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Este viernes 27 de abril de 2007, en el Levante-emv me llama la atención, como habitualmente, la columna de opinión que escribe Juan José Millás. En ella, el conocido escritor, expone su preocupación por la repercusión de la noticia que descubrió el ‘plagio’ que había perpetrado el Partido Socialista de Canarias al copiar literalmente el programa electoral de ‘Ciutadans’, que es un partido político fundado, entre otros, por el actor ‘Albert Boadella’ en Catalunya, en principio y según la opinión del propio Boadella, para ofrecer a la ciudadanía una alternativa electoral no nacionalista, cuyo cartel electoral para las generales de 2004 se hizo famoso al incluir un desnudo integral de su candidato.
Dice Millás, con ese sentido del cinismo crítico que lo caracteriza, que lo ocurrido más que la enfermedad es sólo un síntoma que evidencia la existencia de un fenómeno que hasta el momento parecía en estado de latencia, y que no es otro que ‘El hecho de que los programas de los partidos políticos sean intercambiables’, o lo que es lo mismo, que los partidos políticos no tienen programa propio y sus alternativas electorales no están sustentadas en diferencias ideológicas sino meramente nominativas, esto es, de la conocida metodología política del ‘quítate tú, que me ponga yo’. Señala el autor que ‘estamos en plena hegemonía de los complementos’, o lo que es lo mismo, de los matices, de los retoques, del maquillaje sobre un modelo común y monolítico compartido por todas las opciones políticas y, por lo tanto, inevitable en este contexto. Augura Millás ‘el comienzo de un mundo nuevo’ sobre estos mimbres ‘igualitarios’, porque en definitiva ‘todos tienen el mismo programa’, o lo que es lo mismo, ‘ninguno tiene programa’, por lo que considera que la persona que efectivamente plagió el programa electoral de ‘Ciutadans’ es ‘en realidad un adelantado, un moderno, un hombre de vanguardia, como Ana Rosa Quintana’, concluyendo pues, que ‘el futuro es la copia’. Es cierto, hemos de concederlo, que no es lícito caracterizar una gestalt por la definición de una ínfima parte de su composición, aún teniendo en cuenta que en un contexto gestáltico las partes adquieren una relevancia si no crucial sí al menos muy importante. El hecho de que el Partido Socialista de Canarias plagie el programa electoral de Ciutadans no legitima la conclusión, un tanto precipitada, de que en todo caso y cualquier circunstancia, el escenario es el mismo. Pero sí puede servir como ejemplo paradigmático de un fenómeno global cuya existencia no nos es desconocida sino que más bien está, como se suele decir, ‘al cabo de la calle’, y que no es otro que el hecho de que ningún partido político con alguna probabilidad de ejercer labores de gobierno argumenta cambio alguno del sistema en su propuesta política sino meras cuestiones de matiz, de maquillaje; ‘complementos’ que diría Millás. En mi opinión la ciudadanía toma en consideración a la hora de depositar su confianza en una opción política de gobierno factores que no tienen que ver con ningún vector ideológico, o por lo menos que tienen mayor importancia que cualquier cuestión ideológica de fondo, sino con la imagen de la candidatura, el carisma, la adhesión a unas siglas, o la convicción de que ‘el otro partido’ siempre es peor. Podemos pensar que esto es así en función de una desideologización de la ciudadanía, cuya jerarquía de prioridades no incluye aspectos ideológicos, o si lo hace éstos aparecen en los últimos lugares; pero también podemos pensar que este proceso lo han iniciado los propios partidos políticos, empeñados en que sus dirigentes ocupen cargos de poder para gestionar en beneficio propio el sistema y, por lo tanto, hayan excluido de sus propuestas cualquier voluntad de cambio. Posiblemente se trate de tendencias concomitantes que han contribuido, si no a partes iguales sí de manera equitativa, a que la participación política de la ciudadanía esté en horas bajas. Y, en este sentido, a buen seguro ha tenido alguna importancia el hecho de que la ciudadanía perciba a la profesión política como un estamento social ‘privilegiado’ cuyo acceso está regulado por las estructuras de poder de los partidos políticos que en definitiva exigen a sus representantes como mínimo la sublimación de su pensamiento político a las consignas partidistas y como máximo apoderan a trepas bronceados cuya única motivación es el enriquecimiento propio, de familiares y amistades allegadas. ¿Es este un mundo nuevo, como asegura Millás en su columna de opinión? Probablemente a él se lo parece, porque posiblemente sus mimbres ideológicos no le permitan concebir la situación actual como la continuación – iba a decir ‘culminación’, pero mucho me temo que iba a equivocarme – de un proceso de progresivo desprestigio de la política. Se hace necesario en este momento señalar que las presiones del sistema económico para desembarazarse de la intervención de los Estados e implantar la ‘dictadura del mercado’ – empleo terminología marxista de manera consciente y deliberada – basada en el paradigma ‘sálvese quien pueda’, están preferentemente dirigidos al desmontaje de las estructuras de poder colectivas entre las que sobresale, por su importancia, la democracia liberal parlamentaria, que tiene la fea costumbre, sobretodo para las multinacionales del capital especulador, de poner reglas a los mercados. Igual es que soy un paranoico.
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