| Apología del pensamiento único |
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No hace falta darse cuenta de que existe una verdadera revolución contra la dictadura de lo políticamente correcto. Nicolas Sarkozy, en nombre de esa falta de tabúes, se permitió decir ante las cámaras que tendía a creer que la pedofilia tenía un origen genético (sic). En España por supuesto, participamos de esa tendencia revisionista: el consenso del 78 ha dejado de ser válido y a un lado y otro del espectro político se cree necesario declarar el auto de procesamiento de la historia. Mas allá, parece posible imputarse mutuamente, calificativos de asesinos, ladrones, traidores. No, no nada de tibiezas: hay que decir bien alto eso que todo el mundo piensa pero que nadie se atreve a decir. Debe haber quien cuestione esas verdades universales dictadas por la santa inquisición de lo políticamente correcto. Vimos como un “experto” decía en el senado que en su opinión la homosexualidad era algo así como un perversión. Por toda la blogosfera progresista puede verse la demonización de todo lo que huela a religiosidad, cristiandad, protestando contra el adoctrinamiento ejercido por los malvados vestidos de sotana en las aulas escolares. Las tendencias feministas o GLTB han pasado a ser una especie de “Asociación de Mujeres Violentas”. Hemos reivindicado del derecho a “mandar a la mierda a la puta España”. Es evidente que algo ha cambiado. Existe una verdadera ofensiva contra el talante y las formas.
Debo admitir que mi limitada capacidad intelectual no me permite comprender la magnitud del progreso de semejante liberación. Tal vez mi procedencia de clase media y multi-identitaria ha alienado tanto mi intelecto que no consigo ver con la misma claridad que los demás. Pero el hecho es que, el grado de violencia creciente, en el lenguaje y en la forma de razonar y de argumentar, me ahuyenta. Pero debe ser cierto que es así, puesto que todo el mundo lo acata. Debe tratarse de un estadio superior de la civilización. Sin embargo, me cuesta entenderlo. Ortega decía hace menos de ochenta años que “La civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio” decía entonces que los métodos de acción fascistas y bolchevistas, basados en la acción directa consistían en “invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio, como única razón. Es ella la norma que propone la anulación de toda norma, que suprime todo intermedio entre nuestro propósito y su imposición”.
Falto de capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, me inquieta ver esta deriva hacia la acción directa. Me inquieta “la escasez de la cultura intelectual española” que se manifiesta “no en que se sepa mas o menos, sino en la habitual falta de cautela y cuidados para ajustarse a la verdad”, como decía Ortega y añadía que “Seguimos siendo el eterno cura de aldea que rebate triunfante al maniqueo sin haberse ocupado antes de averiguar lo que piensa el maniqueo”. Los ataques ad hominem de los que han sido objeto personas como Eduardo Madina, Gregorio Peces Barba o Pilar Manjón me horrorizan. Me horroriza el triunfo de la dialéctica smichtiana donde la esencia de lo político consiste en definir quién es el enemigo. La nueva política nos obliga a elegir bando, a acatar sus normas y a ser tachado de traidor o tibio en su defecto. La caza de brujas macartista ha comenzado: cualquier intento de disidencia será duramente reprimido, cualquier mano tendida al diálogo será cortada. La convivencia pacífica ha sido reemplazada por la violencia entre bandos.
Como socialdemócrata, reconozco cierta lealtad hacia el orden establecido como principio para el cambio. Hablemos, discutamos, contrapongamos opiniones y busquemos la mejor solución. Sin embargo, la actividad intelectualmente elevada que era el debate ha dejado de ser tal: hoy el debate no consiste en el intercambio de ideas como eso que Ortega llamaba “un jaque a la verdad”, el debate ha dejado de ser el instrumento de la búsqueda de soluciones. Hoy los debates parecen mucho más una escena más para practicar la violencia retórica, la batalla de las opiniones donde lo que importa es vencer y cuya primera víctima será, inevitablemente, la paz y la verdad. Aparece un nuevo tipo de hombre que “no quiere dar razones ni quiere tener razón”. Cualquier intento de represión de este modo de actuar y de pensar se ve contrarrestado por “la resistencia contra el pensamiento único”.
Cuestionar el orden establecido, denunciar la conspiración allá en donde se encuentre: ese el nuevo modo de acción. No importa lo que se diga o se haga, lo importante es quién lo diga o lo haga: el enemigo o el amigo, eso es lo relevante. Cualquier objección respecto a la verosimilitud de la inminente confrontación anunciada por el nuevo modo de actuar o de la existencia misma de esta, es tachada de buenismo o de ingenuidad. Izquierda-derecha, liberal-progresista, capitalista-burgués, Español-Antiespañol, Occidente-Eurabia, hombre-mujer: define tu pertenencia para saber si eres o no de los nuestros. “La masa-decía Ortega- no desea la convivencia con lo que no es ella. Odia a muerte lo que no es ella”
Siento estar anquilosado en la reaccionaria idea de que la buena educación es algo superior a la mala y sobre todo, que no esta no reside ni básicamente en el lenguaje ni en las formas sino que es una cualidad del espíritu que las demás personas educadas presienten en quien la posee. Parece evidente que la nueva política no es para los que como yo seguimos siendo partidarios del “pensamiento único” de la civilización.
Artículo publicado inicialmente en www.auxarmescitoyens.blogspot.com
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| Escrito por Citoyen | |
| lunes, 14 de mayo de 2007 | |
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El candidato conservador a la presidencia de la República francesa (cuando lean esto tal vez sea el presidente electo), Nicolas Sarkozy presume de algo: hablar sin tabúes. Existe de un tiempo a esta parte una tendencia a ambos lados del panorama político de liberación del corsé que antaño imponía el pensamiento único del tabú. Las grandes convenciones formales van a ser, una por una, revisadas intensivamente en nombre de la libertad de expresión.






