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Esta increíble proposición es la que el candidato de Convergencia y Unión pensó antes de proclamarse socialdemócrata y reivindicar el espíritu olímpico de la Barcelona 92’. Esta afirmación, lógicamente, da de bruces con la más pura y genuina expresión de los que ha sido Convergencia dirigida y guiada por Jordi Pujol.
El nacionalismo catalán defendido por CiU ha sido un nacionalismo basado en la tradición germánica con la inspiración de Herder como fondo. Un nacionalismo organicista e historicista asentado en la concepción de Cataluña como un ser vivo, una nación espiritual, una esencia. Si para Herder Alemania era un espíritu, un genio, el Volkgeist, para Pujol Cataluña era la esencia a guardar y proteger después de años de privaciones. En este tipo de concepción del nacionalismo, el individuo, el ciudadano, no significa nada, puesto que el ciudadano debe someterse a la etereidad del espíritu. Nación es tierra, es espíritu palpable, está por encima de lo humano. No hay en el nacionalismo de Pujol la voluntad de pertenencia, se pertenece por inmanencia, como mucho acepta la petición y es otorgada como un don. Nada que ver con la socialdemocracia, centrada en el individuo y el colectivo de individuos. El nacionalismo que representaba CiU era de corte burgués con un aire de centrismo dada la indiosicracia de la población catalana, muy variada y heterogénea como para mostrar una inclinación especial de clase tanto económica como de origen. Por este motivo se jugó al centrismo y a la equidistancia. Y les dio buen resultado, de ahí las victorias constantes durante veintitrés años en la Generalidad. Ahora la afirmación de Trias, esa proclama socialdemócrata es el intento de “recuperar” la ficción involutiva de Cataluña en los últimos años. La Cataluña y la Barcelona del 2007 nada tienen que ver con la Barcelona del 78, o del 92. Los tiempos han cambiado y el Volkgeist catalán es cada vez más mestizo. Este Volkgeist no existe en cuanto oposición a España o a lo acaecido hace trescientos años. Ahora los referentes son Europa, el mundo, la globalización. La simplificación discursiva de lo propio, (Cataluña) y lo extraño (lo no catalán) ha perdido su sentido, pasando a ser lo globalizado que mira al futuro, lleno de incertidumbres y contradicciones, frente lo anacrónico y local, a veces fácil y agradable, pero extraño para sus participantes. De ahí viene la necesidad de un político de autoproclamarse socialdemócrata, porque lo socialdemócrata está globalizado, está en el mundo, en cuanto que existe. En cambio aquellas propuestas que funcionaron para los convergentes hará diez años, sin ser cambiadas poco sentido tienen en la actualidad, en cuanto que posiblemente ya no existan. Por esto estas proclamas, a parte de un posible engaño electoral entran en la normalidad de la globalización, en la dicotomización de la realidad entre el liberalismo, antaño la derecha y la socialdemocracia, antes las izquierdas (en toda su amplitud y variabilidad). Aunque la realidad es suficientemente variada y rica para no platonizarla, para crear sólo dos categorías, lo blanco y lo negro, lo ideal o lo real, lo bueno o lo malo. A pesar de todo los colores existen, y también existen los colores en la política. Es aconsejable que los políticos crean en la variedad y no en el bi-cronismo, puesto que reducen la capacidad de identificación con la ciudadanía y a la postre ayudan a que la gente huya de lo político. Si es blanco o negro la democracia lo tiene crudo, hay que creer en los colores y los políticos tienen que buscarlos.
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