“Entrad en la bolsa de Londres, lugar más respetable que muchas cortes; veréis reunidos a los delegados de todas las naciones para el bien de los hombres. Allí, el judío, el mahometano y el cristiano tratan el uno con el otro como si fuesen de la misma religión y no dan el nombre de infieles más que a los que caen en bancarrota” (Voltaire, Cartas inglesas. Madrid, 1975: 45).
El contrato es una convención, un acuerdo de voluntades que tiene por finalidad engendrar una obligación de una o más personas respecto a otra persona o más personas. El contrato como pacto entre libres supuestos que no implica libres iguales supuestos.
La supuesta naturalidad de las leyes, de los contratos se fundamenta en la creencia de relaciones libres entre iguales. El término libertad, la libre elección no siempre es ejercida por las partes que elaboran un contrato, que establecen una regulación. Las diversas relaciones humanas pueden ser incluidas en una misma definición e incluso estudiarlas como un conjunto, pero no todas las relaciones humanas son iguales, ni se establecen en un marco de vivencia y convivencia. Las relaciones de poder, son relaciones humanas, un tipo de relaciones pero marcadas por la asimetría, como la mayoría de las relaciones establecidas entre los humanos. El libre contrato, tal y como lo ensalza el liberalismo, es por definición perverso. La libertad no es siempre, (valga la redundancia) libremente ejercida y sobre todo igualmente librada. La sociedad actual de mercado globalizado, como la sociedad ilustrada, ejerce su libertad sin importarle etnias, culturas, religiones, géneros, números, porque es en la relación libre asimétrica de poder donde justifica, legaliza la desigualdad, en el caso de las sociedades modernas, aceptadas por el sometido bajo un papel llamado contrato que auto legitima la relación de poder, eso sí libremente aceptada por las partes, al menos aparentemente y legisladamente acatada por las partes.
Con esta reflexión no se pretende malignizar los contratos, las regulaciones y su naturaleza. Pero sí se pretende reflexionar sobre la substitución de lo divino, de lo sagrado, de Dios o de los Dioses, por lo aparentemente secular pero sacramentado como (y nos avisaba Voltaire) es el contrato, el capital, un silente Dios con el que ya hace tiempo que convivimos.
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