Cuando uno construye un discurso, partiendo de la premisa que somos todos humanos y nuestra inteligencia no alcanza a todo, invariablemente se cometen errores argumentativos. Una pieza soberbia tendrá siempre un pie del que cojear, aunque su conjunto esté fundado en sólidos razonamientos y datos irrefutables: será prácticamente imposible mencionar una sola teoría científica, desde Newton hasta el Big Bang, que no contenga errores pequeños o grandes, y sin embargo nadie debería dudar de su validez científica.
Estas pequeñas imperfecciones del discurso científico llevan a algunos a afirmar que la teoría de la evolución no tiene fundamento científico, y argumentan contra dicha teoría que se trata sólo de una “teoría” y no de hechos fundados, y que existe disenso en la comunidad científica acerca de sus postulados.Sirva este ejemplo para explicar en qué consiste una de las más interesantes falacias lógicas, interesante y peligrosa por lo difícil que resulta desmontarla sin la información suficiente (y esto ocurre a menudo, cuando por mucho que podamos haber estudiado una materia, nuestro contrincante salta con un dato para nosotros desconocido y que no tenemos ocasión de comprobar).
La falacia del hombre de paja consiste en rebatir un argumento supuestamente procedente de la proposición que se pretende refutar, pero que en realidad no se corresponde con la misma. Al vencer el argumento, se asegura que se ha rebatido la proposición original, cuando en realidad sólo se ha luchado contra un “hombre de paja”, y la proposición sigue intocada.
En el caso de la teoría de la evolución, al pretender que se trata sólo de una teoría, sus detractores utilizan sólo uno de los significados de esa palabra, obviando el hecho de que, en ciencia, una teoría es “una entidad abstracta que constituye una explicación o descripción científica a un conjunto relacionado de observaciones o experimentos” y se fundamenta en la demostración repetida de un conjunto de hipótesis. Muy distinto de su acepción general de idea especulativa. La teoría de la evolución, por tanto, no carece de valor científico.
Por otro lado, la divergencia de opiniones que atribuyen los detractores del darwinismo a la comunidad científica no está dirigida contra el corpus básico de esta teoría, sino que hace referencia a ciertos detalles que se han ido poniendo en duda pero no afectan al planteamiento básico de la teoría. Nadie en la comunidad científica pone en duda la evolución; el cómo, el cuándo y otro tipo de cuestiones sí pueden sin embargo ser origen de debate.
En los dos casos se atribuyen falsas premisas al argumento a rebatir, lo que da una sensación aparente de victoria. Es fácil que un lector no avisado caiga en la falacia y llegue a creer que existen importantes objeciones a la teoría de la evolución: sin embargo, basta dedicar un poco de tiempo a buscar las fuentes para comprobar la falsedad de este hombre de paja.
En nuestra lucha dialéctica con la derecha, encontramos numerosos ejemplos de esta falacia. Sírvase como muestra:
Los grupos antiabortistas insisten en un argumento sobre la personalidad del feto. En qué momento de la gestación un feto se puede considerar humano y por tanto se ha de garantizar su derecho a la vida. Sostienen también que los proabortistas niegan la humanidad al feto hasta el momento mismo de su nacimiento. La falacia en este caso consiste en que la visión proabortista no se cuestiona la humanidad o falta de la misma del embrión o feto; simplemente centran su enfoque en el derecho a la integridad corporal de la mujer. En el caso de que exista colisión de derechos, el de la mujer prevalece sobre el del feto, igual que un donante potencial de riñón o de médula tiene el derecho a conservar sus órganos aunque ello implique la muerte de otro ser humano.
También se argumenta contra las posturas feministas asegurando que existen diferencias biológicas entre hombres y mujeres y que el feminismo pretende obviarlas. En este caso, se confunden los términos “diversidad” y “desigualdad”: el feminismo no busca una homogeneización de los géneros, sino una igualdad cualitativa de oportunidades, independientemente de las diferencias biológicas.
En tiempos del ciberespacio, el hombre de paja tiene una inusitada capacidad de reproducción, a causa de la accesibilidad de numerosas fuentes, sea cual sea su veracidad, y sobre todo de la posibilidad de “copiar y pegar” estas fuentes dejándolas fuera de su contexto. Así, a la proposición “Insistir en la necesidad de que las mujeres se protejan de las agresiones sexuales las hace responsables de algo en lo que no tienen ninguna culpa. En vez de ello, se habría de insistir a los hombres en que no deben ser agresores.” se opone el argumento “Estás suponiendo que todos los hombres son agresores sexuales, eso es porque el feminismo sólo busca el odio contra todos los hombres”. Se retuerce la proposición hasta convertirla en un argumento insostenible y deslegitimizado, a la vez que dirige la discusión hacia una tangente, pasando a debates sobre porcentajes de agresiones, la naturaleza química de la violencia en el hombre, etc. que distraerá de lo verdaderamente importante. Ante esto es recomendable pararse a tiempo, identificar al hombre de paja y responder con claridad que se está criticando una realidad inexistente.





