paraíso democrático liberal capitalista tampoco se ha advenido, en su lugar un triste remedo en forma de tecnocracia representativa de etiología liberal keynesiana, en un 'quiero y no puedo' tan patético como contraproducente, ha condenado a la miseria a una parte importante de las sociedades occidentales y a gran parte del resto de las sociedades del globo, porque el normal funcionamiento del sistema capitalista, siquiera sea matizado por el liberalismo keynesiano (o de la demanda, por oponerlo al de Smith y Ricardo) se fundamenta en las desigualdades sociales de carácter estructural, que definen un modelo social anclado en la imposibilidad manifiesta 'per se' de alcanzar una justicia social mínimamente satisfactoria y que ha alcanzado su cénit destructor en el movimiento globalizador del mercado de las multinacionales de la miseria colectiva. Sin embargo, es en el terreno político donde en las democracias liberales occidentales - triunfantes en definitiva tras el colapso de la Unión Soviética en 1991 - donde se manifiesta con mayor 'crudeza' ese paradigma filosófico de Falconeri en 'El Gatopardo' de Lampedusa, porque el cambio de partidos políticos en el desempeño de las tareas de Gobierno no da lugar a un cambio de sistema, ni siquiera a una redefinición de parte del mismo, sino a una realidad sin solución de continuidad en la que todo sigue igual aunque todo cambie. Es cierto que en España las políticas del PP, que es el partido conservador, han seguido matices propios de las ideologías que confluyen en su acervo político, y que en los Gobiernos del PSOE, sobretodo en el caso de ZP, se han puesto de manifiesto los principios ideológicos de la socialdemocracia europea, cada vez más liberal y menos socialista, pero lo cierto es que, al final, si miramos lo que está pasando, y aún reconociendo que la realidad del modelo es infinitamente más acogedora y satisfactoria cuando gobierna el PSOE que cuando lo hace la derecha montaraz del PP, el modelo, el sistema, las relaciones de producción, las estructuras sociales, no han sufrido sino leves modificaciones que, en todo caso, le han 'lavado la cara'. Los pobres siguen en la pobreza y los ricos se atrincheran en su riqueza, ante una ambigüa 'clase media', absorvida en una espiral de indefinición desideologizante, que va perdiendo efectivos siempre por abajo. ¿Hay solución a corto o medio plazo para esta situación? Es obvio que para empezar a trabajar en una 'solución' se ha de dar por sentado que existe un 'problema', y cuando este 'problema' es estructural, la cosa se complica sobremanera. En realidad, si es cierto mi análisis, que tal vez sea suponer en exceso, el 'problema' es un 'totum revolutuum' gestáltico, que lo abarca todo: el modelo; el sistema; las estructuras sociales; políticas y económicas; las estructuras culturales e ideológicas; en definitiva, el conjunto de toda nuestra sociedad. Y, para cambiar el sistema se debe haber definido, siquiera sea teóricamente otro 'mejor', que avance en conceptos como 'justicia social', 'redistribución', 'democracia participativa', 'republicanismo', que hablarían de una sociedad construida sobre valores diferentes, o por lo menos 'mejorados', pero desgraciadamente este modelo no está definido, o por lo menos yo no lo conozco. Seguramente, en el futuro, alguien dará con la piedra filosofal que transforme esta realidad gris en otra luminosa, pero aunque esto fuera posible, hemos de ser conscientes de que no hay solución a corto o medio plazo, y si lo que queremos es ir 'mejorando' progresivamente hemos de confiar en las fuerzas de la izquierda democrática y en su lento, pesado y enervante caminar dubitativo hacia adelante. Lo que no es aconsejable es abandonarse a las veleidades reaccionarias de la derecha recalcitrante, porque eso, perdónenme en las derechas, es desandar el camino recorrido.
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