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Definir un término político, y aún una etiqueta política, no es una cuestión trivial. Las palabras son muy cotizadas en el mercado de valores político. Los movimientos y partidos más avispados se preocupan mucho de guardar sus términos y de pescar en aguas ajenas con el objetivo de robar a sus competidores aquellas palabras suyas que funcionan mejor en los debates, académicos o no. Lo vemos, por ejemplo, en el conservadurismo que ha tomado el control de la política occidental desde los años 80 hasta aquí: las palabras "libertad" y "democracia", de sabor tan irremediablemente izquierdista hasta entonces, han llegado a nuestros días como sinónimos del modelo de sociedad que la derecha intenta implantar. Lo peor es que en no pocos casos la propia izquierda ha actuado como cómplice inconsciente de sus propios ladrones de palabras.
Con la socialdemocracia corremos el riesgo de que nos pase lo mismo. Por un lado, los sectores más liberaloides del centroizquierda europeo intentan presentarse a si mismos como los auténticos valedores del espíritu de la socialdemocracia, relegando a las tendencias más socialistas de ese espacio político a un supuesto atraso que las colocaria al lado de los comunistas más trasnochados. Por otro lado, y de manera más alarmante, observamos una tendencia de numerosos sectores de la derecha de toda la vida a intentar apropiarse del término. Así, el partido hegemónico de la derecha brasileña se llama "Partido Socialdemócrata"; o, de manera más cercana, Xavier Trias, candidato a la alcaldía de Barcelona de la derecha regionalista catalana, se proclamaba a si mismo "socialdemócrata" hace no mucho. En estas condiciones, los que nos consideramos partícipes, de uno u otro modo, de la tradición socialdemócrata deberíamos ir pensando en poner en claro cuales son nuestras señas de identidad; cuales los elementos que nos diferencian de otras tradiciones políticas. Una tarea que, por cierto, nunca ha sido objeto de mucho interés por parte de los socialdemócratas.
El problema es que la tarea en si no es fácil. No definir un término de manera clara durante décadas, y aún siglos, tiene el efecto de que su significado acaba dispersándose. Así, si definimos como "socialdemócrata" a todo aquel que sea partidario de la redistribución de la riqueza deberíamos incluir dentro de la socialdemocracia a no pocas tendencias de la derecha. Si definimos a la socialdemocracia como "socialismo reformista", la definición también se nos estira hasta incluir a toda una serie de partidos comunistas que, en la práctica, han dejado a un lado sus aspiraciones revolucionarias. Y así un largo etcétera. No obstante, no se trata de un problema insalvable: en los casos en que un término se vuelve polisémico, sigue siendo de recibo poner en claro sus diferentes significados. En concreto, creo que hoy en día el término "socialdemocracia" se usa de manera habitual en tres significados distintos que, no obstante, guardan relación entre si:
1) El primero seria un significado que remitiría a un movimiento político históricamente localizado, que nacería en el siglo XIX y se extendería hasta nuestros días. A priori resulta difícil acotar los límites del movimiento socialdemócrata por cuanto, como hemos dicho, no son pocos los partidos y dirigentes que se han adscrito a este espacio, como quién dice, por la cara. Sin embargo, hay una piedra de toque que, aún imperfecta, resulta eficiente: la socialdemocracia, como movimiento, estaría constituida por aquellos partidos, organizaciones y activistas que se reconocen en, y que son reconocidos por, la tradición de la Segunda Internacional, hoy encarnada en la Internacional Socialista. Nótese que aquí hay abierta una posibilidad: que uno se reconozca en esta tradición pero que no sea reconocido por la misma. Seria el caso de Eusko Alkartasuna y, cada vez más, de ERC. Seria ésta una definición política de la socialdemocracia, que equivaldria a "adscripción a la tradición de la Segunda Internacional".
2) El segundo significado se referiría al ideario y, más concretamente, a los fines y a los medios que se está dispuesto a utilizar para alcanzarlos. El fin de la socialdemocracia seria el socialismo, en alguna de las múltiples definiciones que admite este término. Los medios, la lucha electoral y parlamentaria en democracia, que servirían para poner en marcha las reformas necesarias para la realización del socialismo, se entienda lo que se entienda por éste. Sería ésta una definición ideológica de la socialdemocracia. Aquí, socialdemocracia sería sinónimo de "socialismo democrático y reformista".
3) Finalmente habría un tercer significado del término, referido a la práctica: los socialdemócratas serían aquellos que, desde un poder conseguido democráticamente, emprenden reformas graduales destinadas a: 1) redistribuir la riqueza en favor de las clases bajas; 2) controlar el poder de la propiedad privada capitalista; y 3) velar para que el mercado vaya en la dirección del interés general, corrigiendo sus fallos allí donde sea necesario. Seria ésta una definición práctica, que vendría a significar "intervencionismo económico de signo igualitarista".
La ventaja de esta triple definición es que permite delimitar, por así decirlo, la "cuota de socialdemocracia" de cada partido o dirigente. Así, ERC o EA cuadrarían en gran medida con las dos últimas definiciones y solo parcialmente con la primera, en tanto que el New Labour de Tony Blair entraria de pleno en la primera definición, solo a duras penas en la segunda y de ningún modo en la tercera. Y lo que es más importante: Xavier Trias no cabría en ninguna de las tres (muy por los pelos en la primera, y tampoco). La claridad terminológica, en fin, tiene la virtud de destapar a los charlatanes. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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