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Llevamos años oyendo los malos augurios que le esperan a la industria del ladrillo, sin que hayamos podido observar un cambio significativo en su comportamiento. Se sigue especulando, se sigue construyendo y los precios de la vivienda siguen subiendo a pesar de las anunciadas frenadas.
¿Es posible imbuir algo de sentido común en ese sector? Lo dudo. La economía actual funciona en base al beneficio a corto plazo, si descontamos las estrategias de marca de las grandes corporaciones. Las cigarras se ríen en la cara de las hormiguitas que nos fabricamos nuestro futuro poco a poco, tal vez porque saben que el hormiguero que tenemos arrendado es propiedad suya. Hará ya más de una década, los empresarios turísticos estaban preocupados por el futuro de ciertos enclaves costeros que habían sucumbido al hormigón y estaban siendo olvidados por los turistas habituales en favor de nuevos destinos. Se lanzaron a buscar alternativas a los hoteles de sol y playa; trabajaron codo con codo con los ayuntamientos para recuperar al menos en parte la belleza de esas costas que antaño habían atraído a sus clientes. Parecía que había una esperanza para las maltrechas costas españolas... Entonces cayó el muro, se desmoronaron los regímenes soviéticos, y del otro lado del telón de acero empezaron a fluir hordas de nuevos ricos que se lanzaron a ocupar los desiertos establecimientos hoteleros. Junto a ellos venían aún más turistas no tan ricos que querían aprovechar las increíbles ofertas de temporada baja. Y de pronto, el ecologismo dejó de interesar a los empresarios del sector, porque ya tenían una nueva fuente de ingresos a la que exprimir. O sea que no aprenderán. Donde quiera que haya un nicho de mercado, allá se dirigirán en su actividad crematística, hasta que no quede más ubre que ordeñar. Si queremos evitar la catástrofe, no debemos dejar la economía en sus manos.
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