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Si alguien me preguntara con que tono calificaría las afirmaciones de Maragall del otro día, yo respondería que el tono no era de alegría, era de desaliento. Llámenle mal menor, llámenle como prefieran, pero lo cierto es que todos estamos de acuerdo en que cuando una oportunidad histórica así puede peligrar, nadie aplaude. Poco a poco, y con matices, una mayoría de españoles aceptan que a Cataluña, Euskadi o Galicia, como hipótesis, puede dejárseles la puerta abierta para la segregación de España si la inmensa mayoría de sus ciudadanos así quisieran. La cuestión aquí no es esa. La cuestión es si esa imagen de una silla vacía en la mesa y una puerta abierta es una imagen alegre o triste; si es el producto de un acierto, o de un fracaso colectivo.
Se dice, se cuenta, se comenta, que la relación clásica entre Estado y nación está muerta. Es posible, dado que las naciones ya no tienen porque tener su correspondiente Estado, ni los Estados deben tener su correspondiente nación, sin embargo, siendo una relación cuestionable, ya no tan evidente, parte de su lógica sigue impresa en muchas realidades. Las propias Comunidades Autónomas en España existen porque existen ciertas identidades y sentimientos de pertenencia. Por tanto, si bien es cierto que las identidades no tienen porque repercutir en una siempre existente superestructura política, ya sea gobierno regional o Estado, muchas veces sí legitiman tales realidades jurídico-administrativas.
Todas las fronteras administrativas de todos los Estados del mundo han sido producto, en mayor o menor grado, de guerras, masacres, invasiones, conflictos entre sociedades y gobernantes, herencias dinásticas, etcétera. La humanidad no viene de un mundo democrático y libre, sin embargo ahora en gran parte del globo sí disfrutamos de soberanía popular. Por lo tanto, ahora la pregunta que nos deberíamos hacer es que queremos hacer con nuestro mundo, y cuales son los instrumentos de los que queremos dotarnos para alcanzar, en lo posible, nuestra visión paradigmática de la sociedad.
El socialismo de izquierdas es internacionalista, y esto significa, como el propio concepto determina, que es indiferente al hecho nacional, exista, o no. Que España sea una sola nación, o varias, no es un impedimento, ni debe serlo para un socialista, para el pleno desarrollo práctico de nuestra visión ideológica del mundo. La derecha política en España pretende convertir la nación española en un todo o nada para la izquierda, hasta el punto de dar a entender que, o uno se siente español, o no puede ser socialista, lo cual es, cuanto menos, estrambótico; es como exigirle a un agricultor que para serlo debe estudiar ingeniería aeronáutica, es absurdo, dado que de eso no trata su trabajo.
Para defender una Administración Central del Estado fuerte, con competencias y financiación, no es necesario sentirse más o menos español, con ser socialista es más que suficiente, es más, es un garante más fuerte para sostener dicha postura, dado que un socialista no necesita sentirse más o menos de cualquier sitio, con creer que debe haber una estructura común, política y financiera, que de cobertura social y económica a toda la sociedad, empezando por los más desfavorecidos, es suficiente para que cualquier socialista quiera ponerle tope a las tesis descentralizadoras más radicales.
Leí en su momento algunas interesantes reflexiones de responsables del PSC, en los cuales se planteaba el hecho de que la solidaridad siempre es más entendible y viable en comunidades con un fuerte sentimiento de pertenencia. En esta tesis se pretendía, precisamente, engarzar el catalanismo y el socialismo. Es más fácil pagar impuestos y ser solidario en una comunidad de la que te sientas parte, es cierto. De hecho, por esa regla de tres, al PSOE le saldría rentable propugnar el españolismo, y a Zapatero envolverse en una bandera de España, sin embargo, ¿se puede olvidar la vertiente de asepsia que el socialismo tiene con respecto al hecho nacional?, yo soy de los que opina que no.
Sin embargo, si queremos ceñir el debate al espacio exclusivamente identitario, se exigen elementos distintos; cambiamos de contexto, cambiamos de elementos de juego y cambiamos de actores. Ya no hablamos de economía o política social, hablamos de personas, sentimientos.
El caso español no es distinto al de cualquier otro país. Somos producto de nuestra historia, con nuestros espacios comunes y nuestras singularidades. Es cierto, y es así, que tenemos siglos de historia compartida. En muchos casos sangrienta, pueril y violenta, sin embargo así es el pasado de cualquier nación con la cual queramos ejemplificar. Solo de imaginar si los norteamericanos no hubieran superado nunca su guerra civil entre el norte y el sur, a uno se le haría imposible pensar en una nación estable y próspera como son los Estados Unidos de América, con todos sus defectos, pero ahí está, en el mapa.
Es un grave error convertir un posible sentimiento de pertenencia a España en una obligación cívica; España no puede ser causa, sino consecuencia, producto de la convivencia, y eso se respira, se siente y se vive. Es escandaloso que hoy en día haya gente que se extrañe por ver a alguien hablar o escribir en catalán, euskera o gallego, o lo haga por ver carteles en dichos idiomas. Eso es España, un país libre, y esa es la realidad.
Cuando uno afirma que las, no se si llamarlas discrepancias identitarias, solo pueden conllevarse en España, lo que hace realmente no es tanto lanzar una hipótesis sobre la resolución de un problema, sino resignarse ante otras hipótesis fallidas; no es tanto una alternativa, sino la misma dejación en el abordaje de un problema.
Hay que decir, porque es así, que la clase política no ha estado muy brillante a la hora de crear espacios de convivencia. La sociedad civil ha demostrado en la mayoría de los casos mayor sentido común, y desde luego, en su día a día no tienen tantos conflictos como los que pueden mostrar ciertos responsables públicos.
Aquel concepto para el caso español, que apuntalaron Jordi Pujol, Felipe González y ahora Zapatero, que es el de “nación de naciones” me parece creativo, me parece realista, y me parece la conjunción más sana de aspiraciones y sentimientos varios en un engarce sustentado en el sentido común, la deriva de la historia y la voluntad de millones de ciudadanos que, con su buena voluntad, simplemente aspiran a convivir en paz y concordia, en un país moderno, libre y democrático.
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