| La lógica del verdugo (I): siguiendo órdenes |
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Una de las preguntas recurrentes cuando se habla de los horrores de la guerra, sean pasados o recientes, es entender por qué los verdugos pueden cometer atrocidades. Qué motivos, qué procesos mentales permiten que un soldado o un miliciano, cuando se le pide que dispare o torture a un individuo, ejecute la orden, a menudo sin rechistar. El dilema, el interrogante, es saber si la "defensa Nuremberg" diciendo que uno sólo seguía ordenes tiene algo de cierto, o es sólo una cortina de humo para ocultar maldad.
Eso se preguntaba Stanley Milgram, un psicólogo de Yale, en 1961, unos meses antes que empezara el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén. ¿Realmente un criminal de guerra podía argumentar que "sólo seguía ordenes" mientras mandaba miles de personas al exterminio? A Milgram, como a otros muchos, la explicación le parecía cínica. Aún así, sintiendo curiosidad, decidió ver qué había de cierto en esa línea de defensa mediante un pequeño experimento. La idea era reclutar a un grupo de personas para que colaboraran en un experimento sobre el aprendizaje, cobrando una pequeña cantidad de dinero. Una vez en el laboratorio con otro voluntario, un doctor con bata blanca les recibía, y sorteaba quién iba a tener el papel de "profesor" y quién de "estudiante". El tipo que salía escogido profesor se le decía que tenía que sentarse delante de un panel con mandos, y leer pares de palabras que el estudiante debía repetir. Si la respuesta era incorrecta, debía darle a un dial para seleccionar un voltaje, y darle una pequeña descarga eléctrica al alumno, que iba aumentando tras cada error hasta llegar a 450V, con gritos y quejidos progresivamente más desesperados del pobre estudiante. El núcleo del experimento, evidentemente, no era el aprendizaje; tanto el "doctor con bata blanca" como el "alumno" eran actores, y el voluntario siempre era "profesor" merced de un falso sorteo. Lo que le interesaba a Milgran era ver como reaccionaban los voluntarios a las órdenes de freir a descargas eléctricas (ficticias, evidentemente) a un tipo que no conocían y que gritaba, protestaba y pedía clemencia, hasta llegar a quedar casi inconsciente. Antes de empezar con las pruebas, Milgran realizó una pequeña encuesta entre estudiantes y profesores del departamento, preguntándoles qué porcentaje de individuos llegarían a los 450V. El consenso fue que un porcentaje pequeño de la poblacíon (sobre un 1-1,5%) tendría el impulso sádico de freir a un pobre desconocido hasta esos extremos. Para horror y sorpresa de Milgram y todo el departamento, el resultado fue bastante distinto: un 65% de los voluntarios llegó a los 450V, y nadie paró antes de los 300, con el actor ya desgañitándose de dolor desde hacía rato. Si bien un número considerable de individuos mostraron reparos y protestaban, una mayoría abrumadora seguían torturando al pobre tipo hasta el final, siguiendo órdenes sin rechistar, a pesar que dejar de cumplirlas no conllevaba castigo alguno. Repeticiones posteriores del experimento con la misma configuración han mostrado porcentajes de obediencia muy parecidos, sin que haya diferencias sustanciales en sadismo entre hombre y mujeres. ¿Qué estaba sucediendo? Algunas variaciones sobre el mismo escenario siguiendo a este primer experimento dan pistas sobre la lógica detrás de estos números. La eliminación de la mampara entre víctima y "profesor", por ejemplo, hacía que la obediencia disminuyera; pedir al voluntario que tocara a la victima tenía el mismo efecto. Si se añadía un segundo falso profesor ayudando al pobre voluntario, la obediencia aumentaba aún más (hasta un horrilante 95%); si en cambio el doctor no llevaba bata blanca, la obediencia disminuía de nuevo. Si en vez de hacerse en Yale las pruebas se realizaban en una oficina anónima, el número de participantes que llegaban hasta el final caía hasta un 47.5%. Con esto podemos sacar algunas conclusiones. La primera, y más aterradora, es que los seres humanos tenemos una aterradora tendencia a seguir órdenes. La segunda, y casi tan grave, es que el grado de obediencia parece tener poco que ver con lo que se nos pide, y mucho con el contexto y con quién está diciéndonos qué hacer. Para empezar, nos ciega el prestigio; si el que da la orden parece que sabe lo que hace, viene de algún sitio importante o parece recibir pleno apoyo de otra persona, somos muchísimo más propensos a seguir órdenes. Como menos contacto tenemos con la víctima y más alejados estamos de ella, más cumplimos. Y si se nos asegura que lo que hagamos no tendrá consecuencias si algo va mal, aún peor. Sencillamente, cuando Eichmann decía estar siguiendo órdenes, es perfectamente posible que de hecho estuviera siendo sincero. Tristemente, parece que en el contexto adecuado, en situaciones de presión o dejación de responsabilidades, la mayoría de la especie humana es perfectamente capaz de inflingir sufrimiento a terceros sólo siguiendo órdenes. Evidentemente, de dar descargas eléctricas a matar hay una distancia considerable; pero de eso hablamaremos otro día. A todo esto, el experimento le costó a Milgram su expulsión durante un año de la sociedad americana de Psicología, no se sabe si asustados por la tensión que el experimento sometía a los voluntarios o por los resultados de este. Lo cierto es que hoy en día sería imposible hacer nada por el estilo en Estados Unidos; ninguna universidad permitiría que algo tan duro y políticamente incorrecto le dejara abierta a pleitos.
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| Escrito por Roger Senserrich | |
| miércoles, 09 de mayo de 2007 | |
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