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Niños hiperregalados

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No me gusta la Navidad. Sin paños calientes. Cada año intento no acabar con esta sensación pero, llegados a estas alturas, no puedo más que reafirmarme en mi eterna convicción: odio la Navidad. Y por eso me gustan tanto los Reyes, porque llegado a este punto de inflexión, todo esto se acaba.

Estoy harta de unas fiestas donde todo el mundo debe estar más contento que nunca por obligación, donde el consumismo desaforado hace más evidente que nunca las diferencias de posibilidades, donde la soledad más abrumadora se cierne sobre nosotros para recordarnos aquéllos que faltan. Pero, a pesar de los pesares, debemos ser felices. Por imperativo.

Eso sí, hoy saldré a la calle para ver pasar los Reyes Magos de Oriente -si la lluvia lo permite- en una fastuosa cabalgata que nos hará olvidar por un rato la siempre presente crisis. Sólo por observar la cara de los más pequeños a su paso merece la pena luchar contra viento, lluvia y ancianos que se dejan la piel por un par de caramelos.

Y mañana, por un año más, volveremos a enfrentarnos a un síndrome común que ya ha merecido el estudio de los psicólogos. Lo han bautizado como síndrome del niño hiperregalado. Según los estudiosos del fenómeno, los niños reciben un número desmesurado de regalos durante su infancia. Esto provoca que, en un futuro, esos mismos niños, convertidos en adolescentes y después adultos, sean incapaces de valorar aquello que tienen. Y eso es, sin duda, supone una verdadera pérdida.

Lo vivimos en cada casa. Niños rompiendo envoltorios, uno tras otro, hundidos en una auténtica montaña de juguetes porque sus Reyes no van a ser menos que los del vecino. Y, muchas veces, lo simple gana la batalla. Nos lo demuestran los más pequeños, aquellos que dejan el juguete a un lado para dedicarse en cuerpo y alma a jugar con el papel de regalo que lo envolvía, atraído por su colorido y su textura.

En las casas que nunca ha sobrado de nada y los regalos han sido limitados sabemos bien de qué hablamos. Y aunque las cosas hayan prosperado, conocemos el valor de las cosas. No nos faltó de nada, pero tampoco nos sobraba nada. Cada regalo era una ilusión que iriamos desgranando a lo largo de todo el año, al contrario de lo que hacen los niños en la actualidad, cuando la ilusión por un juguete dura unos segundos.

La felicidad me la han enseñado los que no tienen nada. Mafud y sus amigos me enseñaron cómo se juega en el campo de refugiados saharauis en Tindouf, Argelia. Nos pasamos horas jugando a esconder una piedra y tratar de adivinar en qué montículo de arena se encontraba. Disfrutamos de lo lindo. Y la diversión siguió en toda la wilaia cuando apareció otro muchacho con un balón hecho de trozos de telas desahuciadas.
Superando la cruda realidad, hay quien sabe aprender a ser feliz con lo que le da la vida.
 

Feevy de los colaboradores

Agregador de blogs de www.socialdemocracia.org realizado en feevy y fusilado por Carlos Guadián, refrito por Jéssica Fillol y rematado definitivamente por José Rodríguez.