Mi amigo Jorge San Miguel ha puesto hace un rato el siguiente comentario en twitter:
Lo que va de esto http://youtu.be/zrWYWHtGhRY a esto http://bit.ly/hph6FO . La infantilización del discurso público.
La idea de que nuestro espacio público hoy se ha deteriorado mucho no es nueva ni original. El término “tribuna de oradores” para referirse a ese sitio dónde hablan los diputados en el parlamento sólo es un vestigio lingüistico del pasado sin ninguna relevancia real hoy día. Lo vemos, solamente, comparando el curriculum de los ministros de los tiempos de la transición y los de hoy.
Pero algo que generalmente no se observa es que es la consecuencia de un fenómeno más amplio que es la democratización de la vida pública, algo que para nadie que haya interiorizado el pensamiento sociológico de Ortega debería ser sorprendente:
El imperio que sobre la vida pública ejerce hoy la vulgaridad intelectual es acaso el factor de la presente situación más nuevo, menos asimilable a nada del pretérito. Por lo menos en la historia europea hasta la fecha, nunca el vulgo había creído tener «ideas» sobre las cosas. Tenía creencias, tradiciones, experiencias, proverbios, hábitos mentales, pero no se imaginaba en posesión de opiniones teóricas sobre lo que las cosas son o deben ser -por ejemplo, sobre política o sobre literatura-. Le parecía bien o mal lo que el político proyectaba y hacia; aportaba o retiraba su adhesión, pero su actitud se reducía a repercutir, positiva o negativamente, la acción creadora de otros. Nunca se le ocurrió oponer a las «ideas» del político otras suyas; ni siquiera juzgar las «ideas» del político desde el tribunal de otras «ideas» que creía poseer. Lo mismo en arte y en los demás órdenes de la vida pública. Una innata conciencia de su limitación, de no estar calificado para teorizar, se lo vedaba completamente.
La idea fundamental de Ortega en la Rebelión de las masas es que el proceso de democratización que comienza con la Revolución Francesa, había traído al hombre-masa, el hombre vulgar, al centro de la vida social, cultural e intelectual. No hablo de democratización en sentido político del término; hablo en un sentido mucho más amplio. La eliminación de las barreras institucionales formales -fundamentalmente, la adopción de los principios de igualdad y libertad formal y política- que dividían a las élites sociales de las masas conllevó una enorme transformación social dónde el hombre medio pasó a ser el centro del mundo. Las ideas de jerarquía, distinción y élite pasaron a estar progresivamente proscritas del imaginario público y sustituidas por el imaginario de los derechos, la igualdad y la libertad.
¿Como? Es simple. En un mundo, como la sociedad del consumo, dónde la gente vota con su dinero, la industria pasa a estar al servicio de los hombres situados en el centro de la distribución. En un mundo dónde los electores votan en las urnas, los políticos pasan sirven al votante mediano. Pero sobre todo, la estética, la cultura, las ideas y la forma de comunicación. Las élites sociales -económicas o políticas- pasan a reproducir los modelos demandados por la clase media.
¿Se debe esto a que Ortega es un tipo conservador? Es posible. Sin embargo, si leéis a Eric Hobsbawn (The Age of Empire, creo) viene a decir exactamente lo mismo. Explica como la llegada del sufragio universal a los distintos países de occidente fue de la mano de la demagogia y la hipocresía en la vida política. Tiene una frase que dice algo así como “Fueron los últimos años en los que los políticos pudieron hablarse de forma franca y expresar sus verdaderos intereses en público”.
El gran hecho de nuestro tiempo es la negación y proscripción en el discurso público de la existencia (concepto positivo, no normativo) de élites y masas; de hombres mejores y peores; de ideas objetivamente ciertas y falsas; de vehículos vitales bajos y elevados - cosas que gente como Marx o Lenin nunca dudaron ni por un momento. Personalmente, al igual que Ortega, creo que es una consecuencia directa del liberalismo.
Volviendo al tema inicial del post, no se trata tanto de que el discurso público se haya infantilizado -algo que es innegable. Lo que hemos observado es una democratización masiva del mismo, la inclusión de una masa gigantesca de excluídos. En 1977 la gente tenía derecho a votar, pero la gente no creía tener ideas propias. Hoy sí. El nacimiento de medios como Público, LD, el éxito de Escolar y de edance -y la competencia que ejercen sobre el resto de medios- es sólo un botón de esta “democratización”. Ellos existen, no porque haya alguna fuerza terrible, sino porque tienen lectores. Hoy, la gente tiene más conocimientos que entonces, tenemos una ciudadanía más educada, pero esa educación ha ido acompañada por una desmesurada inflación de la autoestima, la toma de conciencia de un derecho a la igual participación, la negación de la competencia del técnico para opinar sobre su área de expertise y lo más nuevo de todo: una legitimación de este sentimiento dentro del discurso público. De nuevo, Ortega:
Nos encontramos, pues, con la misma diferencia que eternamente existe entre el tonto y el perspicaz. Éste se sorprende a sí mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tontería, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia. El tonto, en cambio, no se sospecha a sí mismo: se parece discretísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza (…)
No se trata de que el hombre-masa sea tonto. Por el contrario, el actual es más listo, tiene más capacidad intelectiva que el de ninguna otra época. Pero esa capacidad no le sirve de nada; en rigor, la vaga sensación de poseerla le sirve sólo para cerrarse más en si y no usarla. De una vez para siempre consagra el surtidor de tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos hueros que el azar ha amontonado en su interior, y con una audacia que sólo por la ingenuidad se explica, los impondrá dondequiera. Esto es lo que en el primer capítulo enunciaba yo como característico en nuestra época: no que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino que el vulgar proclame e imponga el derecho de la vulgaridad o la vulgaridad como un derecho.
Luego no es un problema de deterioro del espacio público o de infantilización: es una consecuencia, seguramente inevitable, de la inclusión de las masas en la esfera política.
Por supuesto, para darle un toque de actualidad, la “sorpresa” (I,II,III) e indignación con el contenido de wikileaks no es más que otra muestra de esto. La política internacional está probablemente mucho menos “democratizada” que la mayor parte de la política interna; la reacción generalizada de la prensa ante los documentos se puede ver como la intervención masiva del hombre masa -y de su modelo del mundo, basado en supersticiones, (”creencias, tradiciones, experiencias, proverbios, hábitos mentales” o”tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos hueros que el azar ha amontonado en su interior”) en un área desconocida para él. Es posible por tanto que debamos celebrarlo como un indicio de “democratización”.





