Miquel Iceta dijo hace unas semanas algo que lo situó en la mira (dialéctica, se entiende) de todos los independentistas catalanes: que “eso de la autodeterminación” de Cataluña era “una collonada”, que traducido a la lengua de Cervantes vendría a significar “gilipollez”. Algunas semanas mas tarde Miquel Caminal, reputado politólogo de la UB, contestaba a Iceta en un sorprendente artículo publicado en el diario El País. El artículo en cuestión venía a ser una defensa de la autodeterminación como medio legítimo del pueblo catalán de cara a determinar su futuro, algo que para Caminal no es ninguna collonada.
Esto que Caminal parece estar empezando a descubrir ahora, sin duda con amargura, es algo que en Cataluña muchas personas de sensibilidad progresista ya tenemos asumido desde hace tiempo. Somos muchos los socialistas catalanes que no guardamos ningún amor ni aprecio especial a las fronteras de ningún tipo y que, sin embargo, consideramos cada vez mas urgentemente necesaria la creación de una frontera política con España, por decirlo sin ambages ni eufemismos. La relación con España es una relación en la cual, por norma general, los derechos y las libertades de los ciudadanos de Cataluña encuentran mas obstáculos que garantías, mas resistencias que ayudas. La lucha por asegurar nuestro bienestar, que debería ser el objetivo principal de cualquier Estado que aspirase a representarnos, es vista con recelo desde fuera. Y, desde luego, resulta muy desagradable sentarse a la mesa y notar que uno molesta cuando pide el pan.
Que nadie se llame a engaño: no es un problema de maldad esencial, de que en España gobierne una suerte de Mano Negra que aspire a asfixiar a Cataluña por algún tipo de instinto sádico. En realidad, es peor: simplemente, las aspiraciones de Cataluña no se acaban de entender fuera de este país. Las concepciones sobre qué es el interés general en España y en Cataluña son frecuentemente demasiado opuestas como para que se llegue a puntos de acuerdo mediante simple deliberación racional. Esto, en si mismo, no tiene por qué ser ningún problema: siempre se puede constatar que las concepciones en discusión ya no admiten mayor troquelamiento deliberativo y que se debe abrir un amplio, y aun amplísimo, espacio para la negociación, para el “yo te doy a cambio de”. La cosa se complica cuando, como sucede en la relación Cataluña-España, una de las dos partes tiene finalmente la sartén por el mango. Ahí, de un modo natural, los intereses y las concepciones de la parte poderosa son las que se acaban imponiendo con mayor o menor crudeza. Cuando se constata esa desigualdad de poder, la pregunta se impone: ¿que beneficio obtiene la parte débil de ésta relación? Una pregunta que en el mejor de los casos se puede responder con un interrogante, si hablamos de la relación Cataluña – España.
La izquierda independentista catalana comenzó siendo un pequeño movimiento integrado por unas pocas personas que sin esperanza, con convencimiento, comenzaron a denunciar desde muy temprano que el marco autonómico suponía ponerle un techo demasiado bajo a las legítimas aspiraciones de los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña. Andando por el tiempo, la izquierda independentista catalana no solo ha crecido sino que ha logrado transmitir buena parte de su mensaje a amplias capas de la sociedad en principio poco permeables a su proyecto político. El que alguien como Miquel Caminal, federalista convencido donde los haya, empiece a hablar de la secesión como posible última alternativa al centralismo español es un síntoma de que algo empieza a fallar en las esperanzas, seguramente sinceras, que muchos socialistas catalanes (no solo del PSC) han depositado siempre en la tarea que el catalanismo mayoritario se ha autoimpuesto históricamente: arreglar España y convertirla en una patria para los catalanes; en un lugar donde, por decirlo con Cicerón, “se esté bien” (ubi bene, ibi patria). El eco del independentismo catalán en el seno de la izquierda catalana es aún solo eso, un eco. No obstante, si España sigue siendo lo que es (y no hay signos de que tenga voluntad real de convertirse en algo distinto), aquellos que quieran realizar en Cataluña el proyecto igualitario y democrático propio de la izquierda verán como el mas elemental realismo les deja a las puertas de una ineludible pregunta: ¿podemos hacerlo sin separarnos de España?
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