| Caperucita roja y Hitler |
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Érase una vez, un país muy, muy cercano… donde vivía una preciosa niña, de dulces cabellos e inocente mirada… bondad innata –de esas que desarman–, y de nombre, Libertad… si bien todos la conocían como Caperucita, por su costumbre de llevar un gorro frigio colorado –un regalo viejo de familia, que guardaba con afecto y lucía con orgullo–.
Caperucita era huérfana; hacía ya algún tiempo que la desgracia se había cernido sobre su familia, obligando a su madre –María Ana–, a emprender un viaje del que jamás pudo volver… quizá junto a su padre –Lluis, un honrado y humilde pastor–, que murió a manos del tito Paco, que era un bruto intencionado, un hombre de armas tomar, al que poco importaban los demás y al que Caperucita no llegó a conocer. Dicen que se marchó a vivir al pueblo de al lado, donde ejerció como alcalde no-electo, y rico ganadero –de los de buen olor y suaves manos–. A veces, Caperucita se preguntaba por qué viviendo tan cerca, jamás se habían visto… ella sabía quien era él, pero él, seguro que de haberla visto no la habría reconocido; en fin… cosas de mayores. Sea como fuere, de todo eso hacía ya mucho tiempo, y, aunque la memoria estaba intacta, la vida sigue, y Caperucita se encontraba ya en esa edad en la que una se da cuenta de que –después de todo–, los sueños pueden ser verdad. Aunque los mejores sueños no se sueñan, hay que trabajárselos, valorarlos justamente, y mantenerlos vivos, cambiantes… Libertad se lo cuestionaba todo. Incómoda como estaba, en mitad de un bosque de altas copas, sin apenas luz para las flores, ni más color que el gris de los chopos, algún viejo roble y esas encinas del siglo pasado. Tampoco era cuestión de talarlo, ni quemarlo –como hicieran otros–, pero los pantanales la asustaban, acostumbrada como estaba a correr por las praderas, tenderse de espaldas sobre la hierba, abrir los ojos y trazar figuras con las nubes, sobre el azul infinito. Caperucita conocía bien el lugar, pero no lograba comprender la razón por la que había zonas con árboles de troncos inabarcables, cuyas raíces descubiertas se adentraban en el humedal… y terrenos de secano, inertes a primera vista, pero fértiles en su corazón… sedientos de una lluvia que alguna vez regresaría. Estaba segura de que algún día las cosas serían de otro modo, que no habría tantas diferencias. “Si la luz del Sol llega por igual tanto al pantano como a la pradera, si ambos están sobre la tierra, y entre los dos no hay verdaderas diferencias…”, pensaba… “otro bosque es posible”. Pero Caperucita no era tonta, –soñadora quizá–, pero no ilusa; sabía muy bien que algunas personas mayores se hubieran reído de sus sentimientos. Le habrían dicho que “las cosas son como son”, porque “siempre han sido así”, que todo era “cuestión de inercia”. Y llegó un día en el que Caperucita debía visitar a su abuela, en el lado opuesto del bosque. Estaba un poco apartado, pero a fin de cuentas, no era la primera vez que iba a verla y conocía bien el camino. El caso es que nunca antes había ido sola, y sabía de los muchos lobos que podía encontrar por el camino. Animales feroces a los que daba nombres de persona, haciéndolos más humanos… fantasías de niña –como mirar hacia otro lado–, para sobrellevar el temor. Primero estaba el lobo Eduardo, que levantaba mucho polvo al correr, pero nunca la perseguía más de 50 metros… apenas una pequeña carrera. Luego estaba Federico –nada que ver con Don Federico, el joven profesor de literatura–, este Federico era un lobo aullaba penetrante –como de hiena–, pero el pobre no parecía ignorar que eso delataba su posición, por lo que no era muy de temer. También estaba Ángel, un lobo que procedía del interior del bosque –inofensivo, a su pesar–, pues era movimientos torpes. Y luego estaba el bueno de Mariano, un lobezno engañado, al que los demás utilizaban como señuelo para sus tácticas de presa en manada… aunque todos los niños se sabían la treta. Nada que ver con viejas historias de atajos y cazadores. Aquí, los llamados cazadores estaban de campaña en un bosque lejano, y realmente tampoco eran cazadores, sino pirómanos y locos incendiarios, que, ansiosos por construir una urbanización, pusieron su mirada en un hayal ajeno… cosas de mayores. La abuela –gaditana ella–, esperaba pacientemente en cama, arropada por la razón, y confiada de la puntualidad de su nieta, que pronto volvería a iluminar todos los rincones de su casa, con su renovada juventud, sus nuevas preguntas, su mente inquieta y su alegre mirada. El abuelo se llamaba Hitler, –bueno, en realidad ya no era el abuelo–. Hace muchos, muchos años, consiguió liar a la pobre abuela, y aprovechándose de su buena fe, llegó a desposarla, pero la cosa no duró mucho tiempo, porque Hitler era de ese tipo de personas que se creen con derecho a destruir lo que dicen amar. Viejo amigo del tito Paco –del que ya nadie se acordaba–, pero más longevo, consiguió llegar hasta nuestros días, y ahora se dedicaba a la curiosa labor de cuidar de los lobos… nadie sabe si había conseguido domesticar a éstos, o más bien aquellos le habían terminado de embrutecer… el caso es que le consideraban una especie de líder de la manada, y se había establecido entre todos ellos una relación de mutuo interés que habían decidido imponer al resto de los asustados animales del lugar. Los lobos cazaban para el viejo Hitler y su prole –cada vez más numerosa–, que se alimentaba de restos de carroña por la que no tenían que hacer nada, rememorando una costumbre que se perdía en la noche de los tiempos, pero que –a su pesar–, tenía los días contados. En efecto, Caperucita no estaba sola, y su abuela lo sabía, otros muchos niños estaban dispuestos a seguir su ejemplo, a soñar las mismas cosas y hacerse las mismas preguntas… a cuestionar “la inercia”, a crecer juntos y darse cuenta de que no hay sueños imposibles. Porque no hay mal que 76 años dure. Y colorín colorado… ¡salud y Repúlica! Jaume d'Urgell www.contralamonarquia.es
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| Escrito por Jaume d'Urgell | |
| martes, 14 de marzo de 2006 | |
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Érase una vez, un país muy, muy cercano… donde vivía una preciosa niña, de dulces cabellos e inocente mirada… bondad innata –de esas que desarman–, y de nombre, Libertad… si bien todos la conocían como Caperucita, por su costumbre de llevar un gorro frigio colorado –un regalo viejo de familia, que guardaba con afecto y lucía con orgullo–.






