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En enero de 1943 un editorial del periódico británico The Times decía lo siguiente: "Después de la guerra, el desempleo ha sido la enfermedad más extendida, insidiosa y destructiva de nuestra generación: es la enfermedad social de la civilización occidental de nuestra época". Hoy, día del trabajo, parece un texto oportuno para encabezar esta entrada.
Dicen que una forma interesante para invitar a la reflexión es imaginar la opinión de un ser imaginario, racional pero descontextualizado, por ejemplo... un marciano. Vamos a seguir este método, tal vez lleguemos a algún puerto; que hoy eso ya es mucho. A él, a nuestro marciano, le supondremos virtudes que nosotros, por lo general, cada vez tenemos menos, tal y como puede ser la capacidad de observar la realidad desde una perspectiva histórica. Resulta que nuestro visitante se ha remontado, acertadamente, al surgimiento del mercado de trabajo, clave del tema que se ha propuesto estudiar. Sus nociones de economía le han llevado a comprender que un mercado es un lugar abstracto donde se intercambian dos productos a cambio de un precio, por lo que ha deducido que ahora el ser humano ha pasado a tener un precio; es intercambiable. Se compra y se vende. Inmediatamente se pregunta: ¿quién es el comprador? Compra, porque es evidente, otra persona que tiene capacidad para hacerlo, es decir, que posee recursos económicos suficientes para estar por encima de la persona comprada. Este comprador es, por definición, la figura del empresario. Así pues, en este mercado hay compradores y vendedores, pero en una proporción muy desigual: muchos más vendedores (de ellos mismos y por razones de causa mayor, sea dicho) que compradores. El marciano observa que las empresas tienen beneficios que se derivan de la generación de plusvalía, término económico que define el valor creado por el trabajador y apropiado por el empresario. Las protestas de los organizados asalariados, antes conocidos como movimiento obrero, son rechazadas continuamente por el poder con recurso a la violencia. El capitalismo sigue desarrollándose, guiado por la ideología liberal, y con él el mercado de trabajo. Las desigualdades se incrementan, y no hay protección ni estabilidad alguna para las masas: esos recursos del capitalista. Llega la Gran Depresión y el desempleo se convierte en una bomba de relojería. Los potenciales trabajadores se adscriben con rapidez a peligrosas corrientes anti-sistema, y luchan desde bandos diferentes reivindicando estabilidad y seguridad. Frente a las altísimas cifras de paro de 22-23% en Gran Bretaña y Bélgica, 24% Suecia, 27% EEUU, 29% Austria, 21% Noruega, 32% Dinamarca y 44% Alemania, dos ideologías antagónicas ofrecen soluciones. En los años posteriores sólo la Alemania nazi y la URSS consiguen acabar con el paro. Algo pasa. El capitalismo reacciona, dirigido ahora por socialdemócratas, y se salva estableciendo sistemas de protección social, incrementando las prestaciones sociales de todo tipo e incentivando el empleo con cargo al gasto público. Disminuyendo la brecha entre ricos y pobres, en definitiva. Los trabajadores occidentales se van conformando y la conclusión de todo esto parece evidente: las personas primero, por favor. Sin embargo, nuestro atento amigo e invitado, observador como nadie, no es capaz de explicarse un fenómeno moderno: la aparente tranquilidad con la que conviven en la actualidad, de un lado, una degradadante situación laboral y, del otro, el conformismo de los afectados. ¿Qué les pasa a éstos? Personalmente compartiría la duda del marciano, pues dado que antes parecía tan clara la conclusión histórica... resulta imposible entender por qué no reacciona nadie cuando a todas luces vamos de camino al infierno. Tal vez sea que los pobres quieren seguir siendo pobres, y que muestran interés en seguir profundizando esa condición suya, como dicen los liberales... o puede ser, por qué no, que no existe un espacio político de reivindicación que canalice su malestar. Puestos a elegir, me quedo con la segunda opción, mucho más plausible. Para mí, el desempleo, y su hijo maleducado el empleo precario, sigue siendo esa enfermedad social sólo superable por la guerra y la muerte. La cuestión es si queremos ser una sociedad sana o preferimos seguir siendo una sociedad enferma.
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